Cada tarde repetía el mismo
ritual; abría la cancela, atravesaba el camino, empujaba la puerta, bajaba los
escalones, suspiraba y se sentaba junto a ella.
Muchas veces no sabía por dónde empezar a contarle todo lo acontecido en
su día, se le hacía difícil explicarle ciertas cosas, pero no le importaba, al
final las palabras terminaban por salir, aunque fuesen en forma de recuerdo.
—No sé si te acuerdas del fin de
semana que pasamos con tus primos en Conil. Recuerdo lo bien que te quedaba
aquel pareo de flores y mira que tú nunca fuiste muy amante de los estampados,
pero lo cierto es que te sentaban de maravilla. Bueno, lo que te decía, ese día
estaba molesta, mi jefe se había empeñado en que fuese yo la que presentase el
escrito pendiente ese lunes, pero por más que le dije que tenía planes no hubo
forma, al final vosotros bajasteis al chiringuito y yo me quedé trabajando en
el apartamento. Nunca te lo dije, pero os vi, no sé porque te confieso esto
ahora, pero es algo que me ha machacado durante años. A eso de las doce decidí
cortar y bajé hasta el paseo para ver si os encontraba. Tú te habías dejado el
móvil y las chicas no contestaban, así que me dediqué a dar vueltas por los
alrededores del chiringuito, y al no localizaros entré.
Oyó un ruido en el exterior que
hizo que se sobresaltara, debía ser en jardinero, Miguel era un buen hombre, a
veces también se pasaba un rato de charla con él, le gustaba oír sus historias,
de cómo a su abuelo no lograron cogerlo durante la dictadura y de cómo se había
pasado más de 30 años viviendo en una cabaña en las montañas, junto a otros
cuatro compañeros, a los que sus mujeres, por turnos, les llevaban comida cada seis días, comida que apena les daba
para dos.“Ellos lograron escapar, pero sabe Alicia, siempre vivieron como si no
lo hubiesen hecho”. Ella asentía, le apretaba el hombro para calmarlo y se
despedía de él. Aquella tarde no subió, no era el momento, tenía que terminar
de soltar la retahíla que tenía programada. Además, después había quedado con
Sergio, su chico, y aún tenía que arreglarse...
—A ver, María, yo no es que
quiera remover mierda ahora, sé que debo olvidarlo, que todo aquello lo vi sin
querer, porque no, ni tú ni yo queríamos que pasase, vamos tú más bien pensaste
que no lo vería, pero lo hice. Nos conocemos desde niñas, siempre has sido
igual, no es algo que pueda reprocharte, pero aquella noche fue distinto. La
verdad es que no sé cómo me pude contener cuando llegaste al apartamento, eran
cerca de las seis de la mañana y tu cara bien podría haber servido para un
desfile de zombis. No lo entendí, supongo que era por el sueño acumulado, pero
me faltaron las fuerzas para cruzarte la cara. Te libraste por muy poco.
Pasaban diez minutos de la hora
acordada y Sergio empezaba a impacientarse, no entendía la manía de su chica de
ir a hablar con María, cada día, como si fuese a servir de algo. Miraba a un
lado y a otro esperando verla aparecer, bien podría andar los metros que los
separaba, pero no le apetecía, permanecería allí, junto a la puerta de la Capilla.
El aire olía a una extraña mezcla de flores, a tierra mojada. Al menos la paz
lo envolvía todo. Lo jodido es que estaba a punto de anochecer y empezaba a
refrescar. Sacó el móvil y le hizo una perdida a Alicia.
—Lo más curioso de todo sabes qué
es, que tú de pequeñas siempre me zurrabas a mí, te daba igual quién estuviese
delante. Recuerdo con nitidez una tarde, en la plazoleta, que sin venir a
cuento tu mano impactó sobre mi brazo, así por las buenas. Cuando te pedí
explicaciones te limitaste a encogerte de hombros y reírte. En el fondo no sé
cómo te he soportado muchas cosas, quizás por la costumbre o porque de alguna
forma te quiero. Espera, déjame terminar, es que de verdad, siempre has sido
una puñetera egoísta, ni siquiera cuando tuviste la certeza de que el informe
médico era definitivo fuiste capaz de contar la verdad. Me mentiste. ¡Maldita
sea! María, me dijiste que todo estaba bien. Pero bueno, ya que más da, a lo
que yo he venido hoy es a contarte que te vi, que aquella noche te vi y es algo
que a pesar de todo no puedo perdonarte, a pesar de lo pasado esa espina está
ahí, bien clavada. María, ¿cómo pudiste? ¿Cómo? Y, ¿por qué? A ver, es que por
más que he intentado hallar la explicación…
Sergio fumaba un cigarro tras
otro, apretaba los puños, bufaba. Miguel se acercó a él con el gesto
preocupado.
—¿La señorita Alicia está por
aquí?
—Eso me dijo.
—Ahh, yo es que no la vi, pensé
que hoy igual no vino. Yo ya terminé por hoy, si le apetece un café, hay un bar
ahí, justo en la esquina.
—No
gracias Miguel, supongo que estará al caer. Igual mañana me mudo aquí, porque
con este frío que estoy pasando— El jardinero sonrió extraño y se despidió de
él. Sergio volvió a hacerle otra llamada
perdida a su chica.
—Menuda hija de puta eres, en
serio, jamás te perdonaré todo aquello… No tienes ni idea del daño que me
hiciste, de las ganas que me dieron de cometer una locura, contra ti, contra
mí, contra el mundo. Pero mira, la vida te la devolvió, siento decirte que
mereces estar dónde estás, ahí, pudriéndote en este puto cementerio, en este
puto mausoleo que tus padres te construyeron. A ti, solo para ti, para la buena
de María, qué engañados los has tenido
siempre a todos, a tus padres, a tu familia y a mí, decías ser mi mejor amiga.
Amiga, esa palabra a ti se te quedaba grande, tú nunca quisiste a nadie, más
que a ti misma. Cobarde, eres una puta cobarde, así, muerta como estás, crees
tener el derecho a que te lloremos, yo no voy a llorarte, ¡te enteras! Yo no
voy a hacerlo, porque te vi…
María abrió un ojo, después el
otro, movió con cuidado la mano, notaba un extraño hormigueo.
—¿Dónde coño estoy? —se preguntó
al notar que apenas podía mover nada más. Oyó la voz de Alicia, su tono de
reproche, sus insultos. Entonces fue consciente de que estaba encerrada en un
ataúd. Joder, no era un sueño, había muerto de verdad. Comenzó a golpear con
fuerza, a gritar desesperada.
—¡Ábreme! ¡Joder! ¡Sácame de
aquí! —había resucitado, pero como hacérselo
saber a Alicia.
—Es que incluso ahora me parece
oírte, quejándote, dando órdenes, tengo tu insoportable voz de niña tonta
metida en mis oídos. Púdrete, púdrete de una vez ahí dentro, deja de meterte en
mis sueños, en mi vida… Te vi, María, te vi y es algo que nunca podré superar…
Deja de gritar joder, no puedes estar viva, deja de hacer ese ruido, deja de
dar golpes ¡MUÉRETE DE UNA VEZ! Y déjanos
vivir…
Sergio irrumpió en el mausoleo y se encontró a
Alicia, gritando cual posesa, tratando de descorrer la piedra del nicho. Tras
la misma se oían otros gritos. No entendía nada de lo que allí sucedía, pero al
agudizar el oído, no tuvo dudas, era la voz de María, la que parecía venir
desde allí. Sin dudarlo se dispuso a ayudar a su chica. Abrieron la caja y se encontraron a
María vivita y coleando, medio asfixiada y con una leve cianosis. Alicia bufó,
levantó la mano y le estampó a su amiga un puñetazo en la cara. La nariz de
María, inmediatamente, comenzó a sangrar
—¡Hija de puta! Te vi.
Objetivo 9: Utiliza un cementerio como escenario para un relato.
Objetos 6 y 34: Un informe médico y una resurrección.
Este relato participa en el #OrigiReto2019 creado por @Musajue pincha
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