Alba abrió el grifo,
llevándolo hasta el tope del agua caliente. El vaho inundó rápidamente el baño,
empañando sus gafas. Por un instante creyó estar en Londres. Se desvistió sin
prisas, dejó la ropa formando una escarpada montaña en el suelo, colocó las
lentes en la repisa, suspiró y se introdujo en la bañera. Sintió el agua
recorriendo su cuerpo, cerró los ojos, volvió a suspirar. La inercia la hizo
deslizar la mano entre sus piernas. Apretó los ojos, un nuevo suspiro, esta vez
más agitado, se escapó de entre sus labios. Se hundió en ella misma y esta vez,
fue su nombre lo que dejó ir. En su mente se dibujó, nítida, aquella tarde,
distinta bañera, distinta cortina, mismo sentimiento, habían pasado tantos
años.
Alba ignoró el hecho
de haber sentido su entrada al baño, la música sonaba a un volumen demasiado
alto, aún así fue capaz de percibir sus pasos. Bajo el chorro de agua
hirviendo, se enjabonaba el cabello. Notó sus manos acariciándola, se dejó
hacer. Su aliento se le pegó a la espalda y con cuidado la acercó hacia la
pared, dio un respingo al notar el frío contacto de los azulejos. –Tranquila,
déjate llevar.-le susurró al oído. Agarró su mano y le marcó la ruta a seguir.
Alba se mordió el
labio atragantando un gemido en su garganta. Alejandro estaba en el salón,
viendo el partido, con su cerveza y su paquete de pipas con sal. Bien se podría
haber camuflado su orgasmo con el berrido, proferido por él, ante el gol de su
amado equipo. Al menos su hija tenía un sueño profundo e ignoraba los mundanos
ruidos que sus padres hacían.
Llevaba casada diez
años, tras doce de novios. Se conocían desde niños, sus padres veraneaban
juntos en La Costa del Sol y vivían a dos manzanas de distancia. Alba estudió
con las monjas del Sagrado Corazón, Alejandro en los Marianistas. Alba hizo lo
que se esperaba de ella; terminar sus estudios en Madrid, volver a su tierra
natal, trabajar de lo suyo, ahorrar, comprarse una casa, ahorrar para
amueblarla, mantenerla cerrada un año, salvo los fines de semana, obvio, ese
ineludible polvo light de los sábados. Ahorrar para la boda, casarse de blanco,
en la misma Iglesia donde recibió su bautismo, comunión y posterior
confirmación. Dejar su trabajo, olvidarse de sus sueños y metas, ser una
excelente ama de casa, de esas que cocina con amor y limpia sobre limpio. Quedarse
embarazada y convertirse en una amorosa madre que se reúne cada viernes con sus
amigas para hablar de pañales, biberones, extraescolares, productos de limpieza
y trucos de maquillaje. Alba era el claro ejemplo de mujer perfecta y conducta
intachable. Siempre en tacones, con su pelo perfectamente peinado, su manicura
francesa, vestida a la moda, fan de los libros de E.L. James y Megan Maxwell,
de los que se pasaba horas hablando con Pitu y Piluca. Era la reina en las
reuniones de Thermomix, hacía los mejores bizcochos, las más esponjosas
magdalenas, un pate delicado y sabrosísimo. Su marido, respetado abogado,
estaba orgulloso de ella, por eso cada tarde de sábado, en su habitual paseo
por el centro comercial, le compraba algún capricho. Un bolso de Prada, unos
pendientes de Tous, algún complemento para su Pandora. Por las mañanas se
levantaba al filo de las siete, preparaba el desayuno para su familia, despedía
a su marido con dos besos, en la puerta, dejaba a Clara en el colegio y se
marchaba a sus clases de pilates. Esa era su vida, la que debía llevar, esa era
la Alba que mostraba al mundo.
Pero había veces, esas
en que su hija se marchaba de campamento con los scouts y Alejandro tenía
juicio en otra ciudad, en que afloraba aquella Alba que realmente era. Esa
estudiante de matricula que luchó contra sus padres y fue a la universidad
pública. Aquellos días en La Complutense, en que pasaba las horas libres en la
cafetería de la facultad, estaba a tantos kilómetros de casa, allí era libre.
Libre para meterse en follones de política, ir a las manifestaciones contra la
nueva reforma de educación, acudir por las noches a los conciertos en aquellos
tugurios donde el humo del tabaco se mezclaba con el olor de la cerveza
derramada en el suelo. Aquellos cigarros aliñados, aquellos litros que pasaban
de mano en mano en algún banco del retiro, las tardes en los cines de
Callao, aquellas risas, al saltarse la
seguridad del metro y correr como locos por los andenes. Los libros de Kundera,
García Márquez, Allende. Los fines de semana que Alejandro la visitaba en su
Madrid, ella volvía a ser aquella chica de melena lisa y perfecta, paseaban por
El Palacio de Oriente, visitaban La Almudena, Los Jerónimos, La Basílica de Jesús
de Medinaceli. Acudían a misa en La Parroquia de Santa Bárbara, sita en el
Convento de las Salesas Reales, que albergaba, desde hacía años, la sede del
Tribunal Supremo. Alejandro estudiaba derecho, de ahí esa obsesión por aquel
lugar. Después tomaban un manchado en alguna cafetería y volvían al piso que
Alba compartía con dos chicas en la calle Princesa. Alejandro le daba dos besos
y se marchaba al hotel. No fue hasta terminada la carrera y formalizado su
compromiso, que ellos fueron más allá de las caricias por encima del sueter. Los
domingos, tras despedirlo en Atocha, Alba se quitaba el disfraz, volvía a
abrigar su cuello con aquellos pañuelos, sacaba del cajón su camisa de cuadros,
se enfundaba su cazadora y dejaba a sus rizos volar libres. ¿Qué dirían sus
padres al verla? ¿Qué pensaría Alejandro de ella?
Alba salió de la ducha
aún perturbada, se envolvió en el suave tacto del albornoz, se miró en el
espejo, aún empañado, se agarró con fuerza al lavabo, trató de contener las
lágrimas, pero esta vez le resultaba tan difícil, tanto o más que aquella vez.
Volvía a oír su voz reverberando en las paredes.
-Esto no puede volver
a pasar. –Ya estás otra vez con esas, llevas meses diciendo lo mismo. –Pero
esta vez va en serio.-Sí, y las otras. Joder Alba, es que no te das cuenta de
que estás jodiendo tu vida. – ¿Y qué demonios quieres que haga?-No sé ¿tú qué
crees?-Alba, tú me quieres, lo sabes, no estás enamorada de él, soy yo quien te
hace perder los papeles, soy yo y no él. Quítate de una puta vez esa etiqueta
de niña bien, sácate de la cabeza esa mierda que las pingüinas te metieron.-No
es tan fácil. Alejandro y yo llevamos años juntos, nos casamos en tres meses,
es qué no te das cuenta. –No, la que no te das cuenta eres tú. Estás ciega
Alba, te niegas la evidencia. Dime ¿él o yo?-No me hagas esto, no lo
compliques, por favor. –Tú, tú lo pones difícil. No puedo más, en serio, no
puedo más, contesta ¿él o yo? Alba agachó la mirada. Oyó como salía del baño,
recogía sus cosas y se marchaba dando un portazo. Lloró durante horas. Seguía
llorando.
Alba se puso su bata
de seda, recogió el baño, entró al dormitorio de su hija, seguía sumida en un
profundo y feliz sueño. Caminó despacio hacía el salón, Alejandro no notaría
sus ojos hinchados, su voz desgastada, su tristeza, su desgana. Se apoyó en el
marco de la puerta, lo observó en silencio. Seguía siendo muy guapo, los años
no parecían pasar por él, conservaba ese aire fresco y juvenil, todo su pelo,
sus ojos color café, que nunca le quitaron el sueño. –Tenemos que hablar.-
Susurró. Él no la oyó, seguía con la vista fija en la televisión, bufando cosas
al árbitro, gesticulando y resoplando. Dando tragos largos al botellín. –Esto
no puede seguir así, quiero el divorcio, no puedo más, te juro que lo he
intentado, pero no puedo más. No te quiero, es más, me da náuseas sentir tus
dedos sobre mí. No es culpa tuya, tú eres el marido que toda mujer querría,
pero yo no, yo no. Llevo años tomando la píldora sabes, por eso no me quedaba
embarazada, tampoco es que tuviese muchas ocasiones, pero quería evitar otro
desastre. No, no te confundas, quiero a Clara más que a nadie, por eso le di su
nombre. Ese fue el motivo por el que no permití que se llamase como yo, quería
que mi hija llevase el nombre de alguien valiente y no el de una cobarde. Sí,
esa soy yo, una cobarde que lleva años viviendo una vida que no lo corresponde,
que no tuvo el coraje de elegirla a ella y que se casó contigo porque era lo
correcto, para lo que la habían educado. No te quiero Alejandro, nunca te he
querido. Por favor, vamos a hacer esto fácil, ¿sí? No montemos escándalos,
obvio que tú pondrás las condiciones, pero por favor no me separes de mi hija.
Tengo casi cuarenta años y siento que aún puedo ser feliz.
Tres pitidos pusieron
fin al partido. Alejandro volvió al mundo real y vio a Alba de pie junto a la
puerta, sonrió y fue hacía ella. –Te ha sentado bien el baño, estás preciosa,
hueles de maravilla. Alba rehusó el abrazo, fingiendo una sonrisa -Ey, qué te
pasa, siempre me huyes, ven aquí.-Tengo que hacer la cena, es tarde. –Y si
empezamos por el postre.-Anda quita, que tú hueles a cerveza. –Mujer, como te
pones. Quieres que te ayude.-No, déjalo, date una ducha mientras. –Como desees,
sabes que te quiero, ¿no? Alba volvió a fingir una sonrisa y lo besó de soslayo.
-Y yo a ti.
Alejandro silbaba en
la ducha, mientras Alba picaba cebolla en la cocina. Clara, ajena a todo,
seguía soñando.

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