-Mira Mamá, la luna nos persigue.
Marta se aferraba a la ventanilla del coche sin
apartar los ojos de aquella gran bola que iluminaba el cielo. Aquella noche
formaba una cuna y ella, tan soñadora, creía que, de un salto, podría ir a
dormir en ella.
Desde muy pequeña se sintió atraída por aquel
satélite, cada noche se asomaba a la ventana, buscándola sin descanso, corría
de una ventana a otra de la casa hasta que daba con ella y cuando lo hacía se
quedaba allí embobada, con la vista fija, muy fija.
-Hoy en el cole un niño se metió conmigo, me dijo
que parezco un fantasma, es que soy muy blanca, ¿sabes? Así como tú-Sonreía,
ella sabía que la luna la escuchaba.
Ahora, ya adulta, Marta echaba de menos los años en
que vivió en aquella casa con azotea y buscaba refugio en una esquina de la
misma. Desaparecía todo, sólo quedaban ellas dos y alguna melodía que sonase de
fondo en su walkman. Han pasado los años, pero Marta sigue demandando la
complicidad de la luna. Ahora, desde ese enorme ventanal que preside el salón
de su casa, vuelve a ser aquella niña, aquella joven, que pide consejos y busca
refugio en la luna. A ella le sigue contando secretos que nadie más sabrá, le
pide que la acerqué a él, piensa en si ambos, en ese momento, tienen su vista
desviada al cielo. Si él quisiera saber
sobre ella, sólo tendría que preguntarle a la luna, esta le diría la verdad, le
ha dado el permiso para revelarle sus sentimientos. Quizá también le cuente
algún miedo, alguna travesura de niña, alguna noche loca con sus amigas, alguna
madrugada triste, algunas palabras que escribió y que no fueron leídas. Solo la
luna sabe toda la verdad, anhelos, sueños, promesas que cumplió y que no.
En esa noche, la del día de las escritoras, la luna
menguaba y ella se sentía decrecer con ella, llegaba el momento de hacerse
invisible para el ojo humano, pero seguirían estando allí, ocultas, para el que
las supiese encontrar, para el que intuyese su brillo aún sin brillar, para el
que admirase su belleza aún sin mostrarla. Porque ella era como la luna, a
veces crecía, otras menguaba, otras no estaba y otras lo iluminaba todo, pero
siempre fiel acudía a sus citas, esperando que sus ojos se posaran en ella.



