A veces desearía no tener esa memoria. No tener la facultad de recordar tantas conversaciones, momentos, fechas, días, canciones… Poseer esa capacidad de almacenaje en su cabeza era un arma de doble filo en muchas ocasiones, porque aunque a veces no quisiera recordar lo hacía y miraba el calendario y algo en sus adentros le decía: Sí, hoy hace…
Fue un 17 de diciembre, veintidós años atrás, que besó, digamos en serio, por primera vez. Si cerraba los ojos esa noche volvía a pasar fotograma a fotograma por su mente. Aquella noche, su por aquel entonces mejor amiga, que aquella noche dormía en su casa, y ella, mintieron para poder llegar más tarde. Aquella noche todo se fue liando para que ella, la de fachada rebelde, se viese ante la que pensó era una de las decisiones más importantes de su vida. Y es que ella, era eso, muy rebelde por fuera, pero una romántica y soñadora por dentro. Ella, que siempre trataba de pasar desapercibida con los chicos, que huía, que tenía entregado el corazón y era fiel a sus sentimientos, rechazando una proposición tras otra de aquellos que no eran el que ella quería… Cansada de ser la rara, esa noche, cuando se encontró, frente a frente, teniendo que elegir entre dos, para colmo hermanos, decidió que ya era hora de dejar ser la idiota que espera. Y así fue como se decantó por el más pequeño de ellos, el moreno, el bueno… Y se perdieron por aquellos soportarles de Divina Pastora y entraron en aquel bar de moda, pidieron una jarra de tinto con limón y se apoyaron contra la puerta del fondo… Sonaba Always de Bon Jovi… Ella llevaba una minifalda negra… Y entre sorbo, beso, beso y sorbo, se hizo “mayor”. Él le pidió salir, ella le dijo que sí, pero nunca más volvió a verlo… Huyó de su mensaje en el contestador. Su rebeldía de la no espera duro poco, o más bien hasta que el lunes llegó al instituto y volvió a verlo a él, a ese muchacho de la camiseta de metallica … Ese que días después, el de las notas, la persiguiese por el patio con un bote de espuma, ese que después en la Tasca de San Pablo, celebrando “los aprobados”, la mirase de soslayo, ese que fue su compañero de la mesa de atrás en el segundo trimestre, ese que se copiaba de sus traducciones de latín y la hizo suspender un examen de literatura, ese que ganó la medalla de baloncesto, ese que remó en aquella barca de Sevilla, ese que una noche de barrilada tirase de su mano haciéndola caer sobre su pecho y la besase, al fin, llevándola a nunca jamás… Y ella, entonces, decidió que ese era su primer beso real, el de verdad verdad… Él, el número trece, el que la seguía en la lista, el que la enganchó al chester una noche de agosto, el que hizo especial aquel chaleco negro que aún conserva... Su primer amor, su primer desengaño, su primer adiós…
Después de eso, después de veintidós años, en el fondo se mira y se observa y sabe que sigue siendo aquella idiota que esperaba y no aquella rebelde de ese otro 17 de diciembre. Pocas veces se ha permitido besar sin sentir, entregarse sin sentir, porque desde aquella noche sabe que al día siguiente volvería a rechazar mensajes en el contestador, porque puede parecer fuerte por fuera, pero por dentro sigue siendo la misma de siempre… Alguien que cree en el amor, aunque ya le cueste hacerlo, y más en este nuevo mundo de tecnologías, donde nadie conoce a nadie, en el que basta una tecla para que dos se pierdan en un soportal, sin pensar, sin sentir… A veces piensa que quizá sea mejor así, no sentir, dejarse llevar por los instintos, por la apetencia, le gustaría tener esa facilidad de conocer a un tío y dejarse llevar… Pero, si ya veintidós años atrás no era así, como va a cambiar ahora… Prefiere ser la desfasada, la rara, la ermitaña que no sale de casa los sábados… La misma que era, la amiga siesa que espantaba a todo aquel que se le acercase… Porque ella era de enamorarse, de buscar el amor de para siempre, aunque a día de hoy aún no lo haya encontrado…
Por eso hoy, 17 de diciembre, también recuerda que hace mucho tiempo que no ha vuelto a besar, que aquella mañana al despertar junto a aquel “desconocido”, decidió matar lo poco de rebelde que en ella quedaba, porque supo que no quería que él “volviese a llamar”… No, no quería… Y supo entonces que, mientras no hubiese sentimiento no habría nada y ella quería vivir con el todo… Y sí, en este tiempo ha sentido, pero no ha sido correspondida y le han hecho proposiciones, pero las ha rechazado por no sentir.
Llamadla idiota pero, ya en aquella ocasión, sintió que metió la pata, su impaciencia la llevó a desperdiciar el que fuese su primer amor el que le diese su primer beso, esta vez, ha decidido no joder el primer beso del que espera sea su último amor… Porque si importante es el primero, para el ella, el verdaderamente importante es el último y esta vez quiere estar segura… Total, qué más da un día más que menos, un mes más que menos... Un año, un siglo, una eternidad…

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