Noche de
sábado, un bar con música ambiente, mesas acariciadas por luces tenues que
resaltan el color cálido de la madera. Huele a barniz mezclado con perfume. En
un rincón, ellos. La muchacha lleva un traje de la última colección de
primavera de una tienda de moda, los ojos ahumados y lápiz de labios rojo. Él,
camisa a rayas negras, pantalón vaquero y zapatos deportivos. Ella mira a un
punto indefinido de la sala, mientras imagina un vestidor de puerta doble, un
viaje a Roma y un concierto de Pablo Alborán, en el que desatar su histeria. Él
juguetea con un trozo de servilleta, en su cabeza el último partido de su
equipo, la victoria de Jorge Lorenzo en moto GP y las delicadas medias negras
que lucía su compañera de trabajo el pasado jueves. El camarero deposita un par
de copas sobre la mesa, ambos asienten y dan las gracias, para acto seguido dar
un sorbo. Ella observa el líquido y siente que se sumerge en el mar, mientras
él viene y la abraza por la espalda. Se sonroja y mira hacia a su chico, que en
ese momento tiene desviada la atención en la pantalla del televisor. Se relaja
al pensar que no ha notado su azoramiento, demasiada manía le tiene ya a su
vecino. Las horas transcurren, al menos eso creen, lo cierto es que solo han
pasado veinte minutos. Ella va al baño,
frente al espejo se retoca el maquillaje, ensaya una sonrisa y vuelve con su
pareja.
Ambos
miran sonrientes a la cámara, abren muchos los ojos tratando de evitar el destello
del flash. El vuelve a dirigir la vista hacia el televisor, ella teclea con
rapidez.
“Con mi chico, en una romántica
velada” #Felices #LaVidaesBella (Instagram 00:30)






