La noche en que se conocieron era una
noche como otra cualquiera. Con su luna y sus estrellas, con el frío de
diciembre calando los huesos, con un gato maullando en un callejón y un alma
borracha pregonando penas de amor. Se podía decir que resultaba vulgar,
mediocre, insípida, una de tantas; como la de hoy o la de mañana. Era simplemente
eso, una noche. Sin embargo ellos no la recordarían así, para ellos pasaría al
recuerdo y la memoria de sus horas más felices, las primeras.
Ella vestía un pantalón vaquero, algo desgastado, protegía su garganta con un pañuelo negro y cubría su torso con una camisa de gasa en tonos grises. Él llevaba una camiseta azul, con varios lavados, un jersey de un tono similar y unos vaqueros igualmente desgastados. Ella no reparó en su presencia, no, no lo hizo. El tampoco se percató de su asistencia en el local. Pero existe algo curioso y juguetón llamado destino. Y fue este el que dispuso las pautas para que, en un momento dado, sus cuerpos chocasen al ir a pedir a la barra. Ella agachó la mirada, pidió disculpas y le cedió el turno. Él sonrió y se ofreció a pedir por ella, es más, la invitó a aquella cerveza. Ella le agradeció el gesto y corrió al rincón donde, hasta entonces, se había ocultado. Él, creyéndose resarcido del incidente, volvió a su mesa del fondo. Pero como os he dicho, el destino aquella noche tenía un plan y ellos eran los absolutos protagonistas.
Ella fingió no verlo cuando cruzó el
patio. Él no se dio por enterado. Y es que cuando uno no anda en busca de nada,
es cuando más debe de agudizar los sentidos. Todo parecía inocente, sin
pretensiones, ni finalidades. Ella se convenció de que había sido un simple guiño
de cortesía. Él se cercioró de que hubiese aparentado, eso mismo: un sencillo
gesto de educación. Y así fueron transcurriendo las horas en aquel bar, en
aquella noche sin hechos destacables, sin posibilidad aparente de desvíos a líneas
que, hace tiempo, deseamos no cruzar.
No os he contado que aquellos dos
seres llevaban mucho tiempo acomodados en su soledad, en la creencia irrevocable
de que el amor no era un asunto que los incumbiese. ¡Ay! Cuanto se equivocaban
sin saberlo. Y es que el amor es así, cuando corres desbocado hacia él siempre
encuentra las formas de huir y, sin embargo, cuando eres tú el que huye es él
el que corre en tu busca. Y eso era lo que estaba a punto de sucederles, a esa
extraña e incrédula pareja, que Cupido había decidido hacer de las suyas esa
noche, precisamente esa, en la que todo era como siempre.
Lo cierto es que os he omitido mucha
información. No está bien que sepamos más que ellos, pero… En ese preciso
instante ambos desconocían el hecho de que tenía muchas cosas en común; que existían
otras tantas diferencias, pues también. Ella no sabía que, como ella, él se pasaba las horas buscando palabras
que plasmar en una hoja. Él escribía canciones, ella palabras sin sentido que
vaciaban su mente. Él desconocía que tiempo atrás fue ella la que le “robó” la
última entrada, que internet ofrecía, para el concierto de uno de sus grupos
favoritos. Ella oía a esa formación desde hacía años, él colgaba de sus paredes
versos de sus letras. Tampoco eran conocedores de que ella era amante de los
gatos y él alérgico a los mismos; como también ignoraban que ella promovía la ley
antitabaco mientras él era cliente habitual de Philip Morris. Es que ya sabréis que el destino es así de jodido
también…
Pasaban las tres de la mañana cuando
ella, acusada por las prisas y la llamada de Morfeo, decidió abandonar el
local. Volvía a casa sola, ya estaba acostumbrada, llevaba mucho repitiendo el
mismo ritual: Caminar hacía su coche, con los cascos puestos y el MP3 en el
bolsillo, saboreando cada momento, buscando estampas que le inspiraran
historias para contar. Diréis que estaba loca por andar sola a esas horas, os
diré que ella había vencido muchos miedos. El reloj marcaba las tres y diez
cuando él se despidió de sus amigos, los que quedaban, dos de ellos habían
sucumbido a los pliegues de unas descaradas faldas. Él también volvía solo, con
su consabido protocolo: Una mano en el bolsillo, un cigarro en la otra y un
andar pausado mientras tarareaba una nueva melodía.
Y entonces llegó el momento culmen,
ese que haría de aquella noche una noche más para el mundo y una noche única
para ellos. Aliados el destino y unas caprichosas nubes grises, ambos se dieron
de frente con la primera de las grandes tormentas que tendrían cita en ese
largo, pero confortado, invierno. Un solo paraguas y una invitación pendiente,
frente a una puerta que les invitaba a salir a un laberinto de calles, que
formaban la ciudad. Esta vez sonrieron los dos a la vez, bajaron la mirada al
unísono, pero fue ella la que invitó, ofreciéndole, amablemente, un espacio donde
guarecerse de la lluvia.
El hoy ha dejado de tomar pastillas
para no soñar y las ha sustituido por otras que le permiten pasar la noche en
la guarida de una loca de los felinos. Ella pues… Ella se acostumbró a abrir
las ventanas y dejar escapar ese humo que osase enturbiar su nueva y amada paz.
Y fue así como el destino jugó sus
cartas: provocando una tormenta que a ellos les traería la calma. Convirtiendo
una noche común en un principio. Uniendo a dos solitarios que, a partir de ese
día, no dejaría de bailar “El rocanrol de los idiotas”.

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