Recordó la mañana en que sintió los rayos de sol
acariciando su cuerpo, aquella transformación debía de ser algo importante, sin
duda, cambiaría su vida. Se lanzó a la calle segura de si misma, confiada, sin
miedos. Vio su reflejo en un charco del parque, era hermosa y así lo sentía.
Había resultado ser un camino difícil, tuvo que pasar por varias etapas de incertidumbre,
pero ya nada la volvería a hacer caer. La vida le sonreiría esta vez, sí, lo
haría. Al fin había terminado lo de andar rozando el suelo, ahora tenía la
capacidad de ir donde quisiera, le habían crecido alas y deseaba marcharse
lejos, dejar atrás los malos momentos, desbrozar sus anhelos y convertirlos en
esperanzas.
Puso rumbo al sur, tras horas de viaje divisó el
mar a lo lejos. Allí, encontró a semejantes, los saludó efusiva, les regalo
sonrisas, les mostró su mejor parte. Al principio todos la agasajaban, hasta
que un buen día sintió que estaba atrapada en una fina tela y aquel ser que se
llamó amiga ahora se disponía a cazarla. Huyó esta vez al norte, atravesó
montañas, caminos empedrados, de nuevo sola, pero no decayó, el algún lugar
debía estar ese mundo que siempre quiso. Llegó a una aldea, hizo nido en una
pequeña casa de piedra y en ese lugar, a pocos metros conoció a un grupo alegre
y divertido, cargado de luz. Por las noches salían juntos y bailan al son de la
música que se desprendían de los árboles y libaban de las flores. Fue en vano,
pronto se repitió la historia y sintió un aguijonazo en el alma. Pero ella no
perdió la esperanza, fue al este, al oeste, pero por más que buscó no halló,
aquel mundo era distinto, no era lo que soñó, no era el suyo. Miró sus alas y
estas estaban perdiendo el brillo… No merecía la pena, nada de aquello merecía
la pena…
Y cansada
de volar la mariposa decidió volver a ser oruga…