14 de mayo de 2018

Maldita dulzura...




Aquella tarde fuimos al cine e hicimos el amor. Nada me hacía sospechar que, horas después de que la observase, desnuda entre mis sábanas, casi por inercia, ella me soltase aquellas palabras. Bien podrían haber sido el acojonante “Tenemos que hablar”, el manido “Te quiero” o el clásico “No eres tú, soy yo”. Está claro que cuando alguien te mira, así serio, por encima de las gafas, puedes esperar de todo. Miento, de todo no, juro y perjuro que aquello no entraba en mis planes. Es más, nunca antes una mujer había pronunciado esas dos palabras, así, con tanta naturalidad, frescura, desparpajo, llámalo como quieras, ante mí. Lo cierto es que desde un principio no supe que responder. Me quedé paralizado, noqueado. Pero ella, silenciosa, esperaba mi respuesta a su osadía. ¿Qué cojones podía decirle? No se me ocurría nada, absolutamente nada. A mí, que poseía el don de la palabra rápida y concisa. Allí estaba yo, Alberto Calvo Domínguez, ante la mayor encrucijada de mi vida. De hacer memoria no hallaría situación más incómoda en mis 34 años de existencia. Quizá pudiese ser comparable a aquel infortunado suceso, acontecido en un cálida mañana de abril, en la plaza de mi pueblo. Un grupo de chavales jugaban una pachanga y, en un desviado pase lateral, el esférico acabó impactando de lleno en partes algo comprometidas de mi ser. En un acto reflejo me vi agarrándome los huevos, mientras un par de lagrimones fluían libres por mis mejillas. Aún recuerdo los uy, ay, pobre, de las señoras allí presentes. Pero fue peor el contemplar las risas nerviosas de las chicas a las que trataba de seducir, y que obviamente no hice. Pero no, aquello escapaba a mi entendimiento. Aquella tarde tenía que quedar en eso: el cine, el polvo de después… Ella supo descolocarme.
María era una chica muy guapa, muy rubia, muy de ojos verdes, de manos cuidadas y cutis de porcelana. Ella, leía, tocaba el violín, visitaba a los ancianos de la residencia, ejercía de cuidadora para los perros, gatos, cobayas, iguanas, de sus amigos. María era perfecta. Sí, perfectamente perfecta, sin mácula, de carácter intachable. Inteligente a rabiar, ágil de mente, con una sonrisa perenne. María era todo aquello que siempre soñé. Y ahora, sin embargo, me venía con aquello. No daba crédito. Tentado estuve de llamar a un colega. Huir con alguna excusa al baño, marcar su número y decirle - Eh tío, ¿cómo salgo de este puto embrollo? Estaba jodido, mucho. Ni los años que me pasé en el colegio de los Salesianos, aguantando reglazos en las yemas de los dedos, me habían afectado de esa manera.
Y la miraba a ella, que continuaba allí, impávida, como la que no ha roto un plato. La muy cabrona acababa de cargarse toda una vajilla de la cartuja, pero seguía ahí, respirado con parsimonia, sin alteraciones. Yo empezaba a notar un sudor frío recorriendo mi frente. Estaba al borde de un ataque de nervios. María solo miraba. Temía una nueva palabra. Que esa boca pequeña, de labios finos, rajados por el frío, volviese a abrirse. Me engulliría, sabía que lo haría. Era una mantis preparada para devorar mi cabeza. Eso era, habíamos follado, ahora tocaba el banquete. En el fondo todas eran iguales. Cual engañado me tenía.
Es qué no sé qué la vi. Sí, era muy rubia, muy guapa, muy de ojos verdes y tal. Era una arpía, eso es lo que era. Sus palabras calculadas. Seguro que todo aquello lo tenía preparado desde antes de hacerme comprar las palomitas. Un riñón que me habían costado. Ni una, es que ni olerlas me dejó, la muy... Como si el ser alérgico al maíz fuese una excusa.
Hubiese preferido un “¿Quién es esa amiguita tuya?”, un “¿Me ves más gorda?”. Le hubiese aguantado hasta un “Tengo frío” Que ya le dije que se llevase la chaqueta, pero ella claro, hacerme caso, tomarme en serio, ¿para qué? Y es que sí me apuras hasta un “No me ha venido este mes” me habría fastidiado menos. Pero no, había dicho lo que había dicho. Ni más ni menos. Y ahí la llevas Albertito, a ver cómo despejas la jugada.

Al final no me quedó más remedio que, ponerme los gayumbos, encenderme un cigarro, sacar pecho y largarme a la cocina a prepararme un café.

No hay comentarios:

Publicar un comentario