6 de octubre de 2015

El encanto de la imperfección...



Celia abrió aquel viejo baúl que, durante años, había estado arrumbado en un rincón de la buhardilla. Perteneció a su tía abuela, a la que tanto quiso. Ella había tenido el privilegio de heredar todo aquello, no sabía muy bien por qué, pero así había sido. Levantó la tapa despacio, temía que aquella madera se resquebrajase y se llevase con ella las huellas y el legado de aquella mujer que siempre lucía una sonrisa de ojos tristes. Allí reposaban sus escritos y recuerdos, aquellos que no fueron publicados y los que sí, los íntimos.

Curiosa comenzó a revolver el interior: un montón de fotos, un puñado de servilletas de papel, hojas de árboles hechas añicos, los manuscritos de sus novelas, un mechón de pelo rubio envuelto en un paño, un camafeo de plata, un anillo con una piedra de ámbar, postales de ciudades europeas… Un cúmulo de vida. Celia fue esparciendo cosas por el suelo, permitiéndose el lujo de estudiar cada detalle, tratando con mimo cada objeto, cada trozo de papel. Hojeó el libreto de aquella pequeña obra de teatro que jamás se llegó a representar, hundió su nariz en los primeros esbozos de la historia de “Memorias de Praga”, ansiando respirar aquel olor a melancolía que aquella obra desprendía… Y así fue pasando, uno a uno, por todos los momentos de una vida tan feliz como solitaria…. Nunca supo por qué su tía abuela jamás volvió a casarse, pasó más de la mitad de su vida sola, dedicada a su familia, sus libros y Cloe, su gata. Ella decía que su gran amor no llegó, quizás porque tampoco lo buscó, añadía.  Al cabo de un rato fue consciente de que llevaba horas sumida en vivencias ajenas, se hacía tarde y debía volver a su casa. Comenzó a guardar de forma ordenada todos aquellos tesoros, cuando algo que antes había pasado desapercibido llamó su atención. Celia creía recordar todos los títulos de las obras de Jimena, su tía abuela, sin embargo aquel le era desconocido. Tomó aquel manuscrito entre sus manos y leyó: A orillas del Darro. Pasó la primera página y, a medio borrar, halló una dedicatoria extraña y misteriosa, que la hizo pensar de más.  Sin dilación termino de recoger los enseres, todo excepto aquel esbozo de novela. Que guardó sin dudar en su bolso.
Celia llegó a casa, se preparó un café, se puso el pijama y se sentó en su sillón favorito. En el reposaba brazos aquella obra desconocida, que ella se moría por descubrir.  Al cogerla algo cayó al suelo de entre las páginas, se agachó y la tomó en sus manos. Aquello parecía una carta, dudo por un instante, pero terminó por desplegar aquel amarillento papel.

A veces siento la necesidad de escribirte, de hablarte, pero reprimo el impulso. Quisiera contarte que mi vida ha cambiado, que ahora quiero ser feliz y que aprendí a quererme, quizá no lo suficiente, pero sí más de lo que antes hacía. Me gustaría decirte que volví a enamorarme, sin mucha suerte, pero me siento tranquila en mi soledad. Que todo aquello pasó, que fue difícil, pero logré separar el amor de la amistad. Me encantaría contarte que he terminado mi primera novela, que no sé si la publicaré, aún no tengo del todo controlado mis miedos. Pero tiempo al tiempo. Querría decirte que a ratos echo de menos esa amistad que compartimos y que me gustaría ser capaz de recuperar lo que un "no sé qué," destruyó. Ya no me importa el pasado, todo aquello quedó atrás y tengo la mala costumbre de recordar sólo lo bueno.
Sabes, he tratado de reescribir lo que un día empezamos, pero me resulta imposible, aquella historia era nuestra, la parimos juntas y juntas la hicimos grande, pero también incompleta. Me duele no haberles dado un final. Al final resultó ser eso, una historia de leyenda. ¿Qué me dirías si te pidiese que lo hiciéramos juntas?¿Aceptarías el reto? Yo no busco fama ni gloria, solo historias y finales felices para aquellos a quién quiero, y a ellos lo hago, como si de hijos se tratase. Mucha gente me anima a que lo haga sola, pero no puedo, es como si traicionase lo poco que pueda quedar entre nosotras. Sé que yo puse la semilla, pero fuiste tú la que la regó y la ayudó a florecer. Ella no iba a enamorarse, pero él lo logró.
            Si algún día lees todo esto, que sepas que seguiré esperando tu respuesta. A mi edad, y con el paso de los años, he aprendido a perdonar sin disculpas, a disculparme en silencio y de pensamiento y a olvidar todo aquello que pueda oscurecer los buenos recuerdos. Tú fuiste importante para mí, mucho, quiero que lo sepas y pese a todo no te guardo rencor, aunque tú, quizá con razón, me lo guardes a mí. Tampoco me arrepiento de todo lo pasado, no sé tú, pero yo he necesitado todo este tiempo. En el he aprendido a hacerme fuerte, a valorar y valorarme, todo pasa por algo, yo necesitaba conocerme y en estos años lo he hecho. No cambio nada del pasado, tenía que suceder. Sólo espero que haya servido para algo más y… a ti te llamaba amiga. Me quedo con aquello del encanto de la imperfección. Yo soy, tremendamente encantadora…

        Celia volvió a doblar aquella hoja y retornó al manuscrito. Empezó a leer. Todo comenzaba con un viaje en tren. Fue devorando palabras hasta que un hueco en blanco interrumpió su lectura, un par de páginas después el texto continuaba, pero la escena era diferente. Una obra incompleta, hecha de retales mal cosidos, repleta de desgarros y espacios vacios…  Inacabada y a ratos sin sentido, pero cargada de nostalgia. Aquella carta y aquella dedicatoria cobraban sentido. Se levantó y fue hasta el escritorio. De él sacó un sobre, donde sin vacilar metió todo aquello.


    A la mañana siguiente fue hasta correos y echó aquel paquete de, dirección desconocida e indefinido destinatario: “A la parte invisible de esta historia”.


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