20 de noviembre de 2015

Sangre y Oro (Anne Rice)

Hoy os dejo un fragmento de uno de los libros de Anne Rice. Pertenece a la saga de Crónicas Vampíricas y narra la historia de Marius, unos de los vampiros más antiguos. Es una de mis escritoras favoritas y la conocí por Entrevista con el Vampiro, el primer libro de la saga y llevado a la gran pantalla. Desde entonces he leído muchos de sus libros y como norma general me fascinan, de ahí que la siga en todo lo que publica. A día de hoy está dedicada a una saga sobre hombres lobo, que, si bien no están a la altura de las crónicas, no dejan indiferente.
Si os gusta la literatura fantástica os recomiendo su lectura.


“Independientemente del tiempo que existimos, poseemos unos recuerdos, unos puntos de tiempo que éste no puede borrar. El sufrimiento puede distorsionar las miradas que echamos atrás, pero los recuerdos no pierden un ápice de su belleza y esplendor debido al sufrimiento. Permanecen duros como gemas.”

17 de noviembre de 2015

Declaración Universal de Sentimientos Humanos (Risto Mejide)

Hoy estreno el rincón de las palabras robadas con un texto de Risto Mejide.
Lo cierto es que lo conocí en su faceta de crítico en la época de OT y desde el primer momento me gustó, como cierto es que cuando empezó a escribir en un principio no lo seguía, hasta que fui descubriendo artículos y posteriormente un libro suyo y... me encandiló del todo. Me gusta su forma directa de decir las cosas, su sentimiento y como bajo capas de lo que parece "Chulería" se esconde todo un romántico.   
Esta fue la intro del capítulo XVII de su programa Al rincón de pensar... en el que nos muestra una forma distinta de hacer entrevistas. Siempre termina llevando a los invitados a su terreno y suelen ser charlas maravillosas. Os recomiendo su visión, es de lo poco salvable en esta nuestra televisión.
Este es uno de los muchos, pero que sonase de fondo la BSO de Cinema Paradiso lo hizo aún más especial.


Yo, como cualquier aspirante a convertirse en bonito recuerdo, declaro…

Primero. Tengo derecho a amar y a ser amado. Esta cláusula deberá ser respetada incluso por quien no me quiera a mí. Da igual. Como cantó el maestro, fue siempre más feliz quien más amó.
Segundo. Tengo derecho a enamorarme incluso de quien yo no haya decidido. Sobre todo de quien yo no haya decidido. Enamorarse jamás fue una decisión. Ser feliz, sí.
Tercero. Tengo derecho a que nadie, y cuando digo nadie me refiero ni siquiera a mí mismo, esté legitimado para juzgar mi relación. Por encima de raza, edad, sexo o religión, si dos personas han decidido quererse, quién eres tú para juzgarles.
Cuarto. Tengo derecho a buscar ya no buenas parejas, sino buenas ex. Y a sentir lo que no haya sentido jamás. Y tengo derecho a sentirlo de primera mano cada vez que lo haga. Porque puede que el corazón no envejezca. Pero la mirada sí.
Quinto. Tengo derecho a perdonar y a ser perdonado. Jamás por partes iguales, esto no es una ecuación, y si lo fuera, sería incapaz de despejarme yo.
Sexto. Tengo derecho a llorar cuantas veces quiera por todo aquello que dejé o me ha dejado. Por todo lo que jamás entenderé. Por todo lo que se me quedó en el tintero. Tengo derecho a echar de menos todo lo que jamás me ocurrió. Y tengo derecho a remover mi pasado a las tres de la mañana, aunque todos sepamos de antemano que siempre será un error.
Séptimo. Tengo derecho a abrazar como si no hubiese un mañana. Porque algún día sé que tendré razón. Y ese día será demasiado tarde.
Octavo. Tengo derecho a querer a quien no conozco pero sé que sufre. Sobre todo si sé que sufre. Esto último, más que un derecho, es una obligación.
Noveno. Tengo derecho a quererme a mí lo justo para poder empezar a querer a los demás.
Y décimo. Igual que tengo derechos, también tengo una obligación y sólo una: la de seguir los dictámenes de mi corazón por encima de todo lo que pase e intentar siempre dar más de lo que reciba.

Así lo firmo a día de hoy, desde este lugar del planeta, con todos y cada uno de mis latidos.

Risto Mejide


15 de noviembre de 2015

Cada media hora...

Y allí, a solas, volvía a recordar una y otra vez aquella conversación vacía. Tuvo el valor de preguntarme qué había sido de mi vida. Iluso, de mi vida, decía. De buena gana le dije que en mi vida pasaron otoños e inviernos. Palabras que nunca llegaron. Ausencias y retrasos. Noches en vela. Pero él no quería escuchar nada de eso, aquella cadena de lamentos. No, él me miraba con las prisas del compromiso, soltando una perorata de estupideces sin mucho fundamento. Desvió la conversación a tierras más cálidas. Hasta que en un arranque de valentía me contó que se había casado con aquella chica, no quiso entrar en detalles, pero capté el mensaje: Pasó tu tren.

Y ahora es aquí donde me doy cuenta del significado de todo esto. Quizá debí decirle que en todo ese tiempo me pasaron tantas cosas que en el fondo fue como si no hubiese vivido nada. Y sí, aquel tren pasó, pero hay autobuses cada media hora y con destinos más felices. 

13 de noviembre de 2015

A sus pies...

Cada mañana, a las nueve menos cinco, ella lo observaba desde su ventana. Él siempre seguía el mismo ritual mientras esperaba el autobús: mirada distraída a la izquierda, mano al bolsillo, cigarro en la comisura de los labios y los cascos retumbando en sus oídos. Allí, oculta tras un visillo, con el corazón desbocado en su pecho, a tres pisos de altura, ella imaginaba que le sonreía. En su mente, lo tomaba de la mano y juntos e invencibles, echaban a correr rumbo a un destino incierto. Fue una lluviosa mañana de octubre, que ella, esperanzada, decidió confesarle su amor. Pasaban las nueve cuando, desesperada y abatida, se lanzó sin arnés, cayendo al vacío. Él llegaba tarde. Ella le puso el alma a sus pies. 

9 de noviembre de 2015

La buena vida...

    Aquella mañana me sentía como el día, nublado. Di varias vueltas por la casa. Me tumbé sobre la cama y dejé que la brisa fresca que entraba por la ventana acariciara mi cuerpo. Mi vida era fácil. No tenía sobre mí el peso de una hipoteca, ni recibos por pagar ni una nevera que llenar. Todo eso lo hacía alguien por mí. Eso me complacía. Había nacido señorito; son cosas que pasan. Y encima tuve la inmensa suerte de caer en la familia adecuada. Supe elegir bien. Podía permitirme el lujo de dedicarme a la vida contemplativa.

    Ella aún dormía y yo me sentía tentado de despertarla. Me aburría. Fui hasta la cocina y llené mi estomagó con los restos que quedaron en el plato la noche anterior. Volví a recorrer el piso. Me tumbé panza arriba en el sofá. Contemplé el mecer de las palmeras al otro lado del cristal. Traté de cazar una mosca al vuelo. Se escapó. 

    Hastiado volví al dormitorio. ¡Al fin! Ella estaba en el baño. Esperé ansioso tras la puerta. Cuando salió le di los buenos días.

    Adoptar a aquella humana había sido, sin duda, la mejor decisión de mis siete vidas.

4 de noviembre de 2015

La cuestión...

Medio llena. Medio vacía. Ella no era capaz de dilucidar tal difícil respuesta. Inclinó la cabeza. Medio torcida. La enderezó un poco. Medio derecha. La vida dependía del cristal con el que se miraba. Aquel era de un tono marrón anaranjado. Puede que quizá fuese anaranjado tirando a marrón. Era como cuando el aíre se mezclaba con el humo. Turbio. Puede que subiéndose a la silla lograse hallar respuesta. No, ni por esas.

La vida, ¿era complicada o simple? ¿Nos la complicábamos o nos la simplificábamos? ¿Vivíamos para vivir o vivíamos por vivir? En un momento de lucidez pensó que había dos tipos de personas: las que nos jodían porque querían y las que nos jodían porque podían. Entiéndase en el amplio sentido…. En ambos casos éramos nosotros los culpables. Los que querían y lo hacían, tenían nuestro permiso, los otros también. Ojo, eres tu dueño. Coño, elige bien, deja que te jodan, sí, pero que merezca siempre la pena. Que acabes jodido pero con sus frutos. Créeme, que te jodan puede ser bueno también. Sobre todo en los amplios sentidos…

Cansada de divagar dejó el botellín sobre la mesa. Se secó el ojo.

Estaba medio llena.