
Aquella
mañana, todo reflejaba tonalidades distintas. El azul era más azul, los rosas
más cálidos, los amarillos más luminosos, los naranjas y verdes, los violetas y
los malvas… El primer rayo de sol se empeñó en despertarla, el ir y venir de
los coches de la avenida. Fue hasta la cocina, sacó la caja de cápsulas de
café, cogió una al azar y la metió en la cafetera. Aún le costaba abrir los
ojos, acostumbrase a esa luz que, extraña, lo regaba todo. Aspiró el aroma que
comenzaba a inundar la cocina, echó un par de cucharadas de azúcar en la taza y
la agarró fuerte entre las manos. Dio el primer sorbo apoyada en la encimera.
Caminó despacio hasta el sofá. Dio un nuevo sorbo. Sí, sin lugar a dudas aquel
día parecía igual a todos, planes y rutinas, costumbres, trabajo… Pero algo le decía que no, que no lo era, que aquella mañana sólo era el preludio de un algo
extraordinario, ese algo por suceder
que llevaba tanto esperando. A mitad del café se encendió un cigarro, le
gustaba la mezcla de sabores… Cafeína, nicotina… Pensó en coger del bolso ese
trozo de regaliz que guardaba con recelo. Finalmente optó por una onza de chocolate.
Dulces, amargos, así llevaba un tiempo sintiendo los días, una mezcla perfecta
de todo, de un todo, a ratos un poco ácidos, otros un poco agrios y por momentos
salados. Pero todo en su justa medida es agradable al paladar. Ahora lo
comprendía. Saboreó el último sorbo de café. Apagó su asesino a pequeñas dosis.
Y ya, con los ojos hechos a la luz de aquel amanecer, se dispuso a contemplar el
cambio frente al espejo del baño.
Huelga
decir que todo aquello no había sucedido de la noche a la mañana. No, para
nada, todo aquello era fruto de un largo proceso que había comenzado otro mes
de febrero, pero seis años atrás. En aquella tarde en la que él cerró la puerta
por fuera y ella se quedó dentro, con un equipaje por deshacer, por rehacer.
Por olvidar, abandonar, desmadejar, en un andén. Ahora estaba sola, libre sí,
pero perdida, libre sí, pero desorientada. Solitaria en aquella misma estación,
pero con la ardua tarea de elegir un nuevo tren, con nuevo destino, con otro
rumbo, en otro vagón… Y así, a ciegas, a
tientas, comenzó a reinventarse, a buscarse, a tratar de encontrase… Y volvió a
perderse y eligió trenes equivocados, se bajó en lugares que no debió de
hacerlo, a meterse en compartimentos donde no encontró lo que necesitaba… Y en
muchas ocasiones creyó estar en la dirección correcta, para después encontrar
de nuevo una vía muerta. Cayó, se levantó, volvió a caer… Y así fue
transcurriendo la travesía, con altos y bajos, en un continuo equilibrio
desequilibrado, con el vértigo azuzando sus espaladas. Ella no entendía nada,
las risas a destiempo, las lágrimas sin preaviso, las ganas de comerse el
mundo, las ganas de ser devorada por el mismo. Dudaba que todo aquello la
llevase a alguna parte.
Pero
aquella mañana todo era distinto, lo sabía, al fin estaba donde tenía que
estar, como quería estar, con quien quería estar. Con un equipaje pasado, que no
pesado. Se hallaba en un extraño equilibrio. Se reconocía en el espejo, se desconocía
en algunas fotos. Sus ojos ya no eran los de aquella muchacha, pero volvían a
lanzar relámpagos. Sí, era ella, aquella que siempre reivindicó ser… La niña
que seguía soñando con el amor, pero que ya no se dejaba amedrentar por él. La adolescente
rebelde, pero ahora con causa. La mujer libre, pero no perdida. Esa hija de Lilith
que, como ella, huyó del paraíso, que no se doblega, que no nació de ninguna
costilla. Era consciente del cambio, quizás no todos lo viesen, ni lo notasen
ni percibiesen, pero le daba igual, ella sabía que sus alas estaban allí, un
poco más arriba de esa cicatriz que antaño marcase el principio del fin, el
comienzo de un principio… Sí, no había sido fácil, pero todo aquel dolor fue
necesario. La muda de piel, la sensación lacerante de la carne abriéndose, la
sangre en ebullición… Como si de un parto se tratase, sus alas fueron abriéndose camino por ese estrecho canal del nacimiento. Fue eso, un dolor necesario para
dar paso a una nueva vida…
Y
ahora, ellas eran su arma contra el desequilibro y el vértigo.
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