11 de septiembre de 2017

Regreso, reencuentro...


Cerró los ojos. Allí estaba, de regreso a aquella tienda de campaña que tantas veces había improvisado bajo el ciruelo del patio de su abuela. Bastaban un par de sábanas, cuatro pinzas de la ropa y dos cordeles, para encontrar su lugar en el mundo. En ese lugar es que Martina se sentía en paz, donde se reencontraba consigo misma, con su soledad, donde huía para no escuchar, para no pensar. Una y otra vez volvía a perderse en esos pliegues con olor a suavizante, fruta madura y tierra mojada. Ahora, más de treinta años después, había decidido regresar, necesitaba volver a sentir, reencontrase con su yo, con la niña que fue.
Se había cansado del mundo de los adultos, de las prisas de los lunes por la mañana, de las letras de la hipoteca, de los falsos amigos, de los reproches, de los amores imposibles, de los mensajes a la nada, de hacer lista de compra. Regresó a su infancia, a su tiempo feliz, a un tiempo en que su máxima preocupación era ponerse los zapatos derechos, cambiar cromos, que no se le pasase la hora de ver La bola de cristal, por estar dibujando arco iris en algún cuaderno con olor a nuevo.
Había logrado su objetivo, quizá todo aquello sólo fuese un sueño, pero contaba con las horas suficientes para disfrutar de ese regalo que Morfeo le ofrecía. Dudó en si salir de allí, de fondo oía la voz de su tía y las risas de su hermano, que jugaba con sus primos. Oyó incluso su voz, por aquellos tiempo más aguda, se escuchó protestar, quejarse de las normas del juego, soltar un bufido, caminar apresurada… Tembló, supo lo que aquello significaba.
Una mano pequeña, que reconoció al instante, apartó la sábana. Se encontraron frente a frente dos pares de ojos, los mismos, pero distintos, unos llenos de relámpagos, otros ya apagados.
-¿Seguimos siendo iguales, no?-le dijo su niña-. Seguimos huyendo, escondiéndonos ante lo que nos duele. Seguimos sin comprender nada. Continuamos soñando con mundos de color violeta. Pero nunca perdemos la sonrisa, a pesar de todo, siempre encontramos la manera de recomponernos y volver a caminar ¿No es cierto?
Se miró y sonrieron.
-Siempre podrás regresar, escapar, reencontrarte conmigo, contarme tus miedos, estaremos aquí, apartadas, el tiempo que necesites… Y después, juntas y renovadas, regresaremos a ese hogar que construimos, al mundo, a la vida.



Relato que participa en la propuesta de @divagacionistas 

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