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15 de enero de 2018

Hacia otro lado

   

    Se observaba en el espejo, desnuda, sin filtros, evitando pensar en aquella cicatriz que adornaba su espalda. Quería culparla de todo, de las lágrimas, de los gritos, del desgaste, de las pocas ganas de verse, de las mariposas sin polvo en las alas que habitaban es su estómago. Mirar hacia otro lado, fingir que él había dejado de contemplarla como a una mujer, que ya no resultaba atractivo recorrer cada vertebra de su columna, deteniéndose en cada punto, como quien reza un rosario. Desviar la mirada, sonreír, obviar el hecho de que llevaba meses sin sentir su calor. Ese era su plan, no querer abrir los ojos, permanecer en su zona de confort.
     Ese espejo le revelaba la verdad, era culpa de ella, solo suya, ella es la que se había convertido en un cuerpo con desperfectos, que culpa tenía él. Miguel no había elegido estar con una mujer así, no fue lo que firmo aquel día en el ayuntamiento.
     Ella también podía buscar refugio a su soledad más allá de sus fronteras. Ella sería infiel por echar de menos, él por echar de más.  En el fondo era mejor dejarlo en tablas, una jugada maestra quizás los llevase a un jaque mate ¿y entonces qué? Podrían continuar así, cada uno con sus infidelidades. Además, quién iba a querer estar con ella, si ni él, que estaba obligado por contrato, lo hacía. Era mejor aceptar que en esta partida estaba destinada a perder, que su posición de reina había quedado relegada a la de vulgar peón. Ella sería la perfecta esposa, esa que está sentadita en el sofá, con la casa recogida y dispuesta a vestirse de domingo para ir a casa de la suegra. La que aparenta ser feliz y encuentra las mejores ofertas del súper. Al fin y al cabo, era ella la que había decidido pasar por un quirófano y adornar su espalda con veinticinco grapas, era ella la que no podía dormir por las noches y caminaba con una leve cojera. Ahora tenía que elegir mirar hacia la izquierda y no saber que hacía su mano derecha, era lo correcto. Poner punto y final, romper ese matrimonio, escupirle su infidelidad a la cara, sería un acto infantil. Ella no podía pensar en ella misma, porque, además, quién iba a quererla así, tarada.

     Deslizó su mano y la hundió entre sus piernas… Ella, ella se querría así. 

16 de octubre de 2017

Talking to the moon...



-Mira Mamá, la luna nos persigue.
Marta se aferraba a la ventanilla del coche sin apartar los ojos de aquella gran bola que iluminaba el cielo. Aquella noche formaba una cuna y ella, tan soñadora, creía que, de un salto, podría ir a dormir en ella.
Desde muy pequeña se sintió atraída por aquel satélite, cada noche se asomaba a la ventana, buscándola sin descanso, corría de una ventana a otra de la casa hasta que daba con ella y cuando lo hacía se quedaba allí embobada, con la vista fija, muy fija.
-Hoy en el cole un niño se metió conmigo, me dijo que parezco un fantasma, es que soy muy blanca, ¿sabes? Así como tú-Sonreía, ella sabía que la luna la escuchaba.

Ahora, ya adulta, Marta echaba de menos los años en que vivió en aquella casa con azotea y buscaba refugio en una esquina de la misma. Desaparecía todo, sólo quedaban ellas dos y alguna melodía que sonase de fondo en su walkman. Han pasado los años, pero Marta sigue demandando la complicidad de la luna. Ahora, desde ese enorme ventanal que preside el salón de su casa, vuelve a ser aquella niña, aquella joven, que pide consejos y busca refugio en la luna. A ella le sigue contando secretos que nadie más sabrá, le pide que la acerqué a él, piensa en si ambos, en ese momento, tienen su vista desviada al cielo.  Si él quisiera saber sobre ella, sólo tendría que preguntarle a la luna, esta le diría la verdad, le ha dado el permiso para revelarle sus sentimientos. Quizá también le cuente algún miedo, alguna travesura de niña, alguna noche loca con sus amigas, alguna madrugada triste, algunas palabras que escribió y que no fueron leídas. Solo la luna sabe toda la verdad, anhelos, sueños, promesas que cumplió y que no.


En esa noche, la del día de las escritoras, la luna menguaba y ella se sentía decrecer con ella, llegaba el momento de hacerse invisible para el ojo humano, pero seguirían estando allí, ocultas, para el que las supiese encontrar, para el que intuyese su brillo aún sin brillar, para el que admirase su belleza aún sin mostrarla. Porque ella era como la luna, a veces crecía, otras menguaba, otras no estaba y otras lo iluminaba todo, pero siempre fiel acudía a sus citas, esperando que sus ojos se posaran en ella. 

11 de septiembre de 2017

Regreso, reencuentro...


Cerró los ojos. Allí estaba, de regreso a aquella tienda de campaña que tantas veces había improvisado bajo el ciruelo del patio de su abuela. Bastaban un par de sábanas, cuatro pinzas de la ropa y dos cordeles, para encontrar su lugar en el mundo. En ese lugar es que Martina se sentía en paz, donde se reencontraba consigo misma, con su soledad, donde huía para no escuchar, para no pensar. Una y otra vez volvía a perderse en esos pliegues con olor a suavizante, fruta madura y tierra mojada. Ahora, más de treinta años después, había decidido regresar, necesitaba volver a sentir, reencontrase con su yo, con la niña que fue.
Se había cansado del mundo de los adultos, de las prisas de los lunes por la mañana, de las letras de la hipoteca, de los falsos amigos, de los reproches, de los amores imposibles, de los mensajes a la nada, de hacer lista de compra. Regresó a su infancia, a su tiempo feliz, a un tiempo en que su máxima preocupación era ponerse los zapatos derechos, cambiar cromos, que no se le pasase la hora de ver La bola de cristal, por estar dibujando arco iris en algún cuaderno con olor a nuevo.
Había logrado su objetivo, quizá todo aquello sólo fuese un sueño, pero contaba con las horas suficientes para disfrutar de ese regalo que Morfeo le ofrecía. Dudó en si salir de allí, de fondo oía la voz de su tía y las risas de su hermano, que jugaba con sus primos. Oyó incluso su voz, por aquellos tiempo más aguda, se escuchó protestar, quejarse de las normas del juego, soltar un bufido, caminar apresurada… Tembló, supo lo que aquello significaba.
Una mano pequeña, que reconoció al instante, apartó la sábana. Se encontraron frente a frente dos pares de ojos, los mismos, pero distintos, unos llenos de relámpagos, otros ya apagados.
-¿Seguimos siendo iguales, no?-le dijo su niña-. Seguimos huyendo, escondiéndonos ante lo que nos duele. Seguimos sin comprender nada. Continuamos soñando con mundos de color violeta. Pero nunca perdemos la sonrisa, a pesar de todo, siempre encontramos la manera de recomponernos y volver a caminar ¿No es cierto?
Se miró y sonrieron.
-Siempre podrás regresar, escapar, reencontrarte conmigo, contarme tus miedos, estaremos aquí, apartadas, el tiempo que necesites… Y después, juntas y renovadas, regresaremos a ese hogar que construimos, al mundo, a la vida.



Relato que participa en la propuesta de @divagacionistas 

20 de febrero de 2017

Vías muertas...


Arrojó la colilla a la vía, cerró los ojos, los recuerdos hicieron acto de presencia.

Su primer tren con destino incierto lo tomó una tarde de diciembre. Apenas llevaba equipaje. Se protegía del frío con un gorro de lana y unos guantes. A su lado una persona que juraba que su amor sería eterno. Sin embargo, no supo soportar los vaivenes y traqueteos de aquel vagón en que viajaban y, sin decirse nada, se apeó del tren. Se marcharon en direcciones opuestas.
Con el tiempo, y la maleta algo más cargada, se armó de coraje y tomó un nuevo tren. Este le prometía un buen sueldo, comodidades y, como extra, un compañero de habitáculo, que volvió a encender chispas en sus ojos apagados. Corría el mes de abril, la primavera se demoraba en aquel año y pronto todo aquello que trataba de florecer, se marchitó. Dejó aquel vagón. Arrastraba los pies.
Una calurosa tarde de verano, sin saber cómo, decidió coger un nuevo tren. Iba sola, sin promesas, con una pesada maleta, que, a duras penas, portaba, ayudada por unas pequeñas ruedecitas. Ese debía de ser el mejor de los viajes posibles, intuía. Marcharse sin pensar, perderse para tratar de encontrarse. Llevaba rumbo al norte. Poco después supo, que, en esos casos, es mejor huir al sur. Llegó a una ciudad gris, bañada por un río, trató de ahogar en él su pasado…Volvió a compartir vagón, con él que las horas de viaje se hacían amenas, triviales, fáciles. Una mañana abrió los ojos y de nuevo se encontró viajando sola.
Ahora, a punto de cumplir los treinta y nueve, se hallaba muy lejos de todo aquello que se suponía lo correcto para alguien de su edad. Sus viajes le habían dejado un pesado equipaje, todo aquel ir y venir de trenes, estaciones, vagones cargados de mentiras y de soledad, le habían hecho acumular demasiadas cosas, sí… pero todo aquello la hizo crecer, descubrirse, saber cuál era el verdadero rumbo que quería para su vida. En aquel andén, mientras fumaba un cigarro y veía al último tren alejarse, supo con certeza que se había pasado la vida viajando en vagones equivocados, pernoctando en estaciones de paso, compartiendo viaje con personas equivocadas.

Y entonces supo que debía dejar pasar ese tren. Esta vez era ella la que abandonaba las decepciones.  


Comenzó a caminar, liviana, por las vías. Esta vez, rumbo al sur. 

23 de enero de 2017

La senda del tiempo...




Cogió un puñado de arena. Lo apretó en su mano. Dejó que poco a poco se fuese filtrando entre sus dedos. Nervioso, arrojó el resto…  El tiempo, en su vida, había pasado igual.

Recordó aquella mañana fría en que la vio marchar. El tenía once años, ella siete. Eran dos niños, dos cómplices, dos camaradas de juegos. El tiempo en aquella época era otro aliado más. Las vacaciones de navidad, los veranos en la costa, las tardes a los pies de la Alhambra. Pero el reloj se detuvo aquella mañana, su infancia quedó atrás y al ver aquel coche alejarse supo que nunca nada volvería a ser igual.
-David, deberías salir de la cama-le decía su tía.
-No, no me apetece-repetía siempre.
Los años se fueron sucediendo uno tras otro. Cada cierto tiempo llegaba una carta de ella. David miraba aquel matasellos de origen extranjero. Volvía a maldecir aquellas tierras. Leía la carta cinco o seis veces, hasta que la escondía, junto con las demás, en el fondo del cajón. Una mañana se contempló en el espejo. El pelo por los hombros, una descuidada barba de tres días, aún no había canas ni arrugas, pero sí, ante él, se cernía la prueba fehaciente de que el tiempo había pasado, y rápido, mucho. Ya no era un niño, no, era un muchacho con una vida por exprimir. Había desperdiciado mucho tiempo, ahora tendría que vivir de forma intensa, aunque ella ya no estuviese. Preparó una mochila con cuatro trapos, agarró aquel libro de Hermann Hesse, su favorito, y se despidió de aquella ciudad del sur.
Vago sin rumbo fijo por la vieja Europa. Venecia, Amsterdam, Dublín, Praga… Trabajó de camarero, de recepcionista, de chico de los recados… Pintó cuadros, escribió algunas canciones, dio conciertos en las calles… Besó, acarició, pronunció algunos Te quiero. Ella, estaba siempre presente, a pesar de todo.

Esa mañana, con veintiocho años, que apenas eran nada, pero que tanto pesaban, la esperaba en aquel parque de Londres. Esa ciudad que antaño se la arrebatase. Se sentía viejo, cansado, tarareaba una canción de Celtas Cortos. La vio acercarse. Ella sonrió, él se limpio los restos de arena en el pantalón. Habían pasado diecisiete años. Ambos se miraron a los ojos, las huellas que el tiempo había dejado en sus rostros. Se abrazaron. El reloj volvió a hacer tic tac.


Ahora sí, juntos recorrerían La senda del tiempo

12 de diciembre de 2016

El olor de los sueños...


Amanda cerró el libro. Había tardado años en leerlo, a pesar de ser una de esas historias conocidas y de renombre. Pero ella era de las que pensaba que a cada libro y cada cosa le llega su momento y fue a sus casi treinta y ocho años y medio que al fin conoció la historia de El Perfume. Y le resultó curioso que ese mes, precisamente, el tema fuese olores. Tan ligado a esa obra.

            Ella, desde niña, siempre se sintió distinta, un poco solitaria y complicada, no, nada tenía que ver con la historia de ese personaje, no era eso a lo que se refería, pero sí compartían algo; el amor por los olores. Amanda, desde siempre, asociaba sus momentos a canciones u aromas. Los sábados por la mañana, en su niñez, eran los de la sintonía de su programa favorito, mezclado con el olor a pan tostado. La primavera en su tierra era la de los olores a azahar e incienso. El verano al del sonido de las olas y el salitre que se adhería a su piel. Recordaba a ese primer amor por su fragancia; aquella colonia de moda en la época, de la que ella buscaba el tarro de muestra en la tienda para evocar su presencia. Y así sucedía con todo, recordaba su viaje a Brujas por el olor a chocolate. El de Londres por el de la lluvia fina. Las calles de Granada por su mezcla de tés. Uno de sus mayores placeres era el de entrar en una librería y dejarse impregnar por el olor de todas esas grandes historia que allí se daban cita. Reconocía el olor de cada casa, de cada persona y, a veces, al pasear por las calles algo le decía, este olor me recuerda a…
           
             Sus olores favoritos eran el del chocolate, la tierra mojada, los libros viejos, el regaliz, el de la flor del naranjo, el de la ropa limpia, el de los días de lluvia, el del mar… Sin embargo, había uno, el más querido, el que ella denominaba el perfume de los sueños, el que perseguía. Y no, no era un olor especial, vamos, que era común, al alcance de cualquiera, pero era el suyo, el que más amaba. Era eso, el perfume que evocaba su todo, su presente, su pasado y su futuro…

            Amanada, si pudiese, haría que todo siempre oliese a Jazmín…  




14 de noviembre de 2016

Espera...

           
           

            Alicia tarareaba en voz baja aquella canción. Similar, igual, paralela… El escenario siempre era el mismo, el atrezo, la noche como testigo y compañía. Allí permanecía, a simple vista impávida, impasible, con la mirada perdida en los cristales, observando el mundo a través de la ventana. Con una taza de té humeando en la mesa, unas agujas de punto  aferradas a sus manos, un ovillo de lana que se iba deshaciendo poco a poco y en su realidad, un corazón agotado de anhelar. Ella, como Wendy, ansiaba la llegada de su Peter Pan, de aquel que tomase su mano y la invitase a volar a Nunca Jamás, Y en su desesperada espera se las pasaba soñando despierta: Él la llevaba junto al mar, cerraban los ojos y pedían deseos que iban y venía como las olas, cargados de espuma y sal. Y así, noche tras noche, días tras día, iba tachando huecos de su calendario, marchito de espera.
         El invierno golpeaba con fuerza las paredes de su casa, el frío le calaba los huesos y ella continuaba allí, abrazada a la esperanza, tejiendo y llorando, cantando y soñando.-Vendrá esta noche-. se repetía una y otra vez. Y cuando quiso darse cuenta las flores de su balcón empezaron a florecer, para más tarde esconderse del calor que hacía arder el asfalto, que pronto se vio cubierto de hojas secas…  Sin embargo, allí estaba ella, junto a su ventana, dando sorbos al líquido frío que reposaba en la taza. Esperando, tejiendo, soñando…
            Y de nuevo el invierno irrumpió en su vida, acoplándose junto a la soledad. Para cuando eso pasó Alicia había tejido una manta, un jersey, una bufanda y un par de guantes, que ahora la cobijaban y daban calor. Lo vio llegar, caminar hacia su puerta y tocar el timbre, pero ella se quedó allí, inmóvil, en silencio. Ya no sentía frío, ya no necesitaba el abrigo de unos brazos.

 Se había cansado de esperar.