Cada mañana, a las nueve menos cinco,
ella lo observaba desde su ventana. Él siempre seguía el mismo ritual mientras
esperaba el autobús: mirada distraída a la izquierda, mano al bolsillo, cigarro
en la comisura de los labios y los cascos retumbando en sus oídos. Allí, oculta
tras un visillo, con el corazón desbocado en su pecho, a tres pisos de altura,
ella imaginaba que le sonreía. En su mente, lo tomaba de la mano y juntos e
invencibles, echaban a correr rumbo a un destino incierto. Fue una lluviosa mañana
de octubre, que ella, esperanzada, decidió confesarle su amor. Pasaban las
nueve cuando, desesperada y abatida, se lanzó sin arnés, cayendo al vacío. Él
llegaba tarde. Ella le puso el alma a sus pies.
No hay comentarios:
Publicar un comentario