Se observaba en el espejo, desnuda, sin filtros, evitando pensar en
aquella cicatriz que adornaba su espalda. Quería culparla de todo, de las
lágrimas, de los gritos, del desgaste, de las pocas ganas de verse, de las
mariposas sin polvo en las alas que habitaban es su estómago. Mirar hacia otro
lado, fingir que él había dejado de contemplarla como a una mujer, que ya no
resultaba atractivo recorrer cada vertebra de su columna, deteniéndose en cada
punto, como quien reza un rosario. Desviar la mirada, sonreír, obviar el hecho
de que llevaba meses sin sentir su calor. Ese era su plan, no querer abrir los
ojos, permanecer en su zona de confort.
Ese espejo le
revelaba la verdad, era culpa de ella, solo suya, ella es la que se había
convertido en un cuerpo con desperfectos, que culpa tenía él. Miguel no había
elegido estar con una mujer así, no fue lo que firmo aquel día en el
ayuntamiento.
Ella también
podía buscar refugio a su soledad más allá de sus fronteras. Ella sería infiel
por echar de menos, él por echar de más.
En el fondo era mejor dejarlo en tablas, una jugada maestra quizás los
llevase a un jaque mate ¿y entonces qué? Podrían continuar así, cada uno con
sus infidelidades. Además, quién iba a querer estar con ella, si ni él, que
estaba obligado por contrato, lo hacía. Era mejor aceptar que en esta partida
estaba destinada a perder, que su posición de reina había quedado relegada a la
de vulgar peón. Ella sería la perfecta esposa, esa que está sentadita en el
sofá, con la casa recogida y dispuesta a vestirse de domingo para ir a casa de
la suegra. La que aparenta ser feliz y encuentra las mejores ofertas del súper.
Al fin y al cabo, era ella la que había decidido pasar por un quirófano y
adornar su espalda con veinticinco grapas, era ella la que no podía dormir por
las noches y caminaba con una leve cojera. Ahora tenía que elegir mirar hacia
la izquierda y no saber que hacía su mano derecha, era lo correcto. Poner punto
y final, romper ese matrimonio, escupirle su infidelidad a la cara, sería un
acto infantil. Ella no podía pensar en ella misma, porque, además, quién iba a
quererla así, tarada.
Deslizó su mano y
la hundió entre sus piernas… Ella, ella se querría así.
