“Es el destino quien nos lleva y nos guía…”
Rebeca estaba cansada, mucho, llevaba semanas arrastrando
horas de sueño, abarcando con más de lo que podía y, como añadido, con ese
dolorcillo constante recorriendo el lado izquierdo de su cuerpo… Cansada,
mucho, física y mentalmente y lo sabía, sabía que estaba al borde del colapso y
que necesitaba horas en soledad, en su casa, un fin de semana de esos en lo que
se bajaba del mundo y no existía más que por y para ella… Pero volvía a ser
lunes y para darle color a esa semana, que de nuevo venía hasta los topes.
volvió a regalarse flores…
Al menos la escasez de horas libres la ayudaban a no pensar de
más, a no recordar los juegos de esa casualidad que parecía anclada a su vida,
a su no historia. No, le era más fácil mantenerse ocupada, que regresar a esa
tarde, a ese momento, en que tomó aquel libro entre sus manos y de alguna forma
su corazón se paró. Aquel miércoles iba preparada, con su coraza bien colocada,
con la mente fría, con las ideas claras, pero… Una vez más la casualidad jugaba
con ella, era la casualidad, ¿verdad? Porque no se iba a permitir pensar otra
cosa, porque se había propuesto salir del bucle, escapar de la espiral y no ver
más fantasmas. Pero era eso, la
casualidad siempre se las ingeniaba para desmontar su plan y volverla a dejar
con la duda… No, no iba preparada para ciertas cosas, su guión no llegaba para
tanto. Ya le costó mantener el tipo ante aquel cartucho, ya fue complicado
explicar esa “tara” que arrastraba ante esa pregunta que… Pero definitivamente
el remate llegó con ese autor, con ese libro, el único que nombró en aquella
carta… Por qué el destino y la casualidad no la dejaban tranquila, por qué cada
vez que decía SE ACABÓ todo volvía a dar un extraño punto de luz a esa historia
tan a ciegas. Y se educaba en la tarea de no pensar y se obligaba a no
cotillear, a no mirar, a no creer en falacias, pero… Esa niña que seguía siendo
quería desobedecerse…
Pero no debía, no podía, solo ella tenía la capacidad para
salvarse, para que todo aquello no la dañase, era su obligación dejar de
imaginar, de creer, de guardar falsas esperanzas. Aquellas margaritas ya le
habían dicho que no hacía mucho, debía aferrarse a esas que ahora se compraba,
las que sus propias manos ponían en un jarrón. Aún así se sentía dolida por ese
juego, porque no le parecía justo, porque ella quería pasar página… Y en el
fondo agradecía que, de alguna forma, ella, ya no fuese la misma de antes,
porque antes todo aquello hubiese dado paso a una nueva esperanza vacía. Lo que
no podía evitar era la rabia, el coraje de ver que de alguna forma él, ellos…
Pero era estúpido seguir aferrada al humo de la nada. Por mucho que su mirada
estuviese en las nubes, tenía que dejar los pies plantados en la tierra.
No podía volver a sentirse ridícula y fuera de lugar, tenía
que dejar atrás esa innata tendencia a la fantasía, a creer que él de alguna
forma estaba interesado en ella, y tampoco quería creer que el juego fuese de
él y no de la casualidad. Ya arrastraba bastantes miedos, ya tuvo suficiente en
el pasado, porque ella, aunque muchos no lo supiesen, no era tan dura como
aparentaba, ni era extrovertida, nada de eso. Ella siempre fue torpe en el
amor, mucho, tímida, incapaz de dar un paso, de lanzarse a la piscina… Con él
había veces en que se había desconocido, pero… No, era eso, el juego de una
casualidad que debía ignorar, tenía que dejar de ver señales en todo aquello,
debía seguir mirando al frente, por mucho que le costase…
Al menos la falta de
tiempo, casualmente, le estaba ayudando en esa tarea…

Cielo, los pelos como escarpias, qué hondo que calas cuando quieres. Besos ♥
ResponderEliminarY tú que con que buenos ojos me lees... Gracias preciosa mía. Besos.
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