7 de febrero de 2022

Una invitación a la nada... (el todo)

 


Aquella mañana de marzo se cumplían siete años desde que María abrazase la libertad, fue otra mañana de sábado, quizás algo más gris, en la que salió de casa sin aquel símbolo de unión eterna, dejaba su dedo anular desnudo y se lanzaba a la aventura de encontrarse a si misma. La primavera volvía a estar a la vuelta de la esquina, la hibernación quedaba atrás. Los naranjos ya exhalaban su dulce olor a azahar y ella quería dejarse llevar por el mismo. La escena era la misma, salvo por aquel gesto de quitarse el anillo. Atrás habían quedado aquellos siete años, con sus subidas y bajadas, con sus adicciones, insomnios y ansiedades, no fue sencillo sentirse libre, deshacerse de creencias, culpas, complejos, prejuicios. Lo había hecho, sí, se sentía orgullosa por ello, aunque pudiese conservar ese innato equilibro desequilibrado, se sentía estable, en paz, feliz.

Aquella mañana, como aquella otra, tan distinta pero igual acudía a un festival, como sensación anclada en ella estaba el miedo, siete años atrás a lo desconocido, en esta ocasión a lo conocido. Arrastraba desde hacía tanto aquel sentimiento que ya se había convertido en costumbre, el dolor de lo común pasa desapercibido, apenas se siente, pero está, araña a pesar de todo. Verlo, de nuevo iba a verlo, lo sabía, de nuevo tocaba hacerse la fuerte, la valiente, de nuevo volvía a soñar que esta vez sería diferente, que quizás ese día si se diese, algo dentro de ella no perdía la esperanza. Desde que lo conoció algo en su interior le dijo es él, después, con el paso de los meses, los años, se acostumbró a eso, a que no era. Se lanzó a otras aventuras y otros brazos, con no muy buen fin y también se acostumbró. El estar sola no era un problema, ella siempre amó la libertad, la soledad, la independencia, gracias a eso se había conocido, había sacado su esencia y ahora era ese tipo de mujer del que se sentía orgullosa.

María volvió a salir de casa, como aquel otro día, con ganas de vivir, de nuevos comienzos, con la firme convicción de dejar atrás el pasado y dar un paso nuevo al futuro. Esta vez llevaba además la dicha de la celebración, de lo que ya había logrado. Era la misma mujer de siete años atrás pero diferente, al igual que las paredes que la cobijaban. Otro logro más, un hogar, uno suyo, para ella, a su medida.

Llegó a aquel parque, acompañada de su amiga, pidieron sendas cervezas y se situaron junto a un árbol, que le serviría de apoyo a su espalda, y entonces lo vio. Ahora ya era capaz de mantener la calma, controlaba su corazón, su respiración, era un amor de costumbre, ella se entendía. Saludó a un par de conocidos antes de que sus miradas se cruzasen, entonces ella levantó su mano y el la cerveza. Ya estaba, ya había sucedido y ahora quedaba el seguir disfrutando del momento. Era también consciente de que no podía evitar que sus ojos se desviasen hacía él, alguna vez se tropezó con los suyos, entonces María respiraba y mantenía la calma. Y así permaneció hasta que lo vio acercarse a donde ella se encontraba.

¿Y si es hoy? Pensó.

Y sí, fue, pero no fue lo que ella siempre deseó, no fue lo que ella quería, pero quizá fue lo mejor, porque al igual que siete años atrás había tenido el coraje de romper lazos esa mañana, en un gesto se partieron otros. Decía el protagonista de una de sus series favoritas algo así como que uno no ve las señales hasta que no está preparado para hacerlo. El había tenido gestos similares muchas veces, pero después ella de alguna forma le daba la vuelta a la tortilla y se aferraba a otros, de alguna forma siempre lo justificó. Sin embargo, aquella mañana no, aquella mañana lo vio todo distinto, palpó desprecio, saboreó su ego, pero no le dolió, no lo hizo, porque ella se sentía en paz, no era ella la que jugaba a alimentar su autoestima a costa de una persona. No entendía su actitud, nunca lo había hecho, pero estaba clara, él simplemente se nutría del amor que ella le profesaba, siempre fue así, pero nunca lo vio, hasta ese momento en que él la invitó a la nada, buscando una invitación a algo, para después huir y esconderse, para volver a ocultar la mirada. El gesto heroico de un cobarde.

No volvió a dejar que sus ojos lo buscasen, no, ya no más. Ella era consciente de los amores correspondidos, pero no iba a permitir que nadie le mostrase una falsa cara del amor, de la amistad, de la confianza. Ella nunca llegaría a conocerlo, aceptaría que por mucho que hubiese proyectado sus sueños en él estos no se harían realidad, pero estaba el consuelo, la esperanza, la certidumbre de que llegarían otros, de que había otros, de que era libre y de que se único pecado había sido enamorarse. Ella no necesitaba de satélites para quererse, sus ojos no requerían de luz ajena para brillar… Él, en el pecado llevaría la penitencia…

Aquella mañana se encendió un faro para ella y se apagó uno para él.