3 de mayo de 2018

A esas horas...



Dan las ocho y veinte en el reloj. Es una tarde de mayo atípica para esa zona del mapa. La gente recorre las calles aún con pañuelos en las gargantas, que les impiden gritar que les están robando la primavera. El sol empieza a caer por el horizonte, el cielo empieza a teñirse de violetas anaranjados, las golondrinas empiezan a romper el ruidoso silencio de la ciudad y una brisa hace mover de forma leve las ramas de los árboles.
A esa hora, una madre pelea con su hijo para que se bañe, el crio lucha en vano tratando de mantener adherido a su piel el uniforme del colegio. Mientras en otro punto de la ciudad, un taxi cobra su última carrera del día, le desea un buen fin de semana a ese turista que ha cruzado media España para venir a conocer la Feria de Jerez. Es justo en ese instante que alguien coge el bolso y las llaves y sale dando un portazo, sus amigos la esperan y llega tarde. Un gato, en un despiste, se ha quedado encerrado dentro de un armario, y una anciana agradece el gesto de ese extraño joven que la ayuda a cruzar la calle. María está preparando la cena para Pedro, ese día le toca el turno de noche y con suerte aún les quedará tiempo para dedicarse un rato de mundanos placeres, antes de cumplir con la jornada laboral. Un mensaje de whatsapp hace una entrada triunfal, portando un Lo siento, no debí actuar así, dibujando una sonrisa en su receptor. En el cuarto B suena a todo trapo el Wish you were here de Pink Floyd y en el tercero B alguien golpea el techo con la escoba. Un tímido chico gana su cuarta liga con el Numancia en el FIFA, su madre, en el salón, pone su vela diaria a San Antonio. Dos amigas andan de cervezas en el bar, mientras despellejan al último ligue. Alguien pierde el autobús y decide ir a casa caminando. Ana despierta de una siesta, tardía, que se le ha ido de las manos, mientras su perro espera paciente, con la correa en la boca, su paseo del atardecer. Alguien finge llorar por el humo de un cigarro, mientras en su interior recompone los pedazos de un corazón roto. Dos discuten de política en el tabanco y tratan de arreglar un mundo que hace mucho dejo de funcionar. Un nuevo caso de corrupción irrumpe en la televisión. Pablo para en la floristería de la esquina, ese día sorprenderá a su abuela en el asilo. Sandra se mira en el espejo, no le termina de convencer el vestido, pero qué puede hacer con ese armario rebosante de nada. El tendero de la esquina corta un cuarto de mortadela, echa seis lonchas más, para esa clienta que seguro le pedirá fiado… Pobre mujer, con tres hijos, viuda y en el paro... Ella, mientras, trata de fingir una sonrisa, ese día hace tres años que su marido murió, camionero que era. Una triste Wendy mira por la ventana, esperando el regreso de su Peter Pan. En un ático alguien trata de arrancar acordes a una guitarra desafinada. Jorge bufa tras la última bronca del jefe, está harto de aguantar, pero lo ahoga la hipoteca. Un impaciente cliente espera su turno en la caja del supermercado, la cajera trata de disimular el dolor de ciática que lleva acusando dos semanas. Un camarero derrama una cerveza sobre el vestido nuevo de una señora, pide disculpas y esta le reprocha su torpeza, ignorando que es su primer día de trabajo, tras terminar la carrera de telecomunicaciones. Una pareja brinda en casa ante la llegada de su deseado primer hijo, otra firma el divorcio tras tres años de insulso matrimonio. Sebas y Bruno se atreven a dar el paso y se presentan de la mano en casa del primero, la madre sonríe a la par que se enjuga una lágrima. En el hospital pasan recogiendo las bandejas de la cena. Susana se quita las botas y camina descalza hasta su cuarto, necesita con urgencia un baño y un viaje a tierras más cálidas…
A esa hora el gato aún no sabe que pasará ciento ochenta minutos en ese armario y todo por esa curiosidad que no lo matará pero que lo hará desear no jugar con fuego la próxima vez…

Y a esa hora tú cruzas la plaza, con una cámara de fotos en la mano, buscando quizá ese momento en que la luz del crepúsculo arranque de las piedras el mejor de sus momentos y mi corazón vuelve a latir como en aquella otra tarde, en otra hora insulsa, en aquella librería, donde malgastaba palabras, en que hasta la luna se hacía vieja...

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