13 de noviembre de 2015

A sus pies...

Cada mañana, a las nueve menos cinco, ella lo observaba desde su ventana. Él siempre seguía el mismo ritual mientras esperaba el autobús: mirada distraída a la izquierda, mano al bolsillo, cigarro en la comisura de los labios y los cascos retumbando en sus oídos. Allí, oculta tras un visillo, con el corazón desbocado en su pecho, a tres pisos de altura, ella imaginaba que le sonreía. En su mente, lo tomaba de la mano y juntos e invencibles, echaban a correr rumbo a un destino incierto. Fue una lluviosa mañana de octubre, que ella, esperanzada, decidió confesarle su amor. Pasaban las nueve cuando, desesperada y abatida, se lanzó sin arnés, cayendo al vacío. Él llegaba tarde. Ella le puso el alma a sus pies. 

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