5 de junio de 2022

Entre fronteras...

 


Hace un mes y poco me atreví  a mandar un escrito a un concurso, no tenía esperanzas ni de ganar ni de quedar entre los 48 finalistas, simplemente me apunté a ese reto como un reto a mí misma… Llevaba demasiado tiempo sin escribir nada, mi cabeza estaba, y en parte está, bloqueada, hace tiempo, sin darme cuenta, empecé a abandonar los hábitos que me rescataban del mundo y… No era consciente de que mi cabeza me estaba dando una señal de alarma y… Ahora es mi psicóloga la que me pide que escriba y yo le digo que no, que no me gusta lo que escribo, lo que pienso, lo que siento, pero debo hacerlo… Sé que voy  salir de este pozo, que muchos no conocen ni entienden, es lo que tienen las enfermedades invisibles, pero no me voy a parar a pensar en eso, yo me quedo con esas personas que están, por las que merece la pena estar aquí, aunque yo ahora no le vea mucho sentido a nada, pero es eso, por mí y por ellos me agarro a la vida… Aquella noche me reté, me sentí orgullosa de mí, fui capaz de escribir algo y además me tuve que ceñir a un número de palabras, yo hubiese escrito más, mucho más… Y no, no he vuelto a escribir desde entonces, pero este escrito me sirvió para saber que aunque ahora no me guste lo que veo en el espejo, aunque ahora siento que soy yo sin serlo, que me asusta lo que escribo, sé que más tarde o más temprano volveré, mis ojos volverán a sonreír y me reconoceré frente al cristal….

Dejo aquí ese escrito que para mí sin ganar nada fue todo un premio… Y eso, para mí hubiese dado para más…Quizá algún día me documente a conciencia y…


ENTRE FRONTERAS

 

Apenas 48 horas antes de la que sería conocida como la operación Sonderaktion Krakau, un joven Klaus Paulsen conversaba con su mentor y profesor de literatura, el señor Chrzanowski; en los pasillos de la Universidad Jaguelónica.  Nada hacía presagiar todo lo que tras aquel golpe acontecería en la vida del muchacho.

Klaus viajó a Cracovia en la primavera de 1937, con un pasaporte falso, dos mudas, algunos billetes y dos libros. Sus padres, comerciantes de origen judío; alertados por amigos y confidentes, se las arreglaron para que su hijo cruzara la frontera y se labrase un porvenir lejos de esa Alemania, estos fueron arrestados por la Gestapo apenas unos meses después. Su hijo no volvió a saber de ellos.

Klaus llegó a su pequeño apartamento pasadas las 8 de la tarde, era noche cerrada, hacía frío, pero aún así sudaba y su respiración era agitada. Greta se lanzó a sus brazos y lo cobijó en su pecho. Toda la ciudad era consciente de aquel brutal acto que unas horas antes se había llevado a cabo en la Universidad. Lo había visto todo, se había librado por apenas minutos, algunos de sus compañeros no habían corrido la misma suerte. Klaus lloró durante más de 48 minutos sobre el cálido regazo de Greta.

Greta y Klaus se conocieron a principios de 1938, en las inmediaciones del Castillo de Wawel, ella corría apresurada por la calle cuando tropezó contra un bordillo, fue la mano de Klaus la que impidió que cayese al suelo. Si lo hizo su carpeta, que portaba algunos de sus bocetos. Klaus se agachó a recogerlos y se los entregó. Fue un roce a primera vista, una caricia a primera mirada. Ambos olvidaron sus tareas pendientes, a dónde se dirigían, sin más comenzaron a caminar, hasta llegar a los márgenes del Vístula; tomados de la mano. Meses más tarde Greta dibujaría aquel primer beso junto al río. 48 días después de darse el sí quiero, estallaría la guerra.

Tras la ocupación de Cracovia, las carreras de Klaus y Greta se vieron truncadas, él comenzó a trabajar en un quiosco de prensa y ella, ejercía de criada de una influyente familia de alemanes que se había instalado en la ciudad. Ambos siguieron luchando contra el régimen, eran miembros de grupos en la sombra que ansiaban la liberación del yugo Nazi. Pasaban los días fingiendo ser leales a esas personas que les había robado la libertad, debían tratar de pasar desapercibidos, sobrevivir. Por las noches se organizaban en grupos para tratar de sacar a amigos y conocidos de la ciudad, aquellos que habían sido marcados con una estrella, aquellos que, al contrario que ellos; no habían negado sus raíces. Greta contenía las lágrimas mientras le servía el té a Frau Möller, al entrar al salón la había oído comentar con Frau Haas, como su esposo había dado orden de arrestar a un vecino del barrio de Stare Miasto, un pobre tendero del que otro vecino había hecho correr la voz de su pertenecía a la resistencia. Al escuchar el nombre, Greta tuvo la sensación de que su corazón se paraba. Dyzek era un buen hombre, alguien que jamás haría daño a nadie, ella misma le compraba el pan cada mañana, sabía que no estaba metido en nada, su único pecado era tener una hija a la que protegía y de la que un mal hombre se había encaprichado.

Greta se acurrucó en el sofá al llegar a casa, aquella noche no tuvo fuerzas de acudir a la reunión, el miedo invadía su cuerpo, la angustia y la ansiedad eran cada vez mayor. Llegaban noticias de cómo miles de judíos eran trasladados a campos de concentración, se empezaba a hablar de exterminios, de columnas de humo que se alzaban a pocos kilómetros de distancia, chimeneas que esparcían al cielo las cenizas de tantos y tantos inocentes. Apretó los puños, lloró hasta quedarse dormida, no oyó a Klaus llegar.

Klaus la toma de la mano, ella lleva un vestido rojo con pequeñas flores blancas y una rebeca de hilo, hace una temperatura anormal para esa época del año y el cielo está de un azul radiante. Llevan saliendo seis meses, sus padres aprueban la relación, Klaus es buen estudiante, le queda poco para graduarse como profesor de Literatura, se gana la vida dando clases a chicos por las tardes, tiene dinero ahorrado y la hace feliz. Ella empieza a temblar cuando ve que su rodilla se posa sobre la hierba, de su bolsillo saca una pequeña caja de madera. La respuesta es sí. Aquel recuerdo vuelve a su cabeza aquella noche en forma de sueño. Greta sonríe al despertar, esa mañana el cielo está igual de azul que aquella tarde, Klaus aún duerme. Ella se levanta sigilosa y prepara café. Klaus la abraza por la espalda y besa su mejilla. —Han arrestado a señor Dyzek, tú y yo sabemos que él no estaba metido en nada, la cosa se está poniendo fea, Klaus, mucho peor de lo que creemos, no sabes las cosas que se oyen en casa de los Möller. Tenemos que irnos Klaus, a saber si no seremos los siguientes, no podemos tener la certeza de que no terminaran delatándonos, tengo miedo —.  Aquel día Klaus debió hacer caso a las palabras de su mujer.

En 1942 Klaus ingresó en la universidad, erigida de forma clandestina a espaldas del régimen, concluyó sus estudios y se licenció finalmente como profesor, pasando a formar parte del claustro de la misma. Greta había renunciado a su trabajo en casa de los Möller, estaba embarazada de 4 meses. Cada noche esperaba a Klaus escondida tras las cortinas, temía el día en que no lo viese doblar la esquina de la calle. Los meses pasaban y la guerra seguía. Se acariciaba el vientre y soñaba que todo terminaba, que su hijo crecería en un lugar de paz, lejos de la muerte, lejos de las nubes de polvo gris.

El pequeño Paulsen nació a los 48 días de morir su padre. En un pequeño apartamento al oeste de Berlín. Su madre le puso Edel, que significa noble. Pesó 3,200 Kg y midió 48 cm.

 

***

 

En junio de 1961 Edel terminaba los estudios superiores, iba a cumplir 18 años y su madre estaba orgullosa de él. Decían que se parecía mucho a su padre, aunque tenía los ojos negros de su madre. Era un chico despierto, respetuoso, no recordaba nada de la guerra, su madre tampoco le hablaba de ello, lo único que le repetía una y otra vez era que no se metiese en líos de política. La tensión entre las dos alemanias era palpable, él no compartía abiertamente ninguno de los ideales, en eso hacía caso a su madre. Seguían viviendo en el mismo apartamento en el que nació. Sabía por Mina que su padre había muerto en un campo de concentración, que fue descubierto una noche en una reunión ilegal y que su madre logró escapar escondida en el furgón de un vecino; en un pequeño cubículo de apenas metro y medio, oculto bajo el asiento trasero, cruzó la frontera. Mina los había acogido y dado un hogar. Mina era hermana de una compañera de trabajo de su madre en casa de los Möller.

A mediados de mes, Edel volvió a casa, iba acompañado de Elba, su novia desde hacía un año. Se conocieron en la escuela superior, ella cursaba su primer curso y Edel acababa de comenzar el último. Ella corría alegre por los pasillos, acompañada de sus amigas, cuando se topó de frente con aquellos ojos negros, tan oscuros como la noche, tanto que ella, creyó incluso, ver alguna estrella. Edel la agarró por los hombros y la miró de forma seria, le ponían nervioso aquellas chiquillas alocadas, no soportaba esa bobería que caracterizaba a las novatas. Pero entonces unos ojos azules, como el mar, lo hicieron naufragar. Fue un roce a primera vista, una caricia a primera mirada. Desde aquel día no se separaron, él la ayudaba con los deberes, le daba clases de matemáticas, que a Elba se le habían atragantado; a pesar de la notoria diferencia de edad, Edel descubrió en ella a una chica madura, con grandes valores, fuerte y con carácter, la mujer con la que deseaba casarse y tener hijos en un futuro. Greta adoraba a su nuera, muchas tardes hacían juntas un bizcocho, mientras Edel jugaba al fútbol con sus amigos. En otras ocasiones acudían juntas a clases de pintura o al club de lectura, su hijo refunfuñaba entre dientes, exigiendo su compañía. Elba era, como su nombre decía, una pequeña duendecilla alegre que se había colado en el hogar de los Paulsen para llenarlo de vida y alegría. Greta tenía en ella esa hija que tanto deseó tener con Klaus. Esa tarde, al llegar a casa, ambos encontraron a Greta muy seria, miraba al televisor y suspiraba. Los rumores de una frontera de hormigón resonaban en el aire.

El 8 de julio Edel llega a casa de los Weber con un gran regalo, su chica cumple 15 años. Una llorosa Elba lo recibe en la puerta, se lanza a sus brazos y él deja caer el paquete al suelo. La noticia lo deja noqueado, incapaz de reaccionar, ella llora desconsolada, ambos son incapaces de entender lo que sucederá, tienen miedo, no pueden separarlos, no pueden estar lejos el uno del otro, Edel necesita el mar, Elba ama la noche. El 13 de julio los Weber se mudan a su casa de Berlín este, a escasos metros de los abuelos y tíos de Elda. La tensión entre los gobernantes es palpable, son muchos los que huyen de la zona oriental, salvo ellos, que regresan a su origen, a su parte de la ciudad. Klaus llegó a casa borracho, corrió las cortinas y se dejó ir entre las sabanas.

La mañana del 13 de agosto, Greta abrió la ventana, a escasos 100 metros un muro separaba a Alemania en dos, un muro que llenaba de orgullo a los que gobernaban al otro lado de la frontera y de vergüenza a personas como ella, que siempre lucharon por la libertad. Greta murió 48 meses antes del 9 de noviembre de 1989.

 

***

Edel escribió en la pizarra un poema de Wislawa Szymborska, una poeta polaca que a su padre le hubiese gustado conocer y de la que él admiraba su obra. Ese poema lo ayudaba a evocar el recuerdo de Elba, aquel Amor a primera vista[i], un amor que estaba destinado a suceder, que embarcaría a dos desconocidos en una historia eterna, como debió ser la de él y ella. El timbré hizo volver a Edel al presente, a esa mañana fría de noviembre; le dijo a sus alumnos que hicieran un comentario de texto para la próxima clase. Edel abandonó el edificio y se dirigió a su coche, estaba nervioso, soplaban vientos de cambio, todo hacía presagiar que pronto aquella frontera, que partía en dos su vida, iba a caer. Con las manos en los bolsillos anduvo hasta el aparcamiento, se metió en el coche y encendió la radio, sonaba Where the Streets Have No Name de U2, aquella canción se decía hablaba de Belfast, para Edel, esas calles sin nombre eran las que ocultaban el paradero de Elba. Arrancó el coche y puso rumbo a su casa, un luminoso apartamento en la novena planta de un moderno edificio, lejos del muro, lejos de la frontera, lejos de la casa que lo vio nacer y lo viese “morir” aquella mañana en que ella se fue.

Edel se sirvió una cerveza, se encendió un cigarro y apartó el plato con los restos de la cena, de lejos se oían murmullos, revuelo en las calles, hizo oídos sordos, el día estaba cerca, pero no tenía porque ser esa noche, precisamente esa. A sus 46 años se sentía viejo, sí, había logrado llegar alto en su vida, ser ese hombre de provecho que su madre deseaba, había tenido algún que otro escarceo con mujeres, pero permanecía soltero, a la espera; cuando la gente comenzó a huir del Berlín este meses atrás, cuando aquella frontera con los países vecinos había sido mancillada, él espero durante días su vuelta. Una anciana Mina estaba alertada por sí una bella mujer de ojos color mar iba a aquel viejo apartamento a buscarlo, pero eso no había sucedido. Edel tenía fama de huraño, de ermitaño, durante 28 años su vida entera había estado al otro lado de ese muro de hormigón. Encendió la televisión, una imagen impactó de lleno en sus pupilas, cambio varias veces de canal, todos lo mismo.

Edel cruzó Berlín oeste en cuestión de 20 minutos, según se acercaba al muro la gente aumentaba, gritos de euforia, lluvia de champán y rosas, una frontera hecha escombros, gente cruzando, abrazos, besos, reencuentros. Y a escasos 100 metros unos ojos color mar.

El pequeño Paulsen fue concebido 48 días después de la caída del muro.

 

***

Edel lleva 48 días ingresado en el hospital, a sus 77 años su vida vuelve a estar condicionada por las fronteras. Después de dos meses de confinamiento, vinieron los meses de hospital, apenas si se aguanta en pie, pero ya ha pasado lo peor, según dicen los médicos, aunque también le repiten que no debe confiarse, que el virus es traicionero. Él no se resigna a marcharse de este mundo encerrado entre cuatro paredes frías y sin gracia. Elde está dispuesto a luchar. Son las seis, se asoma a la ventana y allí están, puntuales a su cita. Elba, sus ojos destacan por encima de la mascarilla, siguen invitándole a naufragar en ellos. Su hijo Klaus y Heidi, su nuera, que está embarazada de ocho meses. Se saludan, se mandan besos, se gritan pero no se oyen, una frontera de cristal silencia los te quiero, pero los sienten, los palpan. 

La pequeña Greta Paulsen nació 48 días después de que su abuelo venciera al covid.



[i] El poema al que me refiero fue publicado en 1993, el adelantarlo en el tiempo es una licencia que me he permitido para explicar la historia de Edel y Elba.

 


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