Arrojó la
colilla a la vía, cerró los ojos, los recuerdos hicieron acto de presencia.
Su primer tren
con destino incierto lo tomó una tarde de diciembre. Apenas llevaba equipaje.
Se protegía del frío con un gorro de lana y unos guantes. A su lado una persona
que juraba que su amor sería eterno. Sin embargo, no supo soportar los vaivenes
y traqueteos de aquel vagón en que viajaban y, sin decirse nada, se apeó del
tren. Se marcharon en direcciones opuestas.
Con el tiempo,
y la maleta algo más cargada, se armó de coraje y tomó un nuevo tren. Este le
prometía un buen sueldo, comodidades y, como extra, un compañero de habitáculo,
que volvió a encender chispas en sus ojos apagados. Corría el mes de abril, la
primavera se demoraba en aquel año y pronto todo aquello que trataba de
florecer, se marchitó. Dejó aquel vagón. Arrastraba los pies.
Una calurosa
tarde de verano, sin saber cómo, decidió coger un nuevo tren. Iba sola, sin
promesas, con una pesada maleta, que, a duras penas, portaba, ayudada por unas
pequeñas ruedecitas. Ese debía de ser el mejor de los viajes posibles, intuía.
Marcharse sin pensar, perderse para tratar de encontrarse. Llevaba rumbo al
norte. Poco después supo, que, en esos casos, es mejor huir al sur. Llegó a una
ciudad gris, bañada por un río, trató de ahogar en él su pasado…Volvió a compartir
vagón, con él que las horas de viaje se hacían amenas, triviales, fáciles. Una
mañana abrió los ojos y de nuevo se encontró viajando sola.
Ahora, a punto
de cumplir los treinta y nueve, se hallaba muy lejos de todo aquello que se
suponía lo correcto para alguien de su edad. Sus viajes le habían dejado un
pesado equipaje, todo aquel ir y venir de trenes, estaciones, vagones cargados
de mentiras y de soledad, le habían hecho acumular demasiadas cosas, sí… pero
todo aquello la hizo crecer, descubrirse, saber cuál era el verdadero rumbo que
quería para su vida. En aquel andén, mientras fumaba un cigarro y veía al
último tren alejarse, supo con certeza que se había pasado la vida viajando en
vagones equivocados, pernoctando en estaciones de paso, compartiendo viaje con
personas equivocadas.
Y entonces
supo que debía dejar pasar ese tren. Esta vez era ella la que abandonaba las
decepciones.
Comenzó a
caminar, liviana, por las vías. Esta vez, rumbo al sur.

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