16 de octubre de 2017

Talking to the moon...



-Mira Mamá, la luna nos persigue.
Marta se aferraba a la ventanilla del coche sin apartar los ojos de aquella gran bola que iluminaba el cielo. Aquella noche formaba una cuna y ella, tan soñadora, creía que, de un salto, podría ir a dormir en ella.
Desde muy pequeña se sintió atraída por aquel satélite, cada noche se asomaba a la ventana, buscándola sin descanso, corría de una ventana a otra de la casa hasta que daba con ella y cuando lo hacía se quedaba allí embobada, con la vista fija, muy fija.
-Hoy en el cole un niño se metió conmigo, me dijo que parezco un fantasma, es que soy muy blanca, ¿sabes? Así como tú-Sonreía, ella sabía que la luna la escuchaba.

Ahora, ya adulta, Marta echaba de menos los años en que vivió en aquella casa con azotea y buscaba refugio en una esquina de la misma. Desaparecía todo, sólo quedaban ellas dos y alguna melodía que sonase de fondo en su walkman. Han pasado los años, pero Marta sigue demandando la complicidad de la luna. Ahora, desde ese enorme ventanal que preside el salón de su casa, vuelve a ser aquella niña, aquella joven, que pide consejos y busca refugio en la luna. A ella le sigue contando secretos que nadie más sabrá, le pide que la acerqué a él, piensa en si ambos, en ese momento, tienen su vista desviada al cielo.  Si él quisiera saber sobre ella, sólo tendría que preguntarle a la luna, esta le diría la verdad, le ha dado el permiso para revelarle sus sentimientos. Quizá también le cuente algún miedo, alguna travesura de niña, alguna noche loca con sus amigas, alguna madrugada triste, algunas palabras que escribió y que no fueron leídas. Solo la luna sabe toda la verdad, anhelos, sueños, promesas que cumplió y que no.


En esa noche, la del día de las escritoras, la luna menguaba y ella se sentía decrecer con ella, llegaba el momento de hacerse invisible para el ojo humano, pero seguirían estando allí, ocultas, para el que las supiese encontrar, para el que intuyese su brillo aún sin brillar, para el que admirase su belleza aún sin mostrarla. Porque ella era como la luna, a veces crecía, otras menguaba, otras no estaba y otras lo iluminaba todo, pero siempre fiel acudía a sus citas, esperando que sus ojos se posaran en ella. 

11 de septiembre de 2017

Regreso, reencuentro...


Cerró los ojos. Allí estaba, de regreso a aquella tienda de campaña que tantas veces había improvisado bajo el ciruelo del patio de su abuela. Bastaban un par de sábanas, cuatro pinzas de la ropa y dos cordeles, para encontrar su lugar en el mundo. En ese lugar es que Martina se sentía en paz, donde se reencontraba consigo misma, con su soledad, donde huía para no escuchar, para no pensar. Una y otra vez volvía a perderse en esos pliegues con olor a suavizante, fruta madura y tierra mojada. Ahora, más de treinta años después, había decidido regresar, necesitaba volver a sentir, reencontrase con su yo, con la niña que fue.
Se había cansado del mundo de los adultos, de las prisas de los lunes por la mañana, de las letras de la hipoteca, de los falsos amigos, de los reproches, de los amores imposibles, de los mensajes a la nada, de hacer lista de compra. Regresó a su infancia, a su tiempo feliz, a un tiempo en que su máxima preocupación era ponerse los zapatos derechos, cambiar cromos, que no se le pasase la hora de ver La bola de cristal, por estar dibujando arco iris en algún cuaderno con olor a nuevo.
Había logrado su objetivo, quizá todo aquello sólo fuese un sueño, pero contaba con las horas suficientes para disfrutar de ese regalo que Morfeo le ofrecía. Dudó en si salir de allí, de fondo oía la voz de su tía y las risas de su hermano, que jugaba con sus primos. Oyó incluso su voz, por aquellos tiempo más aguda, se escuchó protestar, quejarse de las normas del juego, soltar un bufido, caminar apresurada… Tembló, supo lo que aquello significaba.
Una mano pequeña, que reconoció al instante, apartó la sábana. Se encontraron frente a frente dos pares de ojos, los mismos, pero distintos, unos llenos de relámpagos, otros ya apagados.
-¿Seguimos siendo iguales, no?-le dijo su niña-. Seguimos huyendo, escondiéndonos ante lo que nos duele. Seguimos sin comprender nada. Continuamos soñando con mundos de color violeta. Pero nunca perdemos la sonrisa, a pesar de todo, siempre encontramos la manera de recomponernos y volver a caminar ¿No es cierto?
Se miró y sonrieron.
-Siempre podrás regresar, escapar, reencontrarte conmigo, contarme tus miedos, estaremos aquí, apartadas, el tiempo que necesites… Y después, juntas y renovadas, regresaremos a ese hogar que construimos, al mundo, a la vida.



Relato que participa en la propuesta de @divagacionistas 

17 de julio de 2017

Vueltas y re-vueltas...



De vuelta, ese es el problema, que ya venimos, pensamos o creemos, venimos de vuelta y quizás a la revuelta haya otra cosa, pero… Para que pararse a sopesar pros y contras, si de sobra ya sabemos que todo está muerto antes de ni siquiera empezar. Ellos inventan las falacias que pretenden engatusarnos, hacernos bailar cual serpiente, todo eso ¿para qué? Para una noche perdida en la nada, para un rato en el mundo de las caricias perdidas, vacías e inocuas. Ya no van a convencerte de que eso vale la pena y no habrá llamadas de ida y vuelta. Ni de ida ni de vuelta… Porque no se pueden empezar las casas por el tejado, no soportan en pie los castillos de arena tras años de levante.
A día de hoy las palabras bonitas no sirven, porque están tan, pero tan desgastadas… Y nadie se molesta en crear los hechos… Es mejor dejar correr lo que pasó, lo pasado, lo inpasado… ¿Merece ser hecho? Vale la pena acaso demostrar que no se habla, se besa o se toca en vano… Llega ese momento en la vida en que miras atrás y ves la cantidad de lágrimas derramadas, esos amores por lo que luchaste y te partiste el pecho… Y eso, no te mueres de amor, antes te matará el alcohol o el tabaco.
Cansa oír cantos anodinos, si ya te tienen donde te quieren tener, para que marear perdices de un cuento feliz que no sucederá. Vamos a despedirnos sin acritud, que ya la luz del alba hará su trabajo, no creemos falsas esperanzas que ya lo que tenía que pasar pasó y fue lo que tenía ser y lo que será…  No te molestes en crear un mundo color de rosa, que ni tú eres un príncipe azul ni yo esa princesa perdida que necesita que la salven. Que vengo de vuelta, de muchas vueltas… No inventemos que  fue algo especial, porque ni lo eres ni lo fui, somos lo que somos y con eso nos quedamos…

No le vengas con cuentos a quien sabe de historias (que se dice)… Basta de falsos orgullos y de aparentar, que cada uno se alimente su propio ego… La soledad es tan nuestra y tan adorada… Ella enseña tanto… Tanto… Que se agradece que no vengan a enturbiarla… Convencer no es fácil, aún menos cuando se viene de vuelta, cuando cerraste hace mucho el corazón por derribo… El cartel de soul out está ahí… No valen las reventas…


24 de mayo de 2017

Amar en tiempos del Tinder...


         


             Resacosa mañana de un domingo cualquiera, Paula y Alejandra, compañeras de piso, residentes en Sevilla y alumnas de cuarto curso, en la Facultad de Periodismo.
-Será gilipollas el tío- exclama Paula arrojando el móvil sobre la cama.
-Tía que no son ni las doce, se puede saber qué cojones te pasa- dice su compañera seguido de un bostezo.
-El nota que conocí ayer por Tinder, que aún no me ha pedido amistad en Facebook y yo ya lo sigo por Twitter e Instagram-resopla-.Voy a mandarle un Whastapp.
-Por mí como si le mandas a La Armada Invencible. Yo voy prepararme un café. ¿Quieres?
-No, ahora no, que estoy esperando a que le llegue, yo de aquí no me muevo hasta que no vea el doble check azul.
-Tú misma-dice poniendo rumbo a la cocina.
-Ahh, mira, se ha puesto en línea-grita Paula desde el salón.
-Ohh, genial-dice Alejandra con fingido entusiasmo-. Mientras mete una cápsula en la cafetera.
Alejandra espera paciente a que el café se haga, mira adormilada a un punto indefinido de la cocina, descubre una telaraña en el techo, piensa que la limpiará más tarde. De fondo oye las risas de Paula, al fin debe de haber aclarado el malentendido con el colega. La noche anterior su compañera y él se habían pasado toda la noche chateando por la aplicación esa de los cojones, esa misma que, según Paula, era la re-hostia para conocer a chicos. Ella mientras se dedicó a observar al personal de la sala, en busca de temas para algún artículo. En aquel bar de La Alameda, todas las miradas estaban centradas en pantallas luminosas, cinco amigos y cinco perfiles en busca de otro perfil afín, seis chicas y seis miradas escrutadoras desechando al ganado. Ella, a sus 22 años, era el patito feo, el bicho raro, la que pasaba desapercibida en las redes sociales y aún no se había metido en el mercado del Adopta a un tío, el Lovoo o el Tinder y así le iba, en plena juventud y ya estaba a punto de vestir santos, se veía llegando a los cuarenta con más citas médicas que amorosas. Y es que, Alejandra, se había quedado anclada en los tiempos del ilustre sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, no iban con ella ese tipo de cosas, simplemente no le apetecía darse al mundo a través de ese clase de aplicaciones, cierto era que, quizás, debido a su extrema timidez, aquello la ayudaría a encontrar pareja, pero… Ella prefería el conocer a alguien cara a cara, hablar con él, descubrir poco a poco sus puntos en común y no que una foto y cuatro intereses puestos al azar les dijese si eran o no compatibles. –Dame un me gusta, sígueme en Twitter, entra en mi face sin avisarme… tarareó. En eso quedarían las posteriores versiones de la canción de Miguel Ríos, por no hablar de las de Perales- Y cómo es él, cuántos seguidores tiene en su YouTube… o de Cecilia -Quién te mandaba Whastapp dime niña quien era, quién te etiquetó esa foto en Plaza Nueva… Incluso llegó a imaginarse a Alejandro Sanz, I-Phone en mano, pasando fotos en Tinder y cantando Y si fuera ella…  Sin duda ya tenía en mente su trabajo de fin de grado.  
-Tía, tengo algo que decirte- Paula, móvil en mano y semblante de emoticono triste, irrumpió en la cocina.
-Joder, que cara me traes, poco te han durado las risas.
-No, cielo, es otra cosa, mira- dijo plantándole el móvil a un centímetro de las narices –. Es Alberto
Y sí, sí que era Alberto, ese mismo Alberto que, el curso anterior, se sentaba cuatro bancos más allá en clase de Teoría e Historia del Periodismo. Ese mismo Alberto por el que llevaba suspirando meses, ese mismo con el que trataba de hablar cada día, aguantando los nervios y tratando de parecer interesante. Ese mismo Alberto con el que, compartía mil aficiones, y con el que ella se imaginaba paseando de la mano por alguna ciudad de la vieja Europa. Ese mismo Alberto, del que sus amigos decían era un chico tímido y que buscaba algo serio. Ese mismo Alberto, que obvio pasaba de ella,  y que allí estaba, en el Tinder, donde ella jamás estuvo ni estaría, porque ella seguía creyendo en el amor de antes, en historias como la de sus padres y sus abuelos. Y se sintió poca cosa, extraña, fuera de lugar, una vez más. Y pensó que quizás era el momento de hacer periodismo de investigación desde el bando enemigo, que, al fin y al cabo, es donde hay que unirse si no puedes con él. Era obvio que lo suyo no era ligar en distancias cortas, ni medias ni largas, así que quizá iba siendo hora de venderse como un punto de ubicación.