Alicia tarareaba en voz baja
aquella canción. Similar, igual, paralela… El escenario siempre era el mismo,
el atrezo, la noche como testigo y compañía. Allí permanecía, a simple vista impávida,
impasible, con la mirada perdida en los cristales, observando el mundo a través
de la ventana. Con una taza de té humeando en la mesa, unas agujas de punto aferradas a sus manos, un ovillo de lana que
se iba deshaciendo poco a poco y en su realidad, un corazón agotado de anhelar.
Ella, como Wendy, ansiaba la llegada de su Peter Pan, de aquel que tomase su mano
y la invitase a volar a Nunca Jamás, Y en su desesperada espera se las pasaba soñando
despierta: Él la llevaba junto al mar, cerraban los ojos y pedían deseos que
iban y venía como las olas, cargados de espuma y sal. Y así, noche tras noche,
días tras día, iba tachando huecos de su calendario, marchito de espera.
El
invierno golpeaba con fuerza las paredes de su casa, el frío le calaba los
huesos y ella continuaba allí, abrazada a la esperanza, tejiendo y llorando,
cantando y soñando.-Vendrá esta noche-. se repetía una y otra vez. Y cuando
quiso darse cuenta las flores de su balcón empezaron a florecer, para más tarde
esconderse del calor que hacía arder el asfalto, que pronto se vio cubierto de
hojas secas… Sin embargo, allí estaba
ella, junto a su ventana, dando sorbos al líquido frío que reposaba en la taza.
Esperando, tejiendo, soñando…
Y
de nuevo el invierno irrumpió en su vida, acoplándose junto a la soledad. Para
cuando eso pasó Alicia había tejido una manta, un jersey, una bufanda y un par
de guantes, que ahora la cobijaban y daban calor. Lo vio llegar, caminar hacia
su puerta y tocar el timbre, pero ella se quedó allí, inmóvil, en silencio. Ya
no sentía frío, ya no necesitaba el abrigo de unos brazos.
Se había
cansado de esperar.

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