Cogió un puñado de arena. Lo apretó en su mano.
Dejó que poco a poco se fuese filtrando entre sus dedos. Nervioso, arrojó el
resto… El tiempo, en su vida, había
pasado igual.
Recordó aquella mañana fría en que la vio marchar.
El tenía once años, ella siete. Eran dos niños, dos cómplices, dos camaradas de
juegos. El tiempo en aquella época era otro aliado más. Las vacaciones de
navidad, los veranos en la costa, las tardes a los pies de la Alhambra. Pero el
reloj se detuvo aquella mañana, su infancia quedó atrás y al ver aquel coche
alejarse supo que nunca nada volvería a ser igual.
-David, deberías salir de la cama-le decía su tía.
-No, no me apetece-repetía siempre.
Los años se fueron sucediendo uno tras otro. Cada
cierto tiempo llegaba una carta de ella. David miraba aquel matasellos de
origen extranjero. Volvía a maldecir aquellas tierras. Leía la carta cinco o
seis veces, hasta que la escondía, junto con las demás, en el fondo del cajón.
Una mañana se contempló en el espejo. El pelo por los hombros, una descuidada
barba de tres días, aún no había canas ni arrugas, pero sí, ante él, se cernía
la prueba fehaciente de que el tiempo había pasado, y rápido, mucho. Ya no era
un niño, no, era un muchacho con una vida por exprimir. Había desperdiciado
mucho tiempo, ahora tendría que vivir de forma intensa, aunque ella ya no
estuviese. Preparó una mochila con cuatro trapos, agarró aquel libro de Hermann
Hesse, su favorito, y se despidió de aquella ciudad del sur.
Vago sin rumbo fijo por la vieja Europa. Venecia,
Amsterdam, Dublín, Praga… Trabajó de camarero, de recepcionista, de chico de
los recados… Pintó cuadros, escribió algunas canciones, dio conciertos en las
calles… Besó, acarició, pronunció algunos Te
quiero. Ella, estaba siempre presente, a pesar de todo.
Esa mañana, con veintiocho años, que apenas eran
nada, pero que tanto pesaban, la esperaba en aquel parque de Londres. Esa
ciudad que antaño se la arrebatase. Se sentía viejo, cansado, tarareaba una
canción de Celtas Cortos. La vio acercarse.
Ella sonrió, él se limpio los restos de arena en el pantalón. Habían pasado
diecisiete años. Ambos se miraron a los ojos, las huellas que el tiempo había
dejado en sus rostros. Se abrazaron. El reloj volvió a hacer tic tac.
Ahora sí, juntos recorrerían La senda del tiempo…
