6 de mayo de 2019

Gris...




Ella siempre dijo que no tenía grises, era de blancos y negros, de morados, verdes y a ratos algo de azul, pero grises no. No le iban los términos medios, saltaba de un extremo a otro, así llevaba funcionando desde siempre, desde que se recordaba.

Pero aquella tarde era gris, lo era, y allí, en otra ciudad del viento, esta vez de poniente, fumaba, bebía y tomaba fotografías de aquel paisaje, cargado de veleros. Su deseo, escapar en uno de ellos. Perderse, alejarse, no mirar atrás, olvidar, dejar anclado solo el pasado, ese que no terminaba de soltar. Pero todo era gris, el día era gris y ningún rayo de sol venía a calentarla. Se sentía fuera de lugar, extraña, como un pulpo en un garaje, le dijo a sus amigas. Sola, hacía mucho que no se sentía así de sola, de perdida. Llevaba meses a la deriva y lo sabía, el hecho de estar allí, frente a un mar enjaulado entre pantalanes, como lo estaba ella, sirvió para acrecentar esa sensación de vacío, de desgaste, de cansancio, de días vacios y de su no historia, de una vida que de alguna forma no sentía como suya.
Y podía parecer egoísta, quién no lo es, tenía el mismo derecho que cualquiera a quejarse, estaba cansada de escuchar eso de hay quien está peor, sí, cierto, pero también los había que estaban mejor. Ella estaba ahí, en una zona gris, donde no quería estar, sintiéndose ese ser que va a un evento solo y todos tratan de hacer que encaje con otro ser solo, como si eso fuese a arreglar algo, como si eso fuese algo relevante. Ella necesitaba bastante más en común que el simple hecho de que fueran los solteros de un lugar.
Y quizás fuese el hecho de que su mente y su cuerpo así de golpe no tuviesen nada en que pensar, nada que hacer, llevaba meses, semanas acumulando stress, cosas pendientes y ahora de pronto el trabajo estaba hecho y de nuevo se enfrentaba a la realidad sin excusas. Y la realidad es que estaba allí, sintiéndose muy lejos de todo, sin nadie que agarrase su cintura, ni sus hombros, alguien que la ayudase a no colapsar. Ella sola se sobraba y se bastaba, pero aquella tarde, gris, no, a esa hora y en ese lugar no y echó de menos aquello que la vida le obligaba a olvidar.
Y a su mente venía alguien que días antes también había decidido ser gris, porque era gris y no verde, un gris que ella tampoco tendría. Ese gris que se sentaba a su lado pero que estaba tan lejos. Y no quería pensar, pero pensaba y llevaba meses queriendo olvidar pero no olvidaba. Y de alguna forma recordó aquella noche, en aquella casa de la sierra, casi seis años atrás, donde se dejó ir, donde tocó fondo y de alguna forma había cambiado, sí, lo había hecho, pero tenía la misma necesidad de dejarse ir, pero no podía, ni debía y tampoco estaba su otro Enrique sonando por el MP3 y susurrando “Desde el rompeolas me acuerdo de ti”… No era el momento ni el lugar, pero quería soltar, dejar de sentirse vacía, dejar de sentir que no sentía nada.
Llevaba años sabiendo que ese día iba a llegar y lo había hecho, era una caja de fósforos empapada, sin remedio… Fuerte sí, hecha a la soledad también, pero también fría, incrédula, acorazada… Y era una parte de ella con la que no terminaba de encajar. No, ella nunca fue un ser social, ni la típica chica agradable, sí, siempre fue cactus, pero no siempre mostró como carta de presentación sus espinas, no siempre atacó antes, no siempre le costó el dar un beso o un abrazo… Ahora le costaba, mucho, demasiado, cada vez aguantaba menos que la rozasen… Pero a la vez anhelaba un abrazo gris, un beso gris… Ahora era del todo un equilibrio desequilibrado.
Hilvanaba un día tras otro, pero como tales, esos hilvanes no cumplían la función de dejar nada perfectamente cosido a su vida. Un destello, nimio aunque fuese, de felicidad, algún tipo de estabilidad dentro de toda esa maraña. Salud, dinero, amor… Todo iba del revés… Y por fuerte que era, por amante de la soledad que fuese, algo echaba en falta… Se hacía vieja de repente… Y podía teñir sus canas, maquillar sus arrugas y pintarse una sonrisa, pero nada lograba recomponer ese gris que no quería y que la mantenía rota por dentro.  No era el gris que soñaba, no, su gris estaba frente a ella, en aquel cuadro, junto a ella en esas fotos… Tan cerca y tan lejos… Y no podía negar que sentía toda aquella historia como algo injusto y cada vez entendía menos las cosas, pero era difícil de explicar, mucho… Y como una idiota volvía a mirar aquella imagen y volvía a perderse… Era como si siguiese teniendo quince putos años… Igual de torpe, de tímida y tonta… Anclada en un historia que no era tal… Pero en algo había cambiado, un año atrás si tuvo valor para decir: Me gustas… Y un gris silencio es lo que obtuvo por respuesta.
Se recompondría, sabía que lo lograría y olvidaría y lograría verlo como lo que era, pero ella siempre necesitó tiempo, era lenta, se tarda en llegar de un extremo al otro, cuesta atravesar los grises…

Como gris era esa tarde, ese cielo y ese nombre que en un susurro pronunció frente a ese mar, cargado de veleros, que la estaban llevando a otro tiempo y a otra ciudad…

((moñada al canto))



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