21 de enero de 2019

Pálida luna en espera...




“Y a la pálida luz de la luna,
llega una duda;
me pregunta si ya no te espero.”

Se quitó las gafas para ver la luna, ese día llena, en espera de un eclipse. Faltaban quince minutos para estar a día 21, de ese enero, que nadie frenaba, y que tan cuesta arriba se le hacía.  Había sido una semana extraña, estaba siendo un mes extraño, en parte era un año extraño… Demasiadas cosas flotando en el aire, muchos recuerdos estrellándose contra las paredes, contra esos huesos que diez años antes habían empezado a flaquear, esa pierna independiente desde entonces. Quizá la guinda había llegado ese jueves, cuando de nuevo sintió ese tirón y automáticamente el miedo volvía, siempre lo haría, lo tenía asimilado, ya nunca más estaría tranquila en ese aspecto. Era una de esas cargas de las que uno de sus personajes favoritos hablaba, esa maleta ficticia que arrastraba y que por más que quisiera siempre encendería una voz de alarma.  Era enero, ella lo sabía, enero y sus memorias, la del 7, la del 10, la del 17, la del 18, la del 24, la de final de mes… Días que habían marcado, en distintos años, un antes y un después en su vida… Era enero y era imposible negarlo.  Había más días, más recuerdos, pero menos significativos, menos jodidos o que, bueno, mejor obviar, con los que había bastaban y no quería sumar más, enero era cuesta arriba y en más de una ocasión dio paso a la máscara que luciría en ese febrero de carnaval… Y, aunque le costase admitirlo, el amor era trasfondo de muchas de esos acontecimientos, momentos, vivencias que marcaban enero. ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? A ella ya le costaba hasta conjugar ese verbo. Amar, amor… Salud, ausencia de ella… Todo estaba ligado y entrelazado… En su vida sí… En enero sí. Dio un nuevo sorbo a la copa de vino, quizá a deshora, sobre todo porque le tocaba trabajar al día siguiente a turno partido, pero…

A pesar de todo era feliz. A pesar de la caída, de la recaída, se había mal educado en el arte de la recomposición, de saber que había veces que se ganaba y otras que se perdía, aunque ella estuviese hecha más a lo segundo que a lo primero le daba igual, ahí se dejaba embaucar por el estúpido espíritu wonderfulero y miraba la parte positiva antes que la negativa. Recordaba una vez más aquella aventura del verano, aquel episodio en Cinque Terre, aquel percance con el tren la hizo ver que todo, realmente, dependía del cristal con que se mirase, desde la perspectiva que quisiéramos adoptar. En la vida hay trenes que no pasan, otros que pasan y no cogemos, otros que cogemos equivocadamente y otros que simplemente vienen con retraso, pero que aún así llegan en el momento preciso. Sí, aquel tren llegó tarde, pero llegó, y gracias a que lo hizo tarde ella vivió una de las puestas de sol más hermosas que recordaría, gracias a eso observó el rescate de aquel globo que a punto estuvo de ser “tragedia”. Aquella tarde aprendió que sí, que a veces aquello que esperamos no llega en el momento que esperamos, pero termina por llegar y que, a pesar del retraso, nos llevará a nuestro destino. Sí, aquel tren llegó tarde, pero aún así llegó a tiempo para enlazar con el siguiente, y durante aquella espera su forma de ver la vida cambió, mucho, ella lo sabe, un simple retraso la hizo replantearse mil cosas, vivir otras y… Aquel viaje, su regalo de los 40, en parte era otro tren que llegó con retraso, pero llegó en el momento preciso y oportuno, cuando tenía que llegar, cuando de verdad había llegado a los 40… Y antes de esos 40, tuvo que haber muchos eneros y alguna que otra máscara de carnaval, pero… Esa era la vida, una sucesión de idas y venidas, de vías muertas, de vagones equivocados, de trenes que necesariamente llegan con retraso… Lo importante es saber que a pesar de todo acabarás en el destino adecuado, aunque a veces el viaje se nos haga cuesta arriba, aunque nos toque esperar…

El tren siempre acaba por llegar y lo hará lo antes posible…  



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