Hoy os dejo un fragmento de uno de
los libros de Anne Rice. Pertenece a la saga de Crónicas Vampíricas y narra la
historia de Marius, unos de los vampiros más antiguos. Es una de mis escritoras
favoritas y la conocí por Entrevista con
el Vampiro, el primer libro de la saga y llevado a la gran pantalla. Desde
entonces he leído muchos de sus libros y como norma general me fascinan, de ahí
que la siga en todo lo que publica. A día de hoy está dedicada a una saga sobre
hombres lobo, que, si bien no están a la altura de las crónicas, no dejan indiferente.
Si os gusta la literatura fantástica os
recomiendo su lectura.
“Independientemente del tiempo que
existimos, poseemos unos recuerdos, unos puntos de tiempo que éste no puede
borrar. El sufrimiento puede distorsionar las miradas que echamos atrás, pero
los recuerdos no pierden un ápice de su belleza y esplendor debido al sufrimiento.
Permanecen duros como gemas.”
Hoy estreno el
rincón de las palabras robadas con un texto de Risto Mejide.
Lo cierto es
que lo conocí en su faceta de crítico en la época de OT y desde el primer
momento me gustó, como cierto es que cuando empezó a escribir en un principio
no lo seguía, hasta que fui descubriendo artículos y posteriormente un libro
suyo y... me encandiló del todo. Me gusta su forma directa de decir las cosas,
su sentimiento y como bajo capas de lo que parece "Chulería" se
esconde todo un romántico.
Esta fue la
intro del capítulo XVII de su programa Al rincón de pensar... en el que nos
muestra una forma distinta de hacer entrevistas. Siempre termina llevando a los
invitados a su terreno y suelen ser charlas maravillosas. Os recomiendo su
visión, es de lo poco salvable en esta nuestra televisión.
Este es uno de
los muchos, pero que sonase de fondo la BSO de Cinema Paradiso lo hizo aún más
especial.
Yo, como cualquier aspirante a
convertirse en bonito recuerdo, declaro…
Primero. Tengo derecho a amar y a
ser amado. Esta cláusula deberá ser respetada incluso por quien no me quiera a
mí. Da igual. Como cantó el maestro, fue siempre más feliz quien más amó.
Segundo. Tengo derecho a
enamorarme incluso de quien yo no haya decidido. Sobre todo de quien yo no haya
decidido. Enamorarse jamás fue una decisión. Ser feliz, sí.
Tercero. Tengo derecho a que
nadie, y cuando digo nadie me refiero ni siquiera a mí mismo, esté legitimado
para juzgar mi relación. Por encima de raza, edad, sexo o religión, si dos personas
han decidido quererse, quién eres tú para juzgarles.
Cuarto. Tengo derecho a buscar ya
no buenas parejas, sino buenas ex. Y a sentir lo que no haya sentido jamás. Y
tengo derecho a sentirlo de primera mano cada vez que lo haga. Porque puede que
el corazón no envejezca. Pero la mirada sí.
Quinto. Tengo derecho a perdonar
y a ser perdonado. Jamás por partes iguales, esto no es una ecuación, y si lo
fuera, sería incapaz de despejarme yo.
Sexto. Tengo derecho a llorar
cuantas veces quiera por todo aquello que dejé o me ha dejado. Por todo lo que
jamás entenderé. Por todo lo que se me quedó en el tintero. Tengo derecho a
echar de menos todo lo que jamás me ocurrió. Y tengo derecho a remover mi
pasado a las tres de la mañana, aunque todos sepamos de antemano que siempre
será un error.
Séptimo. Tengo derecho a abrazar
como si no hubiese un mañana. Porque algún día sé que tendré razón. Y ese día
será demasiado tarde.
Octavo. Tengo derecho a querer a
quien no conozco pero sé que sufre. Sobre todo si sé que sufre. Esto último,
más que un derecho, es una obligación.
Noveno. Tengo derecho a quererme
a mí lo justo para poder empezar a querer a los demás.
Y décimo. Igual que tengo
derechos, también tengo una obligación y sólo una: la de seguir los dictámenes
de mi corazón por encima de todo lo que pase e intentar siempre dar más de lo
que reciba.
Así lo firmo a día de hoy, desde
este lugar del planeta, con todos y cada uno de mis latidos.
Y allí, a
solas, volvía a recordar una y otra vez aquella conversación vacía. Tuvo el
valor de preguntarme qué había sido de mi vida. Iluso, de mi vida, decía. De
buena gana le dije que en mi vida pasaron otoños e inviernos. Palabras que
nunca llegaron. Ausencias y retrasos. Noches en vela. Pero él no quería
escuchar nada de eso, aquella cadena de lamentos. No, él me miraba con las
prisas del compromiso, soltando una perorata de estupideces sin mucho
fundamento. Desvió la conversación a tierras más cálidas. Hasta que en un
arranque de valentía me contó que se había casado con aquella chica, no quiso
entrar en detalles, pero capté el mensaje: Pasó tu tren.
Y ahora es
aquí donde me doy cuenta del significado de todo esto. Quizá debí decirle que
en todo ese tiempo me pasaron tantas cosas que en el fondo fue como si no
hubiese vivido nada. Y sí, aquel tren pasó, pero hay autobuses cada media hora
y con destinos más felices.
Cada mañana, a las nueve menos cinco,
ella lo observaba desde su ventana. Él siempre seguía el mismo ritual mientras
esperaba el autobús: mirada distraída a la izquierda, mano al bolsillo, cigarro
en la comisura de los labios y los cascos retumbando en sus oídos. Allí, oculta
tras un visillo, con el corazón desbocado en su pecho, a tres pisos de altura,
ella imaginaba que le sonreía. En su mente, lo tomaba de la mano y juntos e
invencibles, echaban a correr rumbo a un destino incierto. Fue una lluviosa mañana
de octubre, que ella, esperanzada, decidió confesarle su amor. Pasaban las
nueve cuando, desesperada y abatida, se lanzó sin arnés, cayendo al vacío. Él
llegaba tarde. Ella le puso el alma a sus pies.
Aquella mañana me sentía como el día, nublado. Di varias vueltas por la casa. Me tumbé sobre la cama y dejé que la brisa fresca que entraba por la ventana acariciara mi cuerpo. Mi vida era fácil. No tenía sobre mí el peso de una hipoteca, ni recibos por pagar ni una nevera que llenar. Todo eso lo hacía alguien por mí. Eso me complacía. Había nacido señorito; son cosas que pasan. Y encima tuve la inmensa suerte de caer en la familia adecuada. Supe elegir bien. Podía permitirme el lujo de dedicarme a la vida contemplativa.
Ella aún dormía y yo me sentía tentado de despertarla. Me aburría. Fui hasta la cocina y llené mi estomagó con los restos que quedaron en el plato la noche anterior. Volví a recorrer el piso. Me tumbé panza arriba en el sofá. Contemplé el mecer de las palmeras al otro lado del cristal. Traté de cazar una mosca al vuelo. Se escapó.
Hastiado volví al dormitorio. ¡Al fin! Ella estaba en el baño. Esperé ansioso tras la puerta. Cuando salió le di los buenos días.
Adoptar a aquella humana había sido, sin duda, la mejor decisión de mis siete vidas.
Medio llena. Medio vacía. Ella no era
capaz de dilucidar tal difícil respuesta. Inclinó la cabeza. Medio torcida. La
enderezó un poco. Medio derecha. La vida dependía del cristal con el que se
miraba. Aquel era de un tono marrón anaranjado. Puede que quizá fuese
anaranjado tirando a marrón. Era como cuando el aíre se mezclaba con el humo.
Turbio. Puede que subiéndose a la silla lograse hallar respuesta. No, ni por
esas.
La vida, ¿era complicada o simple? ¿Nos
la complicábamos o nos la simplificábamos? ¿Vivíamos para vivir o vivíamos por
vivir? En un momento de lucidez pensó que había dos tipos de personas: las que
nos jodían porque querían y las que nos jodían porque podían. Entiéndase en el
amplio sentido…. En ambos casos éramos nosotros los culpables. Los que querían
y lo hacían, tenían nuestro permiso, los otros también. Ojo, eres tu dueño.
Coño, elige bien, deja que te jodan, sí, pero que merezca siempre la pena. Que
acabes jodido pero con sus frutos. Créeme, que te jodan puede ser bueno
también. Sobre todo en los amplios sentidos…
Cansada de divagar dejó el botellín
sobre la mesa. Se secó el ojo.