Aquella mañana era Alicia la que
estaba a kilómetros de casa y era Mario el que estaba en la tierra que los
viese nacer. Lo sabía, algo en ella sabía que iba a ser así, que esta vez el
destino se iba a encargar de que no se cruzasen, de que las calles no se convirtiesen
en trampas mortales, al menos en ese fin de semana de puente. Allí cada uno en su mundo, como tres días atrás, separados por usos horarios distintos,
Las noches de echarlo de menos era cada vez más dispersas, aunque su recuerdo arañase, no hería, no escocía. Agradecía estar lejos, así no sentiría la suicida necesidad de lanzarse en su busca. Allí en su rincón del Algarve, llovía, pero al mal tiempo le ponía buena cara, mejor era que fuese el cielo el que descargase furia y no ella. Alicia ansiaba paz y tranquilidad, no volver a sufrir una mirada vacía, en mitad de un bar atestado de gente, que la relegaba a la soledad.
El azar es así, una vez los unió y
ahora jugaba a no acercarlos. Mario en tierras del sur, Alicia en otro sur
paralelo. Uno volvía a casa, el otro huía de ella, uno ansiando la rutina, el
otro quebrándola. Era así, su tiempo había pasado, al menos eso quería creer,
para qué ilusionarse con otra cosa. Cierto era que en tres días ella volvía a
ese laberinto y que el peligro quizás acechase en una esquina cualquiera, pero
estaba prevenida, saldría con su coraza, sin la compañía del corazón y con los
ojos fijos en un punto que él no ocupase.
Mario despreocupado y ajeno a la historia,
pasearía por esas calles que dejó un año atrás, se reencontraría con los suyos,
bebería en el bar de siempre. Alicia, mientras, se acurrucaría en su refugio,
con la ventana cerrada y las luces apagadas.

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