“Y a la pálida luz de la luna,
llega una duda;
me pregunta si ya no te espero.”
Se quitó
las gafas para ver la luna, ese día llena, en espera de un eclipse. Faltaban
quince minutos para estar a día 21, de ese enero, que nadie frenaba, y que tan
cuesta arriba se le hacía. Había sido
una semana extraña, estaba siendo un mes extraño, en parte era un año extraño…
Demasiadas cosas flotando en el aire, muchos recuerdos estrellándose contra las
paredes, contra esos huesos que diez años antes habían empezado a flaquear, esa
pierna independiente desde entonces. Quizá la guinda había llegado ese jueves,
cuando de nuevo sintió ese tirón y automáticamente el miedo volvía, siempre lo
haría, lo tenía asimilado, ya nunca más estaría tranquila en ese aspecto. Era
una de esas cargas de las que uno de sus personajes favoritos hablaba, esa
maleta ficticia que arrastraba y que por más que quisiera siempre encendería
una voz de alarma. Era enero, ella lo
sabía, enero y sus memorias, la del 7, la del 10, la del 17, la del 18, la del
24, la de final de mes… Días que habían marcado, en distintos años, un antes y
un después en su vida… Era enero y era imposible negarlo. Había más días, más recuerdos, pero menos
significativos, menos jodidos o que, bueno, mejor obviar, con los que había
bastaban y no quería sumar más, enero era cuesta arriba y en más de una ocasión
dio paso a la máscara que luciría en ese febrero de carnaval… Y, aunque le
costase admitirlo, el amor era trasfondo de muchas de esos acontecimientos,
momentos, vivencias que marcaban enero. ¿De qué hablamos cuando hablamos de
amor? A ella ya le costaba hasta conjugar ese verbo. Amar, amor… Salud,
ausencia de ella… Todo estaba ligado y entrelazado… En su vida sí… En enero sí.
Dio un nuevo sorbo a la copa de vino, quizá a deshora, sobre
todo porque le tocaba trabajar al día siguiente a turno partido, pero…
A pesar de
todo era feliz. A pesar de la caída, de la recaída, se había mal educado en el
arte de la recomposición, de saber que había veces que se ganaba y otras que se
perdía, aunque ella estuviese hecha más a lo segundo que a lo primero le daba
igual, ahí se dejaba embaucar por el estúpido espíritu wonderfulero y miraba la
parte positiva antes que la negativa. Recordaba una vez más aquella aventura
del verano, aquel episodio en Cinque Terre, aquel percance con el tren la hizo
ver que todo, realmente, dependía del cristal con que se mirase, desde la
perspectiva que quisiéramos adoptar. En la vida hay trenes que no pasan, otros
que pasan y no cogemos, otros que cogemos equivocadamente y otros que
simplemente vienen con retraso, pero que aún así llegan en el momento preciso.
Sí, aquel tren llegó tarde, pero llegó, y gracias a que lo hizo tarde ella
vivió una de las puestas de sol más hermosas que recordaría, gracias a eso
observó el rescate de aquel globo que a punto estuvo de ser “tragedia”. Aquella
tarde aprendió que sí, que a veces aquello que esperamos no llega en el momento
que esperamos, pero termina por llegar y que, a pesar del retraso, nos llevará
a nuestro destino. Sí, aquel tren llegó tarde, pero aún así llegó a tiempo para
enlazar con el siguiente, y durante aquella espera su forma de ver la vida
cambió, mucho, ella lo sabe, un simple retraso la hizo replantearse mil cosas,
vivir otras y… Aquel viaje, su regalo de los 40, en parte era otro tren que
llegó con retraso, pero llegó en el momento preciso y oportuno, cuando tenía
que llegar, cuando de verdad había llegado a los 40… Y antes de esos 40, tuvo
que haber muchos eneros y alguna que otra máscara de carnaval, pero… Esa era la
vida, una sucesión de idas y venidas, de vías muertas, de vagones equivocados,
de trenes que necesariamente llegan con retraso… Lo importante es saber que a
pesar de todo acabarás en el destino adecuado, aunque a veces el viaje se nos
haga cuesta arriba, aunque nos toque esperar…
El tren
siempre acaba por llegar y lo hará lo antes posible…

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