1 de diciembre de 2015

Rutinas de media tarde...

     Doña fina se sentaba cada día junto a la ventana. Allí, oculta tras los visillos, oía la plática de sus vecinas, todas señoras de alta alcurnia, que aprovechaban la hora del aperitivo para despellejar a las queridísimas hijas de sus queridísimas amigas. Doña Engracia relataba con gran detalle cómo la otra noche Pilita, la hija de Doña Encarnación, volvió pasadas las nueve con un muchacho desconocido y que según decían las malas lenguas, el joven era hijo de un zapatero. Válgame dios, masculló, tanto criticar cuando la hija de ella se las pasaba pelando la pava en la esquina de la iglesia con el sobrino del boticario. Menuda cuadrilla de lagartas están hechas están vecinas mías, panda de chismosas, no tendrán más cosas que hacer que despellejar al prójimo. No como Doña fina, a la que allí sentada le daban más de las dos, apartada y ajena de cada uno de los sucesos de ese Madrid que cada vez más se alejaba de los buenos principios.

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