Dan las ocho y veinte en el reloj. Es una tarde de mayo atípica para esa zona del mapa. La gente recorre las calles aún con pañuelos en las gargantas, que les impiden gritar que les están robando la primavera. El sol empieza a caer por el horizonte, el cielo empieza a teñirse de violetas anaranjados, las golondrinas empiezan a romper el ruidoso silencio de la ciudad y una brisa hace mover de forma leve las ramas de los árboles.
A esa hora, una madre pelea con
su hijo para que se bañe, el crio lucha en vano tratando de mantener adherido a
su piel el uniforme del colegio. Mientras en otro punto de la ciudad, un taxi
cobra su última carrera del día, le desea un buen fin de semana a ese turista
que ha cruzado media España para venir a conocer la Feria de Jerez. Es justo en
ese instante que alguien coge el bolso y las llaves y sale dando un portazo,
sus amigos la esperan y llega tarde. Un gato, en un despiste, se ha quedado encerrado
dentro de un armario, y una anciana agradece el gesto de ese extraño joven que
la ayuda a cruzar la calle. María está preparando la cena para Pedro, ese día
le toca el turno de noche y con suerte aún les quedará tiempo para dedicarse un
rato de mundanos placeres, antes de cumplir con la jornada laboral. Un mensaje
de whatsapp hace una entrada triunfal, portando un Lo siento, no debí actuar así, dibujando una sonrisa en su
receptor. En el cuarto B suena a todo trapo el Wish you were here de Pink Floyd
y en el tercero B alguien golpea el techo con la escoba. Un tímido chico gana
su cuarta liga con el Numancia en el FIFA, su madre, en el salón, pone su vela
diaria a San Antonio. Dos amigas andan de cervezas en el bar, mientras despellejan
al último ligue. Alguien pierde el autobús y decide ir a casa caminando. Ana
despierta de una siesta, tardía, que se le ha ido de las manos, mientras su perro
espera paciente, con la correa en la boca, su paseo del atardecer. Alguien finge
llorar por el humo de un cigarro, mientras en su interior recompone los pedazos
de un corazón roto. Dos discuten de política en el tabanco y tratan de arreglar
un mundo que hace mucho dejo de funcionar. Un nuevo caso de corrupción irrumpe
en la televisión. Pablo para en la floristería de la esquina, ese día
sorprenderá a su abuela en el asilo. Sandra se mira en el espejo, no le termina
de convencer el vestido, pero qué puede hacer con ese armario rebosante de
nada. El tendero de la esquina corta un cuarto de mortadela, echa seis lonchas
más, para esa clienta que seguro le pedirá fiado… Pobre mujer, con tres hijos,
viuda y en el paro... Ella, mientras, trata de fingir una sonrisa, ese día hace
tres años que su marido murió, camionero que era. Una triste Wendy mira por la
ventana, esperando el regreso de su Peter Pan. En un ático alguien trata de
arrancar acordes a una guitarra desafinada. Jorge bufa tras la última bronca
del jefe, está harto de aguantar, pero lo ahoga la hipoteca. Un impaciente cliente
espera su turno en la caja del supermercado, la cajera trata de disimular el
dolor de ciática que lleva acusando dos semanas. Un camarero derrama una cerveza
sobre el vestido nuevo de una señora, pide disculpas y esta le reprocha su
torpeza, ignorando que es su primer día de trabajo, tras terminar la carrera de
telecomunicaciones. Una pareja brinda en casa ante la llegada de su deseado
primer hijo, otra firma el divorcio tras tres años de insulso matrimonio. Sebas
y Bruno se atreven a dar el paso y se presentan de la mano en casa del primero, la madre sonríe a la par que se enjuga una lágrima. En el hospital
pasan recogiendo las bandejas de la cena. Susana se quita las botas y camina
descalza hasta su cuarto, necesita con urgencia un baño y un viaje a tierras
más cálidas…
A esa hora el gato aún no sabe
que pasará ciento ochenta minutos en ese
armario y todo por esa curiosidad que no lo matará pero que lo hará desear no
jugar con fuego la próxima vez…
Y a esa hora tú cruzas la plaza, con
una cámara de fotos en la mano, buscando quizá ese momento en que la luz del crepúsculo
arranque de las piedras el mejor de sus momentos y mi corazón vuelve a latir
como en aquella otra tarde, en otra hora insulsa, en aquella librería, donde
malgastaba palabras, en que hasta la luna se hacía vieja...

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