10 de agosto de 2020

Confiamando/Nueva normalidad (Historia en dos momentos)

 



El primer día desayunaron en la cama e hicieron tiempo hasta las 12, cuando decidieron levantarse.

Él se había presentado en su puerta, sin avisar, la noche antes. Una maleta, una mochila con libros, la guitarra y la cámara de fotos colgada al cuello. Si hemos de estar en cuarentena quiero que sea contigo, le había dicho. Ella, en su infinita estupidez, se quedó sin palabras, incapaz de reaccionar. Antes de ese momento los separaban 120 kilómetros y era ahí cuando ella tenía siempre la frase exacta que decirle, la conversación necesaria, la palabra precisa, que decía aquella canción. Ahora estaba detrás de la reja y no, su mente no era capaz de conjugar un verbo ni construir una frase. Tuvo que ser él el que le pidiese que abriese la jaula en la que ahora ella parecía estar metida.  Una hora después ella seguía dándole vueltas a la cabeza, tendría que haberle dicho algo, abrir la puerta, tirarse a sus brazos, pero no, no fue eso lo que dijo ni lo que hizo, simplemente dio la vuelta de llave, lo ayudó entrar, apartó al gato y …

Piensas que el mundo se acaba, por eso estás aquí. Le dijo medio incrédula, medio en tono de reproche, una vez cerró la puerta tras de sí. El ignoró sus palabras, lo mejor que pudo hacer, aunque no se lo hubiese dicho nunca, sabía que ella siempre estaba a la defensiva, en el fondo no podía acusarla, en el fondo él tenía parte de culpa y en el fondo también le daba igual, porque contaban con aquellos días para poner en orden el desorden, para equilibrar lo desequilibrado, para decirse de una puta vez todo aquello que antes no se habían dicho. Porque no, el mundo no se iba a acabar, ni después de aquello los hijos de puta iban a dejar de serlo, no, después de aquello la humanidad seguiría siendo igual de inhumana, no, él para nada era de la teoría de los que pensaban que todo aquello haría de la gente una bella persona. Una vez todo pasase, una vez ese virus se “largara” todo volvería a ser igual. Es más, incluso peor, mucha gente quedaría afectada psicológicamente, muchos no volverían a encontrar trabajo, los fachas seguirían siendo fachas y los de izquierda a esos… A esos les tocaba ser los culpables de todo… Cuñaos, viejas del visillo, youtubers oportunistas, seres recién especializados en epidemiologia, miedo le daba esa avalancha de entendidos plagando las redes sociales y los grupos de whatsapp de mensajes sin sentido, alarmistas y carentes de base científica o jurídica…

Todo daba igual si estaba allí con ella, daba lo mismo que llevasen dos años juagando al gato y al ratón, daba igual, tenía que darle igual. El mundo no cambiaría, pero al menos tenían la oportunidad de cambiarse ellos.

No me extraña que te enamorases de este piso, le dijo mientras su vista se iba clavando en cada uno de los rincones de la estancia. Ella volvía a no decir nada, se limitó a coger un par de cervezas de la nevera. En su cabeza iba recomponiendo sus escasas conversaciones, en qué momento ella le contó eso, puede que sí, que en alguno de sus encuentros ella mostrase efusividad o felicidad, pero enamoramiento, no eso no, a él no le había hablado de eso. Cierto era también que los últimos meses estaban algo borrosos, el pasado año había sido crudo de más, jodido de más, tenía nebulosas, días indeterminados, conversaciones licuadas, a medias, respuestas sin sentido, ataques de ansiedad, insomnio, despertares prematuros… No, ese año fue un quedarse sin aire, un cúmulo de desastres, de desilusiones… Pero entonces llegó la venta y llegó el enamoramiento… Y al fin, tras nueve años, estaba donde quería estar, libre y liberada, volviendo a reconocerse en el espejo y buscando en lo profundo para sacar de una vez por todas a esa mujer que siempre quiso ser, que siempre supo ser y que el miedo había enterrado.

Él estaba ahí, es su guarida, ese lugar donde al fin encontraba un nido confortable y vacio de recuerdos y fantasmas. Ella, no sabía muy bien cómo actuar, como terminar de quitarse la coraza, sí, se había perdido el miedo, sí, empezaba a ser ella, pero había una parte que por mucho que quisiera no había logrado recuperar. Hubo un tiempo, años atrás, en la que ella era distinta, mucho, una chica a la que le gustaba abrazar, achuchar, apapachar, ella fue una persona cariñosa, en el fondo no sabía cuando paso a ser ese cactus, que muy probablemente usaría ese virus que pululaba en el ambiente como excusa para no demostrar nada, para impedir dar dos besos o dar una caricia… Quizá llevaba demasiados años sola, quizá la habían jodido demasiado… Vete a saber… Lo cierto es que era una parte que no había recuperado y que, siendo sincera, echaba de menos… Y a él, con él siempre trato de estar a la defensiva, de regalarle las menos sonrisas posibles y de disimular, de poner cara de ni te acerques, porque en el fondo sabía que él, sin querer, la dañaba, porque seguía sin poder evitar pensar lo que siempre sintió el día en que lo conoció, cuando era un perfecto desconocido que su corazón tuvo la osadía de querer reconocer, de querer creer y querer….

Y bueno, hace un año o así, ella inventó una cita, hoy reinventa e inventa una historia que pudo pasar y no pasó, porque el confinamiento pasó, aunque no sabe si volverá, porque esos días los pasó sola y, a pesar de todo, fue feliz e incluso añora muchos momentos, muchos días,  porque es eso, ella hoy es feliz, porque aquellos días le sirvieron para terminar de encontrar la paz, para saber lo que quería para su vida, para tomar la opción de no volver a tratar de cambiar lo que no podía y aceptar las cosas tal como viniesen, a ocuparse y no preocuparse, a ponerse guapa para ella, a quererse a ELLA… Y lo había logrado, ella lo sabía, quizá los demás no, pero con saberlo ella lo demás sobraba, pero también sabía que seguía echando de menos a una de esas mujeres que en ella habitaban, a la valiente en el amor, a la que regalaba abrazos y caricias, quería recuperarla y estaba siendo sincera… Y soñaba con volver a querer, con volver a enamorarse, porque ella ya se quería, porque ella ya estaba enamorada de cuatro paredes, porque había logrado dejar aquella maleta en el andén, porque sí, al fin estaba en SU TREN, pero deseaba encontrar a ese otro pasajero con el que sentarse sin distancias de seguridad y sí, podría haber sido él, pero… Estaba claro que solo compartían gustos, más de lo que él era consciente, ella sí, porque su gen cotilla seguía presente, pero no sentimientos y bueno, era eso, en esos días confinada había aprendido a dejar al corazón libre y a su cabeza centrada, a que él no afectase y a aceptar que su corazón se equivocó, aunque su amor fuese verdad… Seguiría recorriendo vagones, parando en estaciones, tarde o temprano esa mujer que ella fue regresaría y tarde o temprano ese amor le cedería el asiento contiguo…