¿Sabes qué pasa
abuela? Que de alguna forma algo de mí también se fue contigo, que desde aquel
29 de octubre siento que esa niña que luché por mantener viva en mi interior se
hizo grande sin querer y ya nada puede ser igual. Es que venía arrastrando
mucho, abuela, mucho, pero este lugar en el que ahora habito, y que deseé que
conocieras, hizo más leve la travesía… Pero lo cierto es que esa pandemia, de
la que juntas “bromeamos” la última vez que te vi en la cama, en la tuya, ya me
había hecho mella… Tú siempre quisiste para mí un amor, un buen novio, pero no
llegó, abuela, tampoco sé si llegará y, para ser sincera, casi que me da igual…
Sí, abuela, todo ese tiempo quizá hubiese sido más fácil con un compañero a mi
lado, alguien que como a mí, y a tantos, nos hubiese costado afrontar las
noches, el ser capaz de leer un libro o salir a la calle, sin sentir que estas
te devoraban… Sí, abuela, es cierto que eché de menos uno rostro en la mañana,
un apoyo, un poder abrazar, pero sabes qué pasa, que aun así nada hubiese
cambiado, lo que esta pandemia me robó, de lo que el confinamiento me privó, no
hubiera sido distinto, porque me quitó de estar contigo, porque te me fuiste el
año en que menos te vi, en el que menos disfruté de ti… Y era complicado
explicarte que si no iba más a tu casa no era por miedo a que tú me pegases
algo, era el de que fuese yo la que te pegase algo a ti… Me vine a este piso
con la alegría de tenerte más cerca y… Las circunstancias me hicieron estar tan
lejos…
Para muchos puede sonar egoísta, abuela, lo sé, yo era una privilegiada, lo sé... Pero… En septiembre se marchó mi amiga y… Ya sabes que es algo que también me cuesta asumir y digerir. Viví con el que fuese mi marido la pérdida de su padre, la marcha de seres queridos de mis amigos, pero… Que quieres que te diga, tu marcha es distinta, aunque sepa que fue ley de vida, pero… Abuela, es que… Dejé de ser niña, no sé cómo explicarlo, ni yo me entiendo, el vacío es tan inmenso…
Te fallé, es lo que siento, no puedo evitarlo… Siento que no fui la nieta que querías que fuera y el problema es que aun así creo que fui como tenía que ser, yo no podía ser distinta… No, yo no te di bisnietos, ni era esa mujer de mi casa, es que yo de alguna forma me críe y crecí entre lo que soy, en lo que tú me inculcabas y en lo que me educó mi madre, ahí radicaba el problema, elegí seguir mis propios pasos y… A ti siento que te fallé… Aun así sé que te sentías orgullosa de mí, que en el fondo te divertía esa nieta rebelde y deslenguada que te soltaba “barbaridades” y a la que tú le soltabas las tuyas… Soy una mezcla de todo eso que mamé, pero en mi generación… Pero no dejo de sentir que te fallé, porque me hubiese gustado darte ese bisnieto, tener esa pareja… No dependía solo de mí, abuela, o sí, pero era eso, yo no estaba dispuesta a ciertas cosas… Y quiero creer que preferías verme feliz y sola que…
Cinco meses, abuela, no me acostumbro, yo que decía que nos acostumbramos a todo y… No sé cuándo llegará el día en que no verte y no oír tú voz sea eso, costumbre o yo que sé, pero lo veo lejano, imposible… Te echo de menos cada día, cada domingo... Cada vez que agarro tu cadena e intento entender que ahora soy yo la que la lleva y no tú…
Esto lo escribí para
ti hace años, pero es que siempre me pareció cutre y nunca te lo leí, es que me
pusiste el listón muy alto Mariquilla… Que idiota soy, abuela, si siempre estuve
y estaré en tus brazos…
Mi Mariquilla… Me hace mucha gracia oírte decir eso de que eres manchega cuando tienes un acento tan jerezano... Es que tú eres una jerezana de la Mancha…
Sin mucho esfuerzo, al cerrar los ojos, me veo de pie en el baño, mientras me preparas para ir al colegio y me cantas eso de “En el ojo del culo y olé, tengo un piojo, cada vez que me tiro un peo y olé, le salto un ojo”. Esa eres tú, MI ABUELA. La que me hace reír, la que dice palabrotas y me pasa dinero a hurtadillas. No eras una abuela al uso, no lo eres, ni lo vas a ser nunca. Recuerdo que me decías que cuando fueras viejita yo te cuidaría, y yo te decía que sí, que lo haría. Pero te miraba y me costaba pensar en que ese momento llegase y es que tú, María, mi abuela, eras una mujer de armas tomar, con carácter, de las que nos gritabas si nos retrasábamos a la hora de comer, alegando que el arroz se iba a poner para pegar carteles. La que los domingos empezabas a cortar la barra de helado, entre carcajadas, a sabiendas de que el que parte y comparte se lleva la mejor parte, yo también sonreía, porque de sobra sabía que la otra mejor parte sería para mí. Fui la que te hizo abuela, demasiado joven, eso sí, y también durante muchos años fui la única niña, y eso pues era algo que, sin quererlo, me hizo ser especial, no es que tuvieses favoritos, pero… Tú lo sabes y yo lo sé.
Recuerdo las broncas
de mis padres, el hacerme prometer que no te iba a pedir nada, pero después,
como bien dice mi madre, ambas nos saltábamos las normas. Me bastaba con un,
abuela he visto, para que una moneda se deslizase en mi bolsillo, me bastaba
decir yo quiero ir, para estar allí. Me malcriabas, que se dice, Pero a la vez,
te salía la vena abuela y me decías eso de te voy a lavar la boca con lejía o
eres mocita ten cuidado. En ti siempre vi una cómplice de “fechorías”, un
refugio, una mujer a la que querer y admirar. Sí, siempre han dicho que tenías
debilidad por mí, pero yo por ti también.
Me gustaba oírte
cantar eso de “Pisa morena, pisa con garbo”, me gustaba ver contigo las
películas de tú época, mientras tú utilizabas el Semana como “papelera” para
las cascaras de pipas. Me gustaba irme contigo a la tienda, verte despachar a
las clientas y saber que mirabas para otro lado cuando mis manos se deslizaban
hacia las chucherías. Me gustaba jugar contigo al Cinquillo, al Ramy, a la Brisca,
ver la cara de pícara que ponías cuando sabías de sobra que una vez más ibas a
ganar la partida. Me gustaba oír tus historias de cuando vivías en la calle Lecheras,
como esa de que al Juanillo del Cristo lo metían en el Tabanco para cantarle. Cada
año, cuando veo a ese gitano navegar por las calles de Jerez le pido que no se
olvide de ti y que te acune en su Valle. Recuerdo cuando los miércoles íbamos
tú, mi madre y yo a San Judas, la risa que te entraba cuando te piropeaban por
la calle, y es que tú siempre has llamado la atención. Recuerdo aquellos
viernes cuando me iba contigo a la peluquería de Emilia, eres una presumida de
cuidado, siempre con tu espejo y tu barra de labios, con tu permanente perfecta
y tu espalda recta. En eso, ni mi madre ni mis tías ni yo, hemos salido a ti,
eres una señorona, de pies a cabeza. Muchas veces te digo que echo de menos
cuando hacías natillas en Semana Santa, también echo de menos esas tortillas
que me hacías cuando volvía del instituto
No, nunca has sido una
abuela típica, a ratos quizá. Yo siempre te he visto como una mujer fuerte,
decidida, con coraje, con carácter. Y a veces te cabreas cuando te digo que el
abuelo tiene más mérito que tú al estar contigo, porque con ese genio que
gastas… Pero te lo digo desde el cariño y desde la admiración. Lo sé, sé que
conmigo has sido distinta en muchas cosas, por eso yo también siento que para
mí lo eres, después de mi madre eres la persona más importante de mi vida, es
así, así lo siento.
Me río cuando me dices
que por las noches rezas para que me salga un buen novio, sé que te hubiese
gustado que así fuese, pero… Quizás tú y el abuelo me habéis hecho poner el
listón muy alto y de ahí que no lo encuentre. Me hubiese gustado darte un
bisnieto mío, pero lamento decirte que no será así, pero oye, que mis bichitos
son adorables y a mí me hacen feliz y a mí con eso me basta y espero que a ti
también…
No, no eres una abuela
como las demás, pero es que yo tampoco querría una abuela así, es más divertido
poderte soltar las cosas que te suelto, “escandalizarte” de vez en cuando,
reírme y decirte que dejes de tomar coñac por las mañanas, verte poner esa
sonrisa de medio lado… Eres mi cómplice de “fechorías” y me encanta picarte,
buscarte las cosquillas, ver que te encelas si le escribo al abuelo y no a ti.
Pero es que ya te
conozco Mariquilla y también me conozco a mí. Y para escribir de ti me harían
falta siete vidas, porque es eso, para mí, eres una pieza fundamental de mi
vida y te quiero con locura. Aún hoy, con tus ochenta y cinco años a cuestas,
que sé que te pesan, yo te sigo viendo como a esa señorona que me decía que
tendría que cuidarla cuando fuese viejita y yo le decía que sí, aunque me costaba
imaginarlo porque era yo la que por aquel entonces dependía de ti. Pero ya ves,
han pasado treinta y muchos años y ahora, ya no soy esa niña que se reía
contigo antes de ir al colegio, a la que preparabas una lata con cola cao
porque no le gustaba la leche sola que le daban en clase. Ya no soy esa
adolescente que se quedaba charlando en la puerta de casa mientras el arroz se
enfriaba, ni la mocita que debía cuidarse. Hoy soy una mujer, que trata de ser
como tú en algunas cosas, ahora soy yo la que te riñe a veces, la que trata de
cuidarte cuando lo necesitas… Ahora, empiezo a entender aquello que me decías y
que yo prometí hacer sin saber lo que significaba. Y lo único que espero es no
fallarte, como tú no me fallaste a mí, saber devolverte todo el cariño que me
has dado, esa complicidad, esas fechorías… Sencillamente, cumplir mi promesa.
