9 de febrero de 2017

Alas...



Aquella mañana, todo reflejaba tonalidades distintas. El azul era más azul, los rosas más cálidos, los amarillos más luminosos, los naranjas y verdes, los violetas y los malvas… El primer rayo de sol se empeñó en despertarla, el ir y venir de los coches de la avenida. Fue hasta la cocina, sacó la caja de cápsulas de café, cogió una al azar y la metió en la cafetera. Aún le costaba abrir los ojos, acostumbrase a esa luz que, extraña, lo regaba todo. Aspiró el aroma que comenzaba a inundar la cocina, echó un par de cucharadas de azúcar en la taza y la agarró fuerte entre las manos. Dio el primer sorbo apoyada en la encimera. Caminó despacio hasta el sofá. Dio un nuevo sorbo. Sí, sin lugar a dudas aquel día parecía igual a todos, planes y rutinas, costumbres, trabajo… Pero algo le decía que no, que no lo era, que aquella mañana sólo era el preludio de un algo extraordinario, ese algo por suceder que llevaba tanto esperando. A mitad del café se encendió un cigarro, le gustaba la mezcla de sabores… Cafeína, nicotina… Pensó en coger del bolso ese trozo de regaliz que guardaba con recelo. Finalmente optó por una onza de chocolate. Dulces, amargos, así llevaba un tiempo sintiendo los días, una mezcla perfecta de todo, de un todo, a ratos un poco ácidos, otros un poco agrios y por momentos salados. Pero todo en su justa medida es agradable al paladar. Ahora lo comprendía. Saboreó el último sorbo de café. Apagó su asesino a pequeñas dosis. Y ya, con los ojos hechos a la luz de aquel amanecer, se dispuso a contemplar el cambio frente al espejo del baño.

Huelga decir que todo aquello no había sucedido de la noche a la mañana. No, para nada, todo aquello era fruto de un largo proceso que había comenzado otro mes de febrero, pero seis años atrás. En aquella tarde en la que él cerró la puerta por fuera y ella se quedó dentro, con un equipaje por deshacer, por rehacer. Por olvidar, abandonar, desmadejar, en un andén. Ahora estaba sola, libre sí, pero perdida, libre sí, pero desorientada. Solitaria en aquella misma estación, pero con la ardua tarea de elegir un nuevo tren, con nuevo destino, con otro rumbo, en otro vagón…  Y así, a ciegas, a tientas, comenzó a reinventarse, a buscarse, a tratar de encontrase… Y volvió a perderse y eligió trenes equivocados, se bajó en lugares que no debió de hacerlo, a meterse en compartimentos donde no encontró lo que necesitaba… Y en muchas ocasiones creyó estar en la dirección correcta, para después encontrar de nuevo una vía muerta. Cayó, se levantó, volvió a caer… Y así fue transcurriendo la travesía, con altos y bajos, en un continuo equilibrio desequilibrado, con el vértigo azuzando sus espaladas. Ella no entendía nada, las risas a destiempo, las lágrimas sin preaviso, las ganas de comerse el mundo, las ganas de ser devorada por el mismo. Dudaba que todo aquello la llevase a alguna parte.

Pero aquella mañana todo era distinto, lo sabía, al fin estaba donde tenía que estar, como quería estar, con quien quería estar. Con un equipaje pasado, que no pesado. Se hallaba en un extraño equilibrio. Se reconocía en el espejo, se desconocía en algunas fotos. Sus ojos ya no eran los de aquella muchacha, pero volvían a lanzar relámpagos. Sí, era ella, aquella que siempre reivindicó ser… La niña que seguía soñando con el amor, pero que ya no se dejaba amedrentar por él. La adolescente rebelde, pero ahora con causa. La mujer libre, pero no perdida. Esa hija de Lilith que, como ella, huyó del paraíso, que no se doblega, que no nació de ninguna costilla. Era consciente del cambio, quizás no todos lo viesen, ni lo notasen ni percibiesen, pero le daba igual, ella sabía que sus alas estaban allí, un poco más arriba de esa cicatriz que antaño marcase el principio del fin, el comienzo de un principio… Sí, no había sido fácil, pero todo aquel dolor fue necesario. La muda de piel, la sensación lacerante de la carne abriéndose, la sangre en ebullición… Como si de un parto se tratase, sus alas fueron abriéndose camino por ese estrecho canal del nacimiento. Fue eso, un dolor necesario para dar paso a una nueva vida…

Y ahora, ellas eran su arma contra el desequilibro y el vértigo.


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