23 de enero de 2017

La senda del tiempo...




Cogió un puñado de arena. Lo apretó en su mano. Dejó que poco a poco se fuese filtrando entre sus dedos. Nervioso, arrojó el resto…  El tiempo, en su vida, había pasado igual.

Recordó aquella mañana fría en que la vio marchar. El tenía once años, ella siete. Eran dos niños, dos cómplices, dos camaradas de juegos. El tiempo en aquella época era otro aliado más. Las vacaciones de navidad, los veranos en la costa, las tardes a los pies de la Alhambra. Pero el reloj se detuvo aquella mañana, su infancia quedó atrás y al ver aquel coche alejarse supo que nunca nada volvería a ser igual.
-David, deberías salir de la cama-le decía su tía.
-No, no me apetece-repetía siempre.
Los años se fueron sucediendo uno tras otro. Cada cierto tiempo llegaba una carta de ella. David miraba aquel matasellos de origen extranjero. Volvía a maldecir aquellas tierras. Leía la carta cinco o seis veces, hasta que la escondía, junto con las demás, en el fondo del cajón. Una mañana se contempló en el espejo. El pelo por los hombros, una descuidada barba de tres días, aún no había canas ni arrugas, pero sí, ante él, se cernía la prueba fehaciente de que el tiempo había pasado, y rápido, mucho. Ya no era un niño, no, era un muchacho con una vida por exprimir. Había desperdiciado mucho tiempo, ahora tendría que vivir de forma intensa, aunque ella ya no estuviese. Preparó una mochila con cuatro trapos, agarró aquel libro de Hermann Hesse, su favorito, y se despidió de aquella ciudad del sur.
Vago sin rumbo fijo por la vieja Europa. Venecia, Amsterdam, Dublín, Praga… Trabajó de camarero, de recepcionista, de chico de los recados… Pintó cuadros, escribió algunas canciones, dio conciertos en las calles… Besó, acarició, pronunció algunos Te quiero. Ella, estaba siempre presente, a pesar de todo.

Esa mañana, con veintiocho años, que apenas eran nada, pero que tanto pesaban, la esperaba en aquel parque de Londres. Esa ciudad que antaño se la arrebatase. Se sentía viejo, cansado, tarareaba una canción de Celtas Cortos. La vio acercarse. Ella sonrió, él se limpio los restos de arena en el pantalón. Habían pasado diecisiete años. Ambos se miraron a los ojos, las huellas que el tiempo había dejado en sus rostros. Se abrazaron. El reloj volvió a hacer tic tac.


Ahora sí, juntos recorrerían La senda del tiempo