25 de abril de 2021

El último día...


 

El último día que amanecimos juntos anunciaban tormenta. Aquel domingo cierto fue que despertó cubierto de grises, pero a eso de las diez de la mañana el sol le ganó el pulso y echó por tierra todas las previsiones. 

Tú te levantaste antes que yo, como siempre y yo me había vuelto a despertar sobresaltada en la noche, tú apaciguaste mi grito en tu pecho, meciste mi ansiedad y me devolviste a los bazos de Morfeo. Ya te habías tomado el primer café y echado de comer a la gata, cuando yo irrumpí en el salón aún con los ojos medio pegados y el pelo revuelto.  Me conocías lo suficiente, de más, y sin hablarme te limitaste a besar mi frente y a llenar una taza para mí, otra para ti y a preparar un par de tostadas. Desayunamos juntos y en silencio, en el patio, yo en mi cabeza le iba dando forma a la poda que necesitaba el jazmín, tú revisabas Twitter. De fondo se oía al vecino preparar una de sus clases, a su perro ladrar, quizá pidiendo comida y de la nada una bandada de cigüeñas cruzó el cielo, en mi mente inventé la idea de que aquello era una señal de buena suerte y te miré. Tú seguías con la cabeza metida en el móvil, esperando el momento en que mis neuronas se despejasen y me atreviese a hablar. Di el último bocado al pan y te anuncié que me iba a poner el tinte, tú me dijiste que después, aprovechando el cambio de tiempo, podríamos ir de ruta. Te morías de ganas por estrenar la cámara de fotos que te había regalado por tú cumpleaños. Yo acepté encantada, me apetecía ver el mar.

El último día que pasamos juntos mis pies se bañaban en salitre, mientras tú, cámara en mano, buscabas luces, planos y perspectivas, yo me empeñaba en escapar del objetivo, tú me lanzabas fotos a traición. Yo me tiré en la arena, tú seguiste fotografiando el ir y venir de las olas, yo me sumergí en las páginas de un libro. Cuando el hambre y la sed volvieron decidimos ir caminando por la orilla, nos cruzamos con una familia. El niño torpemente, ayudado por su padre, trataba de hacer volar una cometa, tú volviste a pulsar el disparador, inmortalizando el momento en que esta alzó el vuelo. La suerte de estar en la hora precisa y el momento exacto.

El último día que paseamos junto al mar yo me quemé los hombros y tú me volviste a recordar esa mala costumbre de no contar con el blanco de mi piel y los primeros rayos de sol que se posan sobre ella. Llegamos al chiringuito, de lejos se veía el faro, ese que tú sabías que a mí me obsesionaba desde niña, te había contado muchas veces los veranos que pasé en un camping cercano. Y que aquel día, nuevamente, tú lo habías fotografiado para mí. Era una imagen del mismo tomada dos años atrás, en otra mañana de abril, la que presidia él salón de casa; pero esa era obra mía. Nos tomamos un par de cervezas y compartimos un tartar de atún, arreglamos el mundo, hablamos de nuestro próximo viaje. Llevábamos tanto planeando esa escapada, pospuesta tiempo atrás por la pandemia. Al final de alguna forma aquello jugó a nuestro favor, habíamos encontrado vuelos más baratos y un mejor alojamiento junto al Castillo de Edimburgo, pasaríamos unos días allí, los suficientes para que las piedras se tatuaran en las suelas de nuestros zapatos. Habíamos diseñado una ruta, en coche, que pasaría por toda Escocia, montaña y playas, yo fantaseaba con la posibilidad de ver Ávalon, tú con el Lago Ness, después unos días en Glasgow y vuelta a casa. Ahora apenas faltaban tres meses para que al fin alzáramos juntos el vuelo y me parecía mentira.  Un par de cervezas más, una dorada y una lubina, un nuevo arreglo al mundo, otra charla vana, una escucha furtiva a la conversación de la mesa de al lado y dos cafés después, decidimos regresar. Te dije que me debías una puesta de sol, tú hiciste el gesto de anotarla en tu mano. A mí de la nada me asaltó el deseo de fumar, llevaba diez meses sin hacerlo, los mismos que sin mascarilla. No quise decirte nada. 

En ese último camino de regreso nos inundó la pereza de cada domingo por la tarde, íbamos en silencio, tú de vez en cuando acariciabas mi mano, que yo apoyaba a conciencia en la palanca de cambio, otras eran tus dedos los que se escapaban sobre mi pierna, yo te miraba y sonreía, anunciando la llegada a casa. Esa última vez que nos enredamos entre sábanas oímos de pronto el cielo estallar y el olor de la tierra mojada de las plantas del patio. Al final acertaron, esa lluvia cayó en la hora precisa y el momento exacto. Nos dimos una ducha, tú le diste un último repaso al juicio, en este caso declarado ya culpable de que ese lunes tuvieses que madrugar y hacerte recorrer doscientos kilómetros. Te miraba allí, concentrado y pensaba en cuanto envidiaba esa capacidad de no dejarte llevar por los nervios, sabía de lo complicado del caso, incluso te había ayudado en alguna transcripción. Yo, sin embargo, siempre parecía dejarme ganar por la ansiedad y el estrés, eras tú el que lograba equilibrarme. La gata llegó reclamando atención y yo aproveché para llevármela a la cocina y darle su premio del día, después me puse a preparar la cena.

La última película que vimos juntos, acurrucados con la manta del sofá, era una de esas que yo había visto cien veces y te había hecho ver a ti unas ochenta, habíamos acabado por adorarla los dos y en cada nueva visión siempre encontrábamos algún detalle o entendíamos alguna escena de forma diferente a la vez anterior. Nos acostamos a eso de las doce, apenas te daba tiempo a dormir cinco horas, tu cabeza se posó sobre la almohada y al instante yo noté tu respiración calmada, sumida en el sueño. Yo me quedé mirando al techo, luchando contra el insomnio, no recuerdo a qué hora mis párpados agotados cayeron vencidos.

El último beso que me diste fue a oscuras, mientras yo dormía.

 

 

Mañana hará un año de aquella última vez, es otro domingo de abril, no he vuelto a esta playa, a este lugar desde entonces. Esta mañana, al despertar, en mi despertar, me decidí a descargar aquella tarjeta en el ordenador… Mi pelo, color violín, compitiendo con el azul del mar… Olas estrellándose contra las rocas… La torpes manos de un niño y una cometa…  He caminado por la orilla, mojado mis pies en salitre, sentado en aquella terraza y pedido una cerveza. Al ir al coger el libro me he dado cuenta de que lo he perdido, se me caería en el carril que va al faro, cuando saqué la botella de agua… Pienso en quién lo encontrará, en que quizá de ahí surja una historia de cómo fue a parar un libro allí, en una hora precisa y un momento exacto...  En que qué tipo de persona desalmada deja tirado algo en mitad de la nada y es capaz de no mirar atrás… Marcando así otra hora precisa y otro momento exacto que no se eligió.

Me encendí un cigarro, me puse las Ray-Ban , iba a esperar el atardecer… Y me asaltaron las ganas de llorar.