Alicia lo miraba de soslayo. En él
creía ver la luz que, poco antes, habían teñido de colores el cielo de aquella
ciudad Toscana. Miraba sin que se notase, pero cargada de intenciones, aún sin
sospechar que horas después los fuegos artificiales tendrían lugar entre cuatro
paredes. Sin presagiar que contemplaría el amanecer junto a él, mientras un
cigarro volaba de mano en mano dejando al humo a su libre albedrío. Lo miraba,
claro que lo miraba y sabía que él también lo hacía, ambos eran conscientes de
aquel cruce de palabras no pronunciadas. Aquella noche la magia era dueña y
señora de las calles, de cada rincón, de cada esquina… Y en un conocido truco
ambos acabaron enredados en colores rojos.
Hoy Alicia mira el pasado, el
trascurrir de cinco años vacios de caricias, de palabras, de tactos. Nada en
aquel tiempo hacía presagiar el futuro, el suyo, el que en el fondo ella había
elegido. A él no lo echaba de menos, fue lo que tenía que ser, como tuvo que
ser… Durante algún tiempo tampoco pesó lo demás… Pero en esa noche, en esta
noche, ese lustro se había transformado en una absurda, pero pesada losa… Anhelaba
volver a sentir, pero sentir de verdad. Extrañaba la palabra y el sentimiento. Ansiaba
derramar todo aquello que sus manos guardaban, ese fuego que amenazaba con
extinguirse…
Volvía a ser noche de Luminara. Pisa
se haría aún más bella en apenas 15 minutos y ella, ella se marchitaría, un
poco más, en algo más de 10 días.

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