23 de junio de 2018

Cobarde...


Alba abrió el grifo, llevándolo hasta el tope del agua caliente. El vaho inundó rápidamente el baño, empañando sus gafas. Por un instante creyó estar en Londres. Se desvistió sin prisas, dejó la ropa formando una escarpada montaña en el suelo, colocó las lentes en la repisa, suspiró y se introdujo en la bañera. Sintió el agua recorriendo su cuerpo, cerró los ojos, volvió a suspirar. La inercia la hizo deslizar la mano entre sus piernas. Apretó los ojos, un nuevo suspiro, esta vez más agitado, se escapó de entre sus labios. Se hundió en ella misma y esta vez, fue su nombre lo que dejó ir. En su mente se dibujó, nítida, aquella tarde, distinta bañera, distinta cortina, mismo sentimiento, habían pasado tantos años.

Alba ignoró el hecho de haber sentido su entrada al baño, la música sonaba a un volumen demasiado alto, aún así fue capaz de percibir sus pasos. Bajo el chorro de agua hirviendo, se enjabonaba el cabello. Notó sus manos acariciándola, se dejó hacer. Su aliento se le pegó a la espalda y con cuidado la acercó hacia la pared, dio un respingo al notar el frío contacto de los azulejos. –Tranquila, déjate llevar.-le susurró al oído. Agarró su mano y le marcó la ruta a seguir.

Alba se mordió el labio atragantando un gemido en su garganta. Alejandro estaba en el salón, viendo el partido, con su cerveza y su paquete de pipas con sal. Bien se podría haber camuflado su orgasmo con el berrido, proferido por él, ante el gol de su amado equipo. Al menos su hija tenía un sueño profundo e ignoraba los mundanos ruidos que sus padres hacían.
Llevaba casada diez años, tras doce de novios. Se conocían desde niños, sus padres veraneaban juntos en La Costa del Sol y vivían a dos manzanas de distancia. Alba estudió con las monjas del Sagrado Corazón, Alejandro en los Marianistas. Alba hizo lo que se esperaba de ella; terminar sus estudios en Madrid, volver a su tierra natal, trabajar de lo suyo, ahorrar, comprarse una casa, ahorrar para amueblarla, mantenerla cerrada un año, salvo los fines de semana, obvio, ese ineludible polvo light de los sábados. Ahorrar para la boda, casarse de blanco, en la misma Iglesia donde recibió su bautismo, comunión y posterior confirmación. Dejar su trabajo, olvidarse de sus sueños y metas, ser una excelente ama de casa, de esas que cocina con amor y limpia sobre limpio. Quedarse embarazada y convertirse en una amorosa madre que se reúne cada viernes con sus amigas para hablar de pañales, biberones, extraescolares, productos de limpieza y trucos de maquillaje. Alba era el claro ejemplo de mujer perfecta y conducta intachable. Siempre en tacones, con su pelo perfectamente peinado, su manicura francesa, vestida a la moda, fan de los libros de E.L. James y Megan Maxwell, de los que se pasaba horas hablando con Pitu y Piluca. Era la reina en las reuniones de Thermomix, hacía los mejores bizcochos, las más esponjosas magdalenas, un pate delicado y sabrosísimo. Su marido, respetado abogado, estaba orgulloso de ella, por eso cada tarde de sábado, en su habitual paseo por el centro comercial, le compraba algún capricho. Un bolso de Prada, unos pendientes de Tous, algún complemento para su Pandora. Por las mañanas se levantaba al filo de las siete, preparaba el desayuno para su familia, despedía a su marido con dos besos, en la puerta, dejaba a Clara en el colegio y se marchaba a sus clases de pilates. Esa era su vida, la que debía llevar, esa era la Alba que mostraba al mundo.
Pero había veces, esas en que su hija se marchaba de campamento con los scouts y Alejandro tenía juicio en otra ciudad, en que afloraba aquella Alba que realmente era. Esa estudiante de matricula que luchó contra sus padres y fue a la universidad pública. Aquellos días en La Complutense, en que pasaba las horas libres en la cafetería de la facultad, estaba a tantos kilómetros de casa, allí era libre. Libre para meterse en follones de política, ir a las manifestaciones contra la nueva reforma de educación, acudir por las noches a los conciertos en aquellos tugurios donde el humo del tabaco se mezclaba con el olor de la cerveza derramada en el suelo. Aquellos cigarros aliñados, aquellos litros que pasaban de mano en mano en algún banco del retiro, las tardes en los cines de Callao,  aquellas risas, al saltarse la seguridad del metro y correr como locos por los andenes. Los libros de Kundera, García Márquez, Allende. Los fines de semana que Alejandro la visitaba en su Madrid, ella volvía a ser aquella chica de melena lisa y perfecta, paseaban por El Palacio de Oriente, visitaban La Almudena, Los Jerónimos, La Basílica de Jesús de Medinaceli. Acudían a misa en La Parroquia de Santa Bárbara, sita en el Convento de las Salesas Reales, que albergaba, desde hacía años, la sede del Tribunal Supremo. Alejandro estudiaba derecho, de ahí esa obsesión por aquel lugar. Después tomaban un manchado en alguna cafetería y volvían al piso que Alba compartía con dos chicas en la calle Princesa. Alejandro le daba dos besos y se marchaba al hotel. No fue hasta terminada la carrera y formalizado su compromiso, que ellos fueron más allá de las caricias por encima del sueter. Los domingos, tras despedirlo en Atocha, Alba se quitaba el disfraz, volvía a abrigar su cuello con aquellos pañuelos, sacaba del cajón su camisa de cuadros, se enfundaba su cazadora y dejaba a sus rizos volar libres. ¿Qué dirían sus padres al verla? ¿Qué pensaría Alejandro de ella?
Alba salió de la ducha aún perturbada, se envolvió en el suave tacto del albornoz, se miró en el espejo, aún empañado, se agarró con fuerza al lavabo, trató de contener las lágrimas, pero esta vez le resultaba tan difícil, tanto o más que aquella vez. Volvía a oír su voz reverberando en las paredes.

-Esto no puede volver a pasar. –Ya estás otra vez con esas, llevas meses diciendo lo mismo. –Pero esta vez va en serio.-Sí, y las otras. Joder Alba, es que no te das cuenta de que estás jodiendo tu vida. – ¿Y qué demonios quieres que haga?-No sé ¿tú qué crees?-Alba, tú me quieres, lo sabes, no estás enamorada de él, soy yo quien te hace perder los papeles, soy yo y no él. Quítate de una puta vez esa etiqueta de niña bien, sácate de la cabeza esa mierda que las pingüinas te metieron.-No es tan fácil. Alejandro y yo llevamos años juntos, nos casamos en tres meses, es qué no te das cuenta. –No, la que no te das cuenta eres tú. Estás ciega Alba, te niegas la evidencia. Dime ¿él o yo?-No me hagas esto, no lo compliques, por favor. –Tú, tú lo pones difícil. No puedo más, en serio, no puedo más, contesta ¿él o yo? Alba agachó la mirada. Oyó como salía del baño, recogía sus cosas y se marchaba dando un portazo. Lloró durante horas. Seguía llorando.

Alba se puso su bata de seda, recogió el baño, entró al dormitorio de su hija, seguía sumida en un profundo y feliz sueño. Caminó despacio hacía el salón, Alejandro no notaría sus ojos hinchados, su voz desgastada, su tristeza, su desgana. Se apoyó en el marco de la puerta, lo observó en silencio. Seguía siendo muy guapo, los años no parecían pasar por él, conservaba ese aire fresco y juvenil, todo su pelo, sus ojos color café, que nunca le quitaron el sueño. –Tenemos que hablar.- Susurró. Él no la oyó, seguía con la vista fija en la televisión, bufando cosas al árbitro, gesticulando y resoplando. Dando tragos largos al botellín. –Esto no puede seguir así, quiero el divorcio, no puedo más, te juro que lo he intentado, pero no puedo más. No te quiero, es más, me da náuseas sentir tus dedos sobre mí. No es culpa tuya, tú eres el marido que toda mujer querría, pero yo no, yo no. Llevo años tomando la píldora sabes, por eso no me quedaba embarazada, tampoco es que tuviese muchas ocasiones, pero quería evitar otro desastre. No, no te confundas, quiero a Clara más que a nadie, por eso le di su nombre. Ese fue el motivo por el que no permití que se llamase como yo, quería que mi hija llevase el nombre de alguien valiente y no el de una cobarde. Sí, esa soy yo, una cobarde que lleva años viviendo una vida que no lo corresponde, que no tuvo el coraje de elegirla a ella y que se casó contigo porque era lo correcto, para lo que la habían educado. No te quiero Alejandro, nunca te he querido. Por favor, vamos a hacer esto fácil, ¿sí? No montemos escándalos, obvio que tú pondrás las condiciones, pero por favor no me separes de mi hija. Tengo casi cuarenta años y siento que aún puedo ser feliz.
Tres pitidos pusieron fin al partido. Alejandro volvió al mundo real y vio a Alba de pie junto a la puerta, sonrió y fue hacía ella. –Te ha sentado bien el baño, estás preciosa, hueles de maravilla. Alba rehusó el abrazo, fingiendo una sonrisa -Ey, qué te pasa, siempre me huyes, ven aquí.-Tengo que hacer la cena, es tarde. –Y si empezamos por el postre.-Anda quita, que tú hueles a cerveza. –Mujer, como te pones. Quieres que te ayude.-No, déjalo, date una ducha mientras. –Como desees, sabes que te quiero, ¿no? Alba volvió a fingir una sonrisa y lo besó de soslayo. -Y yo a ti.
Alejandro silbaba en la ducha, mientras Alba picaba cebolla en la cocina. Clara, ajena a todo, seguía soñando. 



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