17 de septiembre de 2015

El rocanrol de los idiotas...


La noche en que se conocieron era una noche como otra cualquiera. Con su luna y sus estrellas, con el frío de diciembre calando los huesos, con un gato maullando en un callejón y un alma borracha pregonando penas de amor. Se podía decir que resultaba vulgar, mediocre, insípida, una de tantas; como la de hoy o la de mañana. Era simplemente eso, una noche. Sin embargo ellos no la recordarían así, para ellos pasaría al recuerdo y la memoria de sus horas más felices, las primeras.

Ella vestía un pantalón vaquero, algo desgastado, protegía su garganta con un pañuelo negro y cubría su torso con una camisa de gasa en tonos grises. Él llevaba una camiseta azul, con varios lavados, un jersey de un tono similar y unos vaqueros igualmente desgastados. Ella no reparó en su presencia, no, no lo hizo. El tampoco se percató de su asistencia en el local. Pero existe algo curioso y juguetón llamado destino. Y fue este el que dispuso las pautas para que, en un momento dado, sus cuerpos chocasen al ir a pedir a la barra. Ella agachó la mirada, pidió disculpas y le cedió el turno. Él sonrió y se ofreció a pedir por ella, es más, la invitó a aquella cerveza. Ella le agradeció el gesto y corrió al rincón donde, hasta entonces, se había ocultado. Él, creyéndose resarcido del incidente, volvió a su mesa del fondo. Pero como os he dicho, el destino aquella noche tenía un plan y ellos eran los absolutos protagonistas.
Ella fingió no verlo cuando cruzó el patio. Él no se dio por enterado. Y es que cuando uno no anda en busca de nada, es cuando más debe de agudizar los sentidos. Todo parecía inocente, sin pretensiones, ni finalidades. Ella se convenció de que había sido un simple guiño de cortesía. Él se cercioró de que hubiese aparentado, eso mismo: un sencillo gesto de educación. Y así fueron transcurriendo las horas en aquel bar, en aquella noche sin hechos destacables, sin posibilidad aparente de desvíos a líneas que, hace tiempo, deseamos no cruzar.
No os he contado que aquellos dos seres llevaban mucho tiempo acomodados en su soledad, en la creencia irrevocable de que el amor no era un asunto que los incumbiese. ¡Ay! Cuanto se equivocaban sin saberlo. Y es que el amor es así, cuando corres desbocado hacia él siempre encuentra las formas de huir y, sin embargo, cuando eres tú el que huye es él el que corre en tu busca. Y eso era lo que estaba a punto de sucederles, a esa extraña e incrédula pareja, que Cupido había decidido hacer de las suyas esa noche, precisamente esa, en la que todo era como siempre.
Lo cierto es que os he omitido mucha información. No está bien que sepamos más que ellos, pero… En ese preciso instante ambos desconocían el hecho de que tenía muchas cosas en común; que existían otras tantas diferencias, pues también. Ella no sabía que, como  ella, él se pasaba las horas buscando palabras que plasmar en una hoja. Él escribía canciones, ella palabras sin sentido que vaciaban su mente. Él desconocía que tiempo atrás fue ella la que le “robó” la última entrada, que internet ofrecía, para el concierto de uno de sus grupos favoritos. Ella oía a esa formación desde hacía años, él colgaba de sus paredes versos de sus letras. Tampoco eran conocedores de que ella era amante de los gatos y él alérgico a los mismos; como también ignoraban que ella promovía la ley antitabaco mientras él era cliente habitual de Philip Morris.  Es que ya sabréis que el destino es así de jodido también…
Pasaban las tres de la mañana cuando ella, acusada por las prisas y la llamada de Morfeo, decidió abandonar el local. Volvía a casa sola, ya estaba acostumbrada, llevaba mucho repitiendo el mismo ritual: Caminar hacía su coche, con los cascos puestos y el MP3 en el bolsillo, saboreando cada momento, buscando estampas que le inspiraran historias para contar. Diréis que estaba loca por andar sola a esas horas, os diré que ella había vencido muchos miedos. El reloj marcaba las tres y diez cuando él se despidió de sus amigos, los que quedaban, dos de ellos habían sucumbido a los pliegues de unas descaradas faldas. Él también volvía solo, con su consabido protocolo: Una mano en el bolsillo, un cigarro en la otra y un andar pausado mientras tarareaba una nueva melodía.
Y entonces llegó el momento culmen, ese que haría de aquella noche una noche más para el mundo y una noche única para ellos. Aliados el destino y unas caprichosas nubes grises, ambos se dieron de frente con la primera de las grandes tormentas que tendrían cita en ese largo, pero confortado, invierno. Un solo paraguas y una invitación pendiente, frente a una puerta que les invitaba a salir a un laberinto de calles, que formaban la ciudad. Esta vez sonrieron los dos a la vez, bajaron la mirada al unísono, pero fue ella la que invitó, ofreciéndole, amablemente, un espacio donde guarecerse de la lluvia.
El hoy ha dejado de tomar pastillas para no soñar y las ha sustituido por otras que le permiten pasar la noche en la guarida de una loca de los felinos. Ella pues… Ella se acostumbró a abrir las ventanas y dejar escapar ese humo que osase enturbiar su nueva y amada paz.
Y fue así como el destino jugó sus cartas: provocando una tormenta que a ellos les traería la calma. Convirtiendo una noche común en un principio. Uniendo a dos solitarios que, a partir de ese día, no dejaría de bailar “El rocanrol de los idiotas”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario