16 de julio de 2022

Wonder Woman...


 

Hoy hace 4 meses que me dieron oficialmente la baja, que me petó la cabeza, que mi cuerpo dijo: Basta. Hoy hace 4 meses que me enfrente a la realidad de que no soy una heroína de DC, no, yo no soy Wonder Woman, solo tengo a mi Wonder, un gato tan guapo como cabrón…

Hoy me he cansado un poco de más de todo, estoy un poco hasta el moño (por no se basta) de esas puñeteras series, pelis, etc de diversas plataformas que te venden que el gran reto de la vida sucede a los 30 (o y pocos). Yo a los 30 me casé, tenía un piso de 70m (útiles), trabajo fijo, etc… Ohhh, qué ideal, qué bonito!! Ya, vale…  Hoy tengo 44 años, un piso de 50m (útiles), una baja laboral por depresión, una incapacidad y un divorcio a mis espaldas, pero, sinceramente, me quedo como estoy… Sí, esa vida que me vendieron, que se suponía la ideal, lo era?? Cierto es que en muchos momentos me siento sola, pero 11 años después prefiero sentirme sola estando sola, que hacerlo estando acompañada… No, el amor no me ha sonreído, no sé si lo hará, llevo 11 años sin echar un buen polvo (se te nota en la cara (es posible)), pero mira es que soy una gilipollas romántica y no me va el Tinder, ni el follar por follar, me apaño como puedo, que además ya hay cosas que van por usb y no se gasta ni en pilas… Mira, es que estoy harta de clichés, estoy harta, pero muy harta, es que me arreglaré si me da la gana, me peinaré si me da la gana y seré delicada si me da la gana… Y sí, puede que me haya acostumbrado a mi zona de confort, que sea una puta cobarde, pero??? Llevo 4 meses asistiendo a una psicóloga y cada vez tengo más claro lo que quiero y lo que quiero es ser yo, no el yo que fui, o el que seré, sino el que soy ahora, en este momento, con mis claros y mis oscuros, quiero ver que me supero cada día, que lo que hace 4 meses era un mundo ahora empieza a ser un continente y pronto será un país, quiero vivir el momento, este momento y aprender, lo que no quiero es volver a arrastrar, lo que no quiero es seguir cargando con un equipaje que a día de hoy me ha demostrado que termina pasando factura, quiero dejar de seguir callando, quiero llamar a las cosas por su nombre, quiero reivindicar mi sitio y sobre todo quiero que a todos los que salpique, para bien o para mal, me den su punto de vista, con posibilidad de réplica y viceversa. Yo quiero ser libre y quiero ser yo y dar lo mejor de mí. No, no quiero a mi lado a gente que saquen mi peor versión, porque obvio que está ahí, pero ni me gusta, ni quiero avivarla… Si hay piezas que no encajamos no encajamos y ya, sin acritud, la vida ya es complicada, no la compliquemos más, a veces con un hola y adiós basta.

Hoy hace 4 meses que dejé de reconocer a la persona que tenía frente al espejo, que vi al brillo de mis ojos apagarse, muchos no lo notan, pero yo lo sé y lo siento, nací inconformista, para bien o mal y no, no voy a descansar hasta volver a ser esa persona que sé que soy, que fui y que seré, más sabía, más vieja, pero yo, con defectos y virtudes, con claros y oscuros, pero YO y está vez es por mí primero y después por todos mis compañeros, esta vez me pongo YO por delante y no, no me olvido de nadie, no me voy a olvidar de nadie, de ninguna de esas personas que me están haciendo este camino más fácil, de las que están a mi lado, compartamos sangre o no, sé quién está y quién no,al final de este camino, al final de la “escapada”, brindaremos con una cerveza (que no sea 0,0).

Hoy es un día más en este extraño pozo, que pocos entienden, pero también es un día menos…




5 de junio de 2022

Entre fronteras...

 


Hace un mes y poco me atreví  a mandar un escrito a un concurso, no tenía esperanzas ni de ganar ni de quedar entre los 48 finalistas, simplemente me apunté a ese reto como un reto a mí misma… Llevaba demasiado tiempo sin escribir nada, mi cabeza estaba, y en parte está, bloqueada, hace tiempo, sin darme cuenta, empecé a abandonar los hábitos que me rescataban del mundo y… No era consciente de que mi cabeza me estaba dando una señal de alarma y… Ahora es mi psicóloga la que me pide que escriba y yo le digo que no, que no me gusta lo que escribo, lo que pienso, lo que siento, pero debo hacerlo… Sé que voy  salir de este pozo, que muchos no conocen ni entienden, es lo que tienen las enfermedades invisibles, pero no me voy a parar a pensar en eso, yo me quedo con esas personas que están, por las que merece la pena estar aquí, aunque yo ahora no le vea mucho sentido a nada, pero es eso, por mí y por ellos me agarro a la vida… Aquella noche me reté, me sentí orgullosa de mí, fui capaz de escribir algo y además me tuve que ceñir a un número de palabras, yo hubiese escrito más, mucho más… Y no, no he vuelto a escribir desde entonces, pero este escrito me sirvió para saber que aunque ahora no me guste lo que veo en el espejo, aunque ahora siento que soy yo sin serlo, que me asusta lo que escribo, sé que más tarde o más temprano volveré, mis ojos volverán a sonreír y me reconoceré frente al cristal….

Dejo aquí ese escrito que para mí sin ganar nada fue todo un premio… Y eso, para mí hubiese dado para más…Quizá algún día me documente a conciencia y…


ENTRE FRONTERAS

 

Apenas 48 horas antes de la que sería conocida como la operación Sonderaktion Krakau, un joven Klaus Paulsen conversaba con su mentor y profesor de literatura, el señor Chrzanowski; en los pasillos de la Universidad Jaguelónica.  Nada hacía presagiar todo lo que tras aquel golpe acontecería en la vida del muchacho.

Klaus viajó a Cracovia en la primavera de 1937, con un pasaporte falso, dos mudas, algunos billetes y dos libros. Sus padres, comerciantes de origen judío; alertados por amigos y confidentes, se las arreglaron para que su hijo cruzara la frontera y se labrase un porvenir lejos de esa Alemania, estos fueron arrestados por la Gestapo apenas unos meses después. Su hijo no volvió a saber de ellos.

Klaus llegó a su pequeño apartamento pasadas las 8 de la tarde, era noche cerrada, hacía frío, pero aún así sudaba y su respiración era agitada. Greta se lanzó a sus brazos y lo cobijó en su pecho. Toda la ciudad era consciente de aquel brutal acto que unas horas antes se había llevado a cabo en la Universidad. Lo había visto todo, se había librado por apenas minutos, algunos de sus compañeros no habían corrido la misma suerte. Klaus lloró durante más de 48 minutos sobre el cálido regazo de Greta.

Greta y Klaus se conocieron a principios de 1938, en las inmediaciones del Castillo de Wawel, ella corría apresurada por la calle cuando tropezó contra un bordillo, fue la mano de Klaus la que impidió que cayese al suelo. Si lo hizo su carpeta, que portaba algunos de sus bocetos. Klaus se agachó a recogerlos y se los entregó. Fue un roce a primera vista, una caricia a primera mirada. Ambos olvidaron sus tareas pendientes, a dónde se dirigían, sin más comenzaron a caminar, hasta llegar a los márgenes del Vístula; tomados de la mano. Meses más tarde Greta dibujaría aquel primer beso junto al río. 48 días después de darse el sí quiero, estallaría la guerra.

Tras la ocupación de Cracovia, las carreras de Klaus y Greta se vieron truncadas, él comenzó a trabajar en un quiosco de prensa y ella, ejercía de criada de una influyente familia de alemanes que se había instalado en la ciudad. Ambos siguieron luchando contra el régimen, eran miembros de grupos en la sombra que ansiaban la liberación del yugo Nazi. Pasaban los días fingiendo ser leales a esas personas que les había robado la libertad, debían tratar de pasar desapercibidos, sobrevivir. Por las noches se organizaban en grupos para tratar de sacar a amigos y conocidos de la ciudad, aquellos que habían sido marcados con una estrella, aquellos que, al contrario que ellos; no habían negado sus raíces. Greta contenía las lágrimas mientras le servía el té a Frau Möller, al entrar al salón la había oído comentar con Frau Haas, como su esposo había dado orden de arrestar a un vecino del barrio de Stare Miasto, un pobre tendero del que otro vecino había hecho correr la voz de su pertenecía a la resistencia. Al escuchar el nombre, Greta tuvo la sensación de que su corazón se paraba. Dyzek era un buen hombre, alguien que jamás haría daño a nadie, ella misma le compraba el pan cada mañana, sabía que no estaba metido en nada, su único pecado era tener una hija a la que protegía y de la que un mal hombre se había encaprichado.

Greta se acurrucó en el sofá al llegar a casa, aquella noche no tuvo fuerzas de acudir a la reunión, el miedo invadía su cuerpo, la angustia y la ansiedad eran cada vez mayor. Llegaban noticias de cómo miles de judíos eran trasladados a campos de concentración, se empezaba a hablar de exterminios, de columnas de humo que se alzaban a pocos kilómetros de distancia, chimeneas que esparcían al cielo las cenizas de tantos y tantos inocentes. Apretó los puños, lloró hasta quedarse dormida, no oyó a Klaus llegar.

Klaus la toma de la mano, ella lleva un vestido rojo con pequeñas flores blancas y una rebeca de hilo, hace una temperatura anormal para esa época del año y el cielo está de un azul radiante. Llevan saliendo seis meses, sus padres aprueban la relación, Klaus es buen estudiante, le queda poco para graduarse como profesor de Literatura, se gana la vida dando clases a chicos por las tardes, tiene dinero ahorrado y la hace feliz. Ella empieza a temblar cuando ve que su rodilla se posa sobre la hierba, de su bolsillo saca una pequeña caja de madera. La respuesta es sí. Aquel recuerdo vuelve a su cabeza aquella noche en forma de sueño. Greta sonríe al despertar, esa mañana el cielo está igual de azul que aquella tarde, Klaus aún duerme. Ella se levanta sigilosa y prepara café. Klaus la abraza por la espalda y besa su mejilla. —Han arrestado a señor Dyzek, tú y yo sabemos que él no estaba metido en nada, la cosa se está poniendo fea, Klaus, mucho peor de lo que creemos, no sabes las cosas que se oyen en casa de los Möller. Tenemos que irnos Klaus, a saber si no seremos los siguientes, no podemos tener la certeza de que no terminaran delatándonos, tengo miedo —.  Aquel día Klaus debió hacer caso a las palabras de su mujer.

En 1942 Klaus ingresó en la universidad, erigida de forma clandestina a espaldas del régimen, concluyó sus estudios y se licenció finalmente como profesor, pasando a formar parte del claustro de la misma. Greta había renunciado a su trabajo en casa de los Möller, estaba embarazada de 4 meses. Cada noche esperaba a Klaus escondida tras las cortinas, temía el día en que no lo viese doblar la esquina de la calle. Los meses pasaban y la guerra seguía. Se acariciaba el vientre y soñaba que todo terminaba, que su hijo crecería en un lugar de paz, lejos de la muerte, lejos de las nubes de polvo gris.

El pequeño Paulsen nació a los 48 días de morir su padre. En un pequeño apartamento al oeste de Berlín. Su madre le puso Edel, que significa noble. Pesó 3,200 Kg y midió 48 cm.

 

***

 

En junio de 1961 Edel terminaba los estudios superiores, iba a cumplir 18 años y su madre estaba orgullosa de él. Decían que se parecía mucho a su padre, aunque tenía los ojos negros de su madre. Era un chico despierto, respetuoso, no recordaba nada de la guerra, su madre tampoco le hablaba de ello, lo único que le repetía una y otra vez era que no se metiese en líos de política. La tensión entre las dos alemanias era palpable, él no compartía abiertamente ninguno de los ideales, en eso hacía caso a su madre. Seguían viviendo en el mismo apartamento en el que nació. Sabía por Mina que su padre había muerto en un campo de concentración, que fue descubierto una noche en una reunión ilegal y que su madre logró escapar escondida en el furgón de un vecino; en un pequeño cubículo de apenas metro y medio, oculto bajo el asiento trasero, cruzó la frontera. Mina los había acogido y dado un hogar. Mina era hermana de una compañera de trabajo de su madre en casa de los Möller.

A mediados de mes, Edel volvió a casa, iba acompañado de Elba, su novia desde hacía un año. Se conocieron en la escuela superior, ella cursaba su primer curso y Edel acababa de comenzar el último. Ella corría alegre por los pasillos, acompañada de sus amigas, cuando se topó de frente con aquellos ojos negros, tan oscuros como la noche, tanto que ella, creyó incluso, ver alguna estrella. Edel la agarró por los hombros y la miró de forma seria, le ponían nervioso aquellas chiquillas alocadas, no soportaba esa bobería que caracterizaba a las novatas. Pero entonces unos ojos azules, como el mar, lo hicieron naufragar. Fue un roce a primera vista, una caricia a primera mirada. Desde aquel día no se separaron, él la ayudaba con los deberes, le daba clases de matemáticas, que a Elba se le habían atragantado; a pesar de la notoria diferencia de edad, Edel descubrió en ella a una chica madura, con grandes valores, fuerte y con carácter, la mujer con la que deseaba casarse y tener hijos en un futuro. Greta adoraba a su nuera, muchas tardes hacían juntas un bizcocho, mientras Edel jugaba al fútbol con sus amigos. En otras ocasiones acudían juntas a clases de pintura o al club de lectura, su hijo refunfuñaba entre dientes, exigiendo su compañía. Elba era, como su nombre decía, una pequeña duendecilla alegre que se había colado en el hogar de los Paulsen para llenarlo de vida y alegría. Greta tenía en ella esa hija que tanto deseó tener con Klaus. Esa tarde, al llegar a casa, ambos encontraron a Greta muy seria, miraba al televisor y suspiraba. Los rumores de una frontera de hormigón resonaban en el aire.

El 8 de julio Edel llega a casa de los Weber con un gran regalo, su chica cumple 15 años. Una llorosa Elba lo recibe en la puerta, se lanza a sus brazos y él deja caer el paquete al suelo. La noticia lo deja noqueado, incapaz de reaccionar, ella llora desconsolada, ambos son incapaces de entender lo que sucederá, tienen miedo, no pueden separarlos, no pueden estar lejos el uno del otro, Edel necesita el mar, Elba ama la noche. El 13 de julio los Weber se mudan a su casa de Berlín este, a escasos metros de los abuelos y tíos de Elda. La tensión entre los gobernantes es palpable, son muchos los que huyen de la zona oriental, salvo ellos, que regresan a su origen, a su parte de la ciudad. Klaus llegó a casa borracho, corrió las cortinas y se dejó ir entre las sabanas.

La mañana del 13 de agosto, Greta abrió la ventana, a escasos 100 metros un muro separaba a Alemania en dos, un muro que llenaba de orgullo a los que gobernaban al otro lado de la frontera y de vergüenza a personas como ella, que siempre lucharon por la libertad. Greta murió 48 meses antes del 9 de noviembre de 1989.

 

***

Edel escribió en la pizarra un poema de Wislawa Szymborska, una poeta polaca que a su padre le hubiese gustado conocer y de la que él admiraba su obra. Ese poema lo ayudaba a evocar el recuerdo de Elba, aquel Amor a primera vista[i], un amor que estaba destinado a suceder, que embarcaría a dos desconocidos en una historia eterna, como debió ser la de él y ella. El timbré hizo volver a Edel al presente, a esa mañana fría de noviembre; le dijo a sus alumnos que hicieran un comentario de texto para la próxima clase. Edel abandonó el edificio y se dirigió a su coche, estaba nervioso, soplaban vientos de cambio, todo hacía presagiar que pronto aquella frontera, que partía en dos su vida, iba a caer. Con las manos en los bolsillos anduvo hasta el aparcamiento, se metió en el coche y encendió la radio, sonaba Where the Streets Have No Name de U2, aquella canción se decía hablaba de Belfast, para Edel, esas calles sin nombre eran las que ocultaban el paradero de Elba. Arrancó el coche y puso rumbo a su casa, un luminoso apartamento en la novena planta de un moderno edificio, lejos del muro, lejos de la frontera, lejos de la casa que lo vio nacer y lo viese “morir” aquella mañana en que ella se fue.

Edel se sirvió una cerveza, se encendió un cigarro y apartó el plato con los restos de la cena, de lejos se oían murmullos, revuelo en las calles, hizo oídos sordos, el día estaba cerca, pero no tenía porque ser esa noche, precisamente esa. A sus 46 años se sentía viejo, sí, había logrado llegar alto en su vida, ser ese hombre de provecho que su madre deseaba, había tenido algún que otro escarceo con mujeres, pero permanecía soltero, a la espera; cuando la gente comenzó a huir del Berlín este meses atrás, cuando aquella frontera con los países vecinos había sido mancillada, él espero durante días su vuelta. Una anciana Mina estaba alertada por sí una bella mujer de ojos color mar iba a aquel viejo apartamento a buscarlo, pero eso no había sucedido. Edel tenía fama de huraño, de ermitaño, durante 28 años su vida entera había estado al otro lado de ese muro de hormigón. Encendió la televisión, una imagen impactó de lleno en sus pupilas, cambio varias veces de canal, todos lo mismo.

Edel cruzó Berlín oeste en cuestión de 20 minutos, según se acercaba al muro la gente aumentaba, gritos de euforia, lluvia de champán y rosas, una frontera hecha escombros, gente cruzando, abrazos, besos, reencuentros. Y a escasos 100 metros unos ojos color mar.

El pequeño Paulsen fue concebido 48 días después de la caída del muro.

 

***

Edel lleva 48 días ingresado en el hospital, a sus 77 años su vida vuelve a estar condicionada por las fronteras. Después de dos meses de confinamiento, vinieron los meses de hospital, apenas si se aguanta en pie, pero ya ha pasado lo peor, según dicen los médicos, aunque también le repiten que no debe confiarse, que el virus es traicionero. Él no se resigna a marcharse de este mundo encerrado entre cuatro paredes frías y sin gracia. Elde está dispuesto a luchar. Son las seis, se asoma a la ventana y allí están, puntuales a su cita. Elba, sus ojos destacan por encima de la mascarilla, siguen invitándole a naufragar en ellos. Su hijo Klaus y Heidi, su nuera, que está embarazada de ocho meses. Se saludan, se mandan besos, se gritan pero no se oyen, una frontera de cristal silencia los te quiero, pero los sienten, los palpan. 

La pequeña Greta Paulsen nació 48 días después de que su abuelo venciera al covid.



[i] El poema al que me refiero fue publicado en 1993, el adelantarlo en el tiempo es una licencia que me he permitido para explicar la historia de Edel y Elba.

 


7 de febrero de 2022

Una invitación a la nada... (el todo)

 


Aquella mañana de marzo se cumplían siete años desde que María abrazase la libertad, fue otra mañana de sábado, quizás algo más gris, en la que salió de casa sin aquel símbolo de unión eterna, dejaba su dedo anular desnudo y se lanzaba a la aventura de encontrarse a si misma. La primavera volvía a estar a la vuelta de la esquina, la hibernación quedaba atrás. Los naranjos ya exhalaban su dulce olor a azahar y ella quería dejarse llevar por el mismo. La escena era la misma, salvo por aquel gesto de quitarse el anillo. Atrás habían quedado aquellos siete años, con sus subidas y bajadas, con sus adicciones, insomnios y ansiedades, no fue sencillo sentirse libre, deshacerse de creencias, culpas, complejos, prejuicios. Lo había hecho, sí, se sentía orgullosa por ello, aunque pudiese conservar ese innato equilibro desequilibrado, se sentía estable, en paz, feliz.

Aquella mañana, como aquella otra, tan distinta pero igual acudía a un festival, como sensación anclada en ella estaba el miedo, siete años atrás a lo desconocido, en esta ocasión a lo conocido. Arrastraba desde hacía tanto aquel sentimiento que ya se había convertido en costumbre, el dolor de lo común pasa desapercibido, apenas se siente, pero está, araña a pesar de todo. Verlo, de nuevo iba a verlo, lo sabía, de nuevo tocaba hacerse la fuerte, la valiente, de nuevo volvía a soñar que esta vez sería diferente, que quizás ese día si se diese, algo dentro de ella no perdía la esperanza. Desde que lo conoció algo en su interior le dijo es él, después, con el paso de los meses, los años, se acostumbró a eso, a que no era. Se lanzó a otras aventuras y otros brazos, con no muy buen fin y también se acostumbró. El estar sola no era un problema, ella siempre amó la libertad, la soledad, la independencia, gracias a eso se había conocido, había sacado su esencia y ahora era ese tipo de mujer del que se sentía orgullosa.

María volvió a salir de casa, como aquel otro día, con ganas de vivir, de nuevos comienzos, con la firme convicción de dejar atrás el pasado y dar un paso nuevo al futuro. Esta vez llevaba además la dicha de la celebración, de lo que ya había logrado. Era la misma mujer de siete años atrás pero diferente, al igual que las paredes que la cobijaban. Otro logro más, un hogar, uno suyo, para ella, a su medida.

Llegó a aquel parque, acompañada de su amiga, pidieron sendas cervezas y se situaron junto a un árbol, que le serviría de apoyo a su espalda, y entonces lo vio. Ahora ya era capaz de mantener la calma, controlaba su corazón, su respiración, era un amor de costumbre, ella se entendía. Saludó a un par de conocidos antes de que sus miradas se cruzasen, entonces ella levantó su mano y el la cerveza. Ya estaba, ya había sucedido y ahora quedaba el seguir disfrutando del momento. Era también consciente de que no podía evitar que sus ojos se desviasen hacía él, alguna vez se tropezó con los suyos, entonces María respiraba y mantenía la calma. Y así permaneció hasta que lo vio acercarse a donde ella se encontraba.

¿Y si es hoy? Pensó.

Y sí, fue, pero no fue lo que ella siempre deseó, no fue lo que ella quería, pero quizá fue lo mejor, porque al igual que siete años atrás había tenido el coraje de romper lazos esa mañana, en un gesto se partieron otros. Decía el protagonista de una de sus series favoritas algo así como que uno no ve las señales hasta que no está preparado para hacerlo. El había tenido gestos similares muchas veces, pero después ella de alguna forma le daba la vuelta a la tortilla y se aferraba a otros, de alguna forma siempre lo justificó. Sin embargo, aquella mañana no, aquella mañana lo vio todo distinto, palpó desprecio, saboreó su ego, pero no le dolió, no lo hizo, porque ella se sentía en paz, no era ella la que jugaba a alimentar su autoestima a costa de una persona. No entendía su actitud, nunca lo había hecho, pero estaba clara, él simplemente se nutría del amor que ella le profesaba, siempre fue así, pero nunca lo vio, hasta ese momento en que él la invitó a la nada, buscando una invitación a algo, para después huir y esconderse, para volver a ocultar la mirada. El gesto heroico de un cobarde.

No volvió a dejar que sus ojos lo buscasen, no, ya no más. Ella era consciente de los amores correspondidos, pero no iba a permitir que nadie le mostrase una falsa cara del amor, de la amistad, de la confianza. Ella nunca llegaría a conocerlo, aceptaría que por mucho que hubiese proyectado sus sueños en él estos no se harían realidad, pero estaba el consuelo, la esperanza, la certidumbre de que llegarían otros, de que había otros, de que era libre y de que se único pecado había sido enamorarse. Ella no necesitaba de satélites para quererse, sus ojos no requerían de luz ajena para brillar… Él, en el pecado llevaría la penitencia…

Aquella mañana se encendió un faro para ella y se apagó uno para él.




24 de septiembre de 2021

Tiempo de otoño...

 



Puede que esté de moda que te guste el otoño, puede…  Lo cierto es que para mí siempre fue mi estación, a escritos de hace años me remito. Me gustan los colores del otoño, las sensaciones que desprende, esa lluvia que lo riega, ese olor tan suyo, tan mío. Busco el refugio del otoño, su nostalgia y anhelos, promesa de un tiempo mejor, como dice la canción.

Hace tiempo escribí sobre la carencia de besos, de pieles, sobre el miedo a olvidar, a no saber tocar… No, nada de eso se olvida, el instinto sigue ahí, la urgencia de los cuerpos, pero hay algo que si he olvidado, algo que ya no sé si existe o si volveré a vivir… Quizá me equivoqué al lanzar mi moneda al aire, puede que no fuese clara en mis necesidades, puede que no sepa realmente lo que quiero, ni a que le temo. Sé que huyo, sé que no lo pongo, ni me lo pongo fácil, vivo anclada en mi otoño cuando alguna parte de mí ansia florecer como la primavera. Me enredo en silencios, en lo no complicado para no complicarme, en lo que no quiero para tener lo que quiero o creo querer. Sé que me lanzo a la suicida tarea de besar bocas cargadas de mentira, de besos por la espalda que esconden traiciones, de brazos que sé que no desean agárrame, porque quiero perderme en el calor de las sábanas de una cama compartida y seguir siendo dueña de mis mañanas. No, no me olvidado de besar, de tocar, me he olvidado de sentir, me he acostumbrado a ser impar.

A pesar de todo mi cabeza sigue anclada a ti, es como si con el paso de los años hubieras hecho nido, vivo con la costumbre de verte y no verte, de que te cueles en mis sueños, con la manía de compararte con todos, de repetirme todo aquello que no soporto de ti, de recrearme en todo aquello que admiro, en todo eso que a día de hoy sigo sin conocer. Vivo sabiendo que no serás para mí y eso de alguna forma me da paz, me da la seguridad de que no tendré que ceder. Puede que me cuelgue de un imposible por temor a lo posible o puede que me engañe a mi misma para no reconocer lo que realmente siento y quiero. Desde que te conocí, desde el primer instante, se encendió en mi la alarma del peligro, tú no lo sabes, pero vivo en mi coraza desde aquella tarde, miedo, es así, me diste miedo, me sigues dando miedo y a día de hoy cada vez que te veo tengo que luchar conmigo misma, a veces sé que bajo la guardia y… No sé, la verdad no lo entiendo, he tratado de hacerlo… Cuando te conocí yo creía en muchas cosas en las que hoy no creo: destino, fe… No sé, durante mucho tiempo creí ver señales, durante mucho tiempo creí que todo sería cuestión de eso, de tiempo… pero… Lo escribí, ya te lo escribí, no sé lo qué me pasó y a día de hoy sigo sin descifrar el acertijo. El problema soy yo, que en el fondo sueño con vivir todo eso que dibujo en mis fantasías y a la vez sé que yo no significo nada para ti. Y no te marchas, nunca terminas de marcharte y te aseguro que lo he intentado, he logrado que no duelas, he logrado que no me importe, he logrado estar a tu lado en modo colega, pero no logro no seguir creyendo que…

En estos años he tratado de rellenar carencias con la nada, con historias que sabía no llegarían a ninguna parte, como tampoco llega la nuestra, son todo historias que no existen, unas las invento, otras las busco, pero al final sigo en el mismo camino, al final siempre busco la soledad. No puedo pretender escribir y que se entienda, no me entiendo ni yo, tengo claro lo que no quiero, pero ¿Acaso tengo claro lo que quiero? En estos años he aprendido a decir que NO, a darme prioridad, a regalarme tiempo por y para mí, a quererme, a ser feliz… La cara oculta es que todo eso ha hecho que me recluya aún más en mi misma, a que mi flojera me impida dar pasos, me sigue faltando constancia, valiente a toro pasado. Si mi yo de antes necesitaba seguridad a la hora de dar un paso, el de hoy simplemente no lo va a dar aunque haya señales luminosas, sí, he perdido muchos miedos, otros se han hecho guarida. En estos años he cometido pequeños actos de valentía, contigo, con otros, todos con los mismos resultados, NADA, todos con las mismas consecuencias, NADA. Pero claro, que sabe nadie, puede que lo que para mí es un mundo para otro es algo cotidiano… Soy consciente de que aparento lo que no soy, tengo muy claro lo que quiero aparentar, lo que quiero esconder, tengo muy claro cuál es el fin, pero de alguna forma también sé que de ese modo quizá nunca sepa si buscaba algo distinto a lo que ahora tengo. Sé lo que sueño y como lo sueño y de alguna forma quiero eso o nada, MI NADA, que es mucho, mi todo, mi zona de confort y sé también que seguiré dejándome llevar por los impulsos, que volveré a cometer actos “suicidas” de los que sé que no saldré herida y sí con una nueva enseñanza, actos que me reafirmaran una vez más en mis nuevas creencias, que me apoltronaran más en mi soledad. No sé cuál será mi último acto de rebeldía… Puede que haya escuchado demasiado el último de Robe y me haya acostumbrado a vivir en un sueño de ventanas y puertas abiertas, sé que de tenerte delante... Pero sé que mezclo dos cuartos movimientos…

De alguna forma soy una adicta feliz, de alguna forma sigo llenado mis días con canciones, letras y sueños…  Me fumaré mis mañanas escribiendo historias que me pasaron, poniéndolas en bocas de otros; historias de desamor, historias de engaños, de verdades, de destinos… Quizá algún día las palabras lleguen a su receptor, sea quien sea, y vuelva a sentir  lo que no sé si quiero sentir y plasmar otro tipo de realidad…