Cerró los ojos. Allí estaba, de regreso a aquella
tienda de campaña que tantas veces había improvisado bajo el ciruelo del patio
de su abuela. Bastaban un par de sábanas, cuatro pinzas de la ropa y dos
cordeles, para encontrar su lugar en el mundo. En ese lugar es que Martina se
sentía en paz, donde se reencontraba consigo misma, con su soledad, donde huía
para no escuchar, para no pensar. Una y otra vez volvía a perderse en esos
pliegues con olor a suavizante, fruta madura y tierra mojada. Ahora, más de treinta
años después, había decidido regresar, necesitaba volver a sentir, reencontrase
con su yo, con la niña que fue.
Se había cansado del mundo de los adultos, de las
prisas de los lunes por la mañana, de las letras de la hipoteca, de los falsos
amigos, de los reproches, de los amores imposibles, de los mensajes a la nada,
de hacer lista de compra. Regresó a su infancia, a su tiempo feliz, a un tiempo
en que su máxima preocupación era ponerse los zapatos derechos, cambiar cromos,
que no se le pasase la hora de ver La
bola de cristal, por estar dibujando arco iris en algún cuaderno con olor a
nuevo.
Había logrado su objetivo, quizá todo aquello sólo
fuese un sueño, pero contaba con las horas suficientes para disfrutar de ese
regalo que Morfeo le ofrecía. Dudó en si salir de allí, de fondo oía la voz de
su tía y las risas de su hermano, que jugaba con sus primos. Oyó incluso su
voz, por aquellos tiempo más aguda, se escuchó protestar, quejarse de las
normas del juego, soltar un bufido, caminar apresurada… Tembló, supo lo que
aquello significaba.
Una mano pequeña, que reconoció al instante, apartó la sábana. Se
encontraron frente a frente dos pares de ojos, los mismos, pero distintos, unos
llenos de relámpagos, otros ya apagados.
-¿Seguimos siendo iguales, no?-le dijo su niña-.
Seguimos huyendo, escondiéndonos ante lo que nos duele. Seguimos sin comprender
nada. Continuamos soñando con mundos de color violeta. Pero nunca perdemos la
sonrisa, a pesar de todo, siempre encontramos la manera de recomponernos y volver
a caminar ¿No es cierto?
Se miró y sonrieron.
-Siempre podrás regresar, escapar, reencontrarte
conmigo, contarme tus miedos, estaremos aquí, apartadas, el tiempo que
necesites… Y después, juntas y renovadas, regresaremos a ese hogar que
construimos, al mundo, a la vida.
Relato que participa en la propuesta de @divagacionistas

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