Resacosa mañana de un domingo cualquiera, Paula y Alejandra, compañeras de piso, residentes en Sevilla y alumnas de cuarto curso, en la Facultad de Periodismo.
-Será gilipollas el tío- exclama Paula arrojando el
móvil sobre la cama.
-Tía que no son ni las doce, se puede saber qué
cojones te pasa- dice su compañera seguido de un bostezo.
-El nota que conocí ayer por Tinder, que aún no me ha pedido amistad en Facebook y yo ya lo sigo por
Twitter e Instagram-resopla-.Voy
a mandarle un Whastapp.
-Por mí como si le mandas a La Armada Invencible. Yo voy prepararme un café. ¿Quieres?
-No, ahora no, que estoy esperando a que le llegue,
yo de aquí no me muevo hasta que no vea el doble
check azul.
-Tú misma-dice poniendo rumbo a la cocina.
-Ahh, mira, se ha puesto en línea-grita Paula desde
el salón.
-Ohh, genial-dice Alejandra con fingido
entusiasmo-. Mientras mete una cápsula en la cafetera.
Alejandra espera paciente a que el café se haga,
mira adormilada a un punto indefinido de la cocina, descubre una telaraña en el
techo, piensa que la limpiará más tarde. De fondo oye las risas de Paula, al
fin debe de haber aclarado el malentendido con el colega. La noche anterior su
compañera y él se habían pasado toda la noche chateando por la aplicación esa
de los cojones, esa misma que, según Paula, era la re-hostia para conocer a
chicos. Ella mientras se dedicó a observar al personal de la sala, en busca de
temas para algún artículo. En aquel bar de La Alameda, todas las miradas
estaban centradas en pantallas luminosas, cinco amigos y cinco perfiles en
busca de otro perfil afín, seis chicas y seis miradas escrutadoras desechando
al ganado. Ella, a sus 22 años, era el patito feo, el bicho raro, la que pasaba
desapercibida en las redes sociales y aún no se había metido en el mercado del Adopta a un tío, el Lovoo o el Tinder y así
le iba, en plena juventud y ya estaba a punto de vestir santos, se veía
llegando a los cuarenta con más citas médicas que amorosas. Y es que, Alejandra,
se había quedado anclada en los tiempos del ilustre sevillano Gustavo Adolfo
Bécquer, no iban con ella ese tipo de cosas, simplemente no le apetecía darse
al mundo a través de ese clase de aplicaciones, cierto era que, quizás, debido
a su extrema timidez, aquello la ayudaría a encontrar pareja, pero… Ella
prefería el conocer a alguien cara a cara, hablar con él, descubrir poco a poco
sus puntos en común y no que una foto y cuatro intereses puestos al azar les
dijese si eran o no compatibles. –Dame un me gusta, sígueme en Twitter, entra en mi face sin avisarme… tarareó. En eso
quedarían las posteriores versiones de la canción de Miguel Ríos, por no hablar
de las de Perales- Y cómo es él, cuántos seguidores tiene en su YouTube… o de Cecilia -Quién te mandaba Whastapp dime niña quien era, quién te
etiquetó esa foto en Plaza Nueva… Incluso llegó a imaginarse a Alejandro Sanz,
I-Phone en mano, pasando fotos en Tinder y
cantando Y si fuera ella… Sin duda ya
tenía en mente su trabajo de fin de grado.
-Tía, tengo algo que decirte- Paula, móvil en mano
y semblante de emoticono triste, irrumpió en la cocina.
-Joder, que cara me traes, poco te han durado las
risas.
-No, cielo, es otra cosa, mira- dijo plantándole el
móvil a un centímetro de las narices –. Es Alberto
Y sí, sí que era Alberto, ese mismo Alberto que, el
curso anterior, se sentaba cuatro bancos más allá en clase de Teoría e Historia del Periodismo. Ese
mismo Alberto por el que llevaba suspirando meses, ese mismo con el que trataba
de hablar cada día, aguantando los nervios y tratando de parecer interesante. Ese
mismo Alberto con el que, compartía mil aficiones, y con el que ella se
imaginaba paseando de la mano por alguna ciudad de la vieja Europa. Ese mismo
Alberto, del que sus amigos decían era un chico tímido y que buscaba algo
serio. Ese mismo Alberto, que obvio pasaba de ella, y que allí estaba, en el Tinder, donde ella jamás estuvo ni estaría, porque ella seguía
creyendo en el amor de antes, en historias como la de sus padres y sus abuelos.
Y se sintió poca cosa, extraña, fuera de lugar, una vez más. Y pensó que quizás
era el momento de hacer periodismo de investigación desde el bando enemigo, que,
al fin y al cabo, es donde hay que unirse si no puedes con él. Era obvio que lo
suyo no era ligar en distancias cortas, ni medias ni largas, así que quizá iba
siendo hora de venderse como un punto de ubicación.

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