24 de septiembre de 2021

Tiempo de otoño...

 



Puede que esté de moda que te guste el otoño, puede…  Lo cierto es que para mí siempre fue mi estación, a escritos de hace años me remito. Me gustan los colores del otoño, las sensaciones que desprende, esa lluvia que lo riega, ese olor tan suyo, tan mío. Busco el refugio del otoño, su nostalgia y anhelos, promesa de un tiempo mejor, como dice la canción.

Hace tiempo escribí sobre la carencia de besos, de pieles, sobre el miedo a olvidar, a no saber tocar… No, nada de eso se olvida, el instinto sigue ahí, la urgencia de los cuerpos, pero hay algo que si he olvidado, algo que ya no sé si existe o si volveré a vivir… Quizá me equivoqué al lanzar mi moneda al aire, puede que no fuese clara en mis necesidades, puede que no sepa realmente lo que quiero, ni a que le temo. Sé que huyo, sé que no lo pongo, ni me lo pongo fácil, vivo anclada en mi otoño cuando alguna parte de mí ansia florecer como la primavera. Me enredo en silencios, en lo no complicado para no complicarme, en lo que no quiero para tener lo que quiero o creo querer. Sé que me lanzo a la suicida tarea de besar bocas cargadas de mentira, de besos por la espalda que esconden traiciones, de brazos que sé que no desean agárrame, porque quiero perderme en el calor de las sábanas de una cama compartida y seguir siendo dueña de mis mañanas. No, no me olvidado de besar, de tocar, me he olvidado de sentir, me he acostumbrado a ser impar.

A pesar de todo mi cabeza sigue anclada a ti, es como si con el paso de los años hubieras hecho nido, vivo con la costumbre de verte y no verte, de que te cueles en mis sueños, con la manía de compararte con todos, de repetirme todo aquello que no soporto de ti, de recrearme en todo aquello que admiro, en todo eso que a día de hoy sigo sin conocer. Vivo sabiendo que no serás para mí y eso de alguna forma me da paz, me da la seguridad de que no tendré que ceder. Puede que me cuelgue de un imposible por temor a lo posible o puede que me engañe a mi misma para no reconocer lo que realmente siento y quiero. Desde que te conocí, desde el primer instante, se encendió en mi la alarma del peligro, tú no lo sabes, pero vivo en mi coraza desde aquella tarde, miedo, es así, me diste miedo, me sigues dando miedo y a día de hoy cada vez que te veo tengo que luchar conmigo misma, a veces sé que bajo la guardia y… No sé, la verdad no lo entiendo, he tratado de hacerlo… Cuando te conocí yo creía en muchas cosas en las que hoy no creo: destino, fe… No sé, durante mucho tiempo creí ver señales, durante mucho tiempo creí que todo sería cuestión de eso, de tiempo… pero… Lo escribí, ya te lo escribí, no sé lo qué me pasó y a día de hoy sigo sin descifrar el acertijo. El problema soy yo, que en el fondo sueño con vivir todo eso que dibujo en mis fantasías y a la vez sé que yo no significo nada para ti. Y no te marchas, nunca terminas de marcharte y te aseguro que lo he intentado, he logrado que no duelas, he logrado que no me importe, he logrado estar a tu lado en modo colega, pero no logro no seguir creyendo que…

En estos años he tratado de rellenar carencias con la nada, con historias que sabía no llegarían a ninguna parte, como tampoco llega la nuestra, son todo historias que no existen, unas las invento, otras las busco, pero al final sigo en el mismo camino, al final siempre busco la soledad. No puedo pretender escribir y que se entienda, no me entiendo ni yo, tengo claro lo que no quiero, pero ¿Acaso tengo claro lo que quiero? En estos años he aprendido a decir que NO, a darme prioridad, a regalarme tiempo por y para mí, a quererme, a ser feliz… La cara oculta es que todo eso ha hecho que me recluya aún más en mi misma, a que mi flojera me impida dar pasos, me sigue faltando constancia, valiente a toro pasado. Si mi yo de antes necesitaba seguridad a la hora de dar un paso, el de hoy simplemente no lo va a dar aunque haya señales luminosas, sí, he perdido muchos miedos, otros se han hecho guarida. En estos años he cometido pequeños actos de valentía, contigo, con otros, todos con los mismos resultados, NADA, todos con las mismas consecuencias, NADA. Pero claro, que sabe nadie, puede que lo que para mí es un mundo para otro es algo cotidiano… Soy consciente de que aparento lo que no soy, tengo muy claro lo que quiero aparentar, lo que quiero esconder, tengo muy claro cuál es el fin, pero de alguna forma también sé que de ese modo quizá nunca sepa si buscaba algo distinto a lo que ahora tengo. Sé lo que sueño y como lo sueño y de alguna forma quiero eso o nada, MI NADA, que es mucho, mi todo, mi zona de confort y sé también que seguiré dejándome llevar por los impulsos, que volveré a cometer actos “suicidas” de los que sé que no saldré herida y sí con una nueva enseñanza, actos que me reafirmaran una vez más en mis nuevas creencias, que me apoltronaran más en mi soledad. No sé cuál será mi último acto de rebeldía… Puede que haya escuchado demasiado el último de Robe y me haya acostumbrado a vivir en un sueño de ventanas y puertas abiertas, sé que de tenerte delante... Pero sé que mezclo dos cuartos movimientos…

De alguna forma soy una adicta feliz, de alguna forma sigo llenado mis días con canciones, letras y sueños…  Me fumaré mis mañanas escribiendo historias que me pasaron, poniéndolas en bocas de otros; historias de desamor, historias de engaños, de verdades, de destinos… Quizá algún día las palabras lleguen a su receptor, sea quien sea, y vuelva a sentir  lo que no sé si quiero sentir y plasmar otro tipo de realidad…




6 de septiembre de 2021

Viento a favor...

 


Misma ciudad, misma hora… Una de esas tardes de septiembre, en la que los días van perdiendo fuerza y las noches avanzan rápidas. El viento de levante empieza a desprender las hojas de los árboles, anunciando la proximidad de un nuevo otoño, cargado de ocres y amarillos, de olor a castañas… Sopla el viento del este, con fuerza, ese viento que a muchos hace perder la razón y que da sobrenombres a pueblos de costa que se mecen en él… El verano apura los minutos, las horas, los recuerdos de amores pasados…

Sopla el viento y levanta, a su antojo, una falda estampada de flores, su dueña se aferra a ella con fuerza y mira hacia los lados en su deseo de no haber sido vista. Una ráfaga arranca de las manos de un niño un globo color rojo, este lo observa alejarse, en el cielo, con los ojos tristes y el labio encogido; María cierra los ojos y se deja acariciar por él, después se acurruca en el pecho de su madre. La camiseta favorita de David está a punto de desprenderse del tendedero, su chica llega a tiempo de salvarla. Gabriela se encuentra lejos de todo, cerca del mar, ve la arena correr detrás de las olas y espera la llegada de Sofía, ya son cuatros los años que juntas bailan a su son. Viento de levante, viento rebelde, que a unos los lleva al huir al fin del mundo y a otros, quizá, a tomar trenes que jamás pensaron que llegarían a coger. Un remolino de hierba recién cortada sirve de pasatiempo a un gato, cansado de vivir panza arriba. Sopla el viento de levante mientras Luisa agarra las cortinas, estas quieren escapar tras las rejas…  Sopla a favor de todos aquellos que sueñan, en contra de los que permanecen quietos… Sopla y lleva en él un susurro, imperceptible para los demás, que se filtra en los oídos de su receptor, que de súbito siente crecer en él las ganas de buscarla, de correr a su casa y llamar a su puerta, de decirle que él también soñó con ella… El viento sigue su curso y un cúmulo de nubes precipita el atardecer. Miguel mira por la ventana, del despacho, quedan cinco minutos para salir a la calle y fingir que vuela. Una pluma se balancea nerviosa y cae al suelo, alguien se agacha y la recoge, tomándolo como una buena señal. Pompas de jabón huyen, en la alameda, de un grupo de críos que pretenden hacerlas estallar. Los acordes de una guitarra se enredan en él y escapan presurosos a reunirse con ese tímido canto que Vega entona desde su solitario sofá. Caprichoso el viento se cuela entre los rizos de Clara, en ese momento Pedro la inmortaliza en una instantánea, que acabará enmarcada en el salón de su apartamento. Sopla el viento cargado de anhelos, Natalia abre una cerveza, sale al patio… una noche anduvieron juntos con el viento de testigo… Y se deja llevar, lejos, muy lejos, donde se borran los recuerdos, donde no habitan.

Sopla el viento, a esa hora, tan igual y tan distinta a aquella otra. Nada iba a peor, era eso, dejar que soplase a favor, quizá quede ese último esfuerzo, ese estar en el lugar adecuado, no volver a dejar escapar la oportunidad…  Está cerca el momento…

Soplaba el viento, aunque tú no lo sepas, silbando una melodía… “Cuando tú andas cerca queda en suspenso la gravedad”.

20 de junio de 2021

La cara B de una infancia...

 



Nuria llegó, a la cita, puntual, era la tercera sesión. Su madre y sus amigas le habían aconsejado buscar ayuda de un profesional y tras muchas negativas, al fin, había accedido a acudir a la consulta. Lo cierto es que le costaba, aunque muchos tuviesen de ella el concepto de charlatana, boca chancla, la ridícula idea de que parecía contarlo todo, lo cierto era que era incapaz de soltar lo que realmente le hacía daño, aquellas verdades que durante años había encerrado y tratado de obviar, la cara B de una infancia que de alguna forma había vomitado en su madurez.

La sala distaba mucho de esas que aparecen en las películas, allí no había diván, ni una gran cristalera, ni un libro en el sitio preciso ni una hermosa palmera en la esquina. La sala se componía de una mesa llena de papeles,  un portafotos y una botella de agua, ella se sentaba en una silla verde, algo incomoda y esperaba paciente mirando al reloj que se situaba a su izquierda.

La psicóloga entró, la saludó y sonrió, ella hizo lo mismo.

 

 — Y bien ¿Cómo estás hoy? ¿Trabajaste en lo que te indiqué?

—Sí, bueno, ya le dije, yo ahora estoy bien, soy feliz, me siento bien, claro que me faltan cosas pero no dependen del todo de mí.

—Nuria, tienes que soltarlo, sé que hay algo que no te atreves a decir, sé que hace poco que tuviste el valor de contarlo pero tienes que hablar de ello, tienes que hablar de ello de verdad, no me basta con el que ya lo superaste, estás aquí, por lo tanto, te sigue haciendo daño, te sigues haciendo daño.

Nuria bajó la cabeza, la ansiedad volvía, esa puta falta de aire, ese crujir de dientes en la noche, esos desvelos de madrugada, esa angustia que pocos entendían, que nadie veía. Era cierto que, tras 32 años callada, aquel día estalló y lo contó todo, cierto era también que de alguna forma había escupido a la cara de su… Sí lo había hecho y de esa forma, de alguna forma consiguió resarcirse, decir yo no he olvidado, pero…

Nuria fue una niña feliz, siempre trató de recordar su infancia como la mejor época de su vida, creció rodeada de cariño, familia, amigos, hubo cosas, el divorcio de sus padres, aquel episodio de lo que ahora se conoce como bullying, la rebeldía que desarrolló después, su años locos de instituto, su divorcio, su enfermedad… Pero ella siempre se creyó por encima de todo eso, siempre quiso estar por encima y salir de todo sola, ella siempre amó la soledad. A sus 40 años había vivido lo que pensó que debía vivir en cada momento, con sus borracheras, sus desamores, parejas, líos de una noche, viajes, independencia… Todo lo que se pudo permitir, según las circunstancias. Sí, había cosas que echaba en falta, cosas que le hubiese gustado o le gustaría hacer, pero sin ser imposibles no dejaban de ser complicadas. Estaba agradecida con su vida, lo estaba y en aquel rincón en el que habitaba había logrado encontrar la paz. Nuria, sin embargo, no era capaz de reconocer, ver o admitir que algo fallaba, que muchos de sus miedos, esa desconfianza, esa timidez, ese no querer verse entre extraños, ese creer en el amor pero huir hacia otro lado, esa búsqueda continua de soledad venía derivada de todo aquello que llevaba tantos años tratando de digerir. Fue su trabajo lo primero que removió en ella lo que tanto había tratado de callar, era el continuo cuestionar de las victimas que se respiraba en la sociedad el que la invitaba a cerrar el pico, era esa baja autoestima, ese tratar de pasar desapercibida ante ellos, ese rechazo que sentía hacía ella misma, esa culpa ¿acaso no fue culpa suya? Ella era una niña, lo era, pero… Ya se sabe, la culpa es de quien es… Así lo había creído siempre, la gente siempre pensaba mal de ellas, las mujeres… Aún, en esos momentos, seguía habiendo un hedor machista en el mundo, ella no quería ser juzgada, tampoco quería la lástima ni el consuelo.  Nuria quería vivir en paz, solo eso y había aprendido a alejarse lo suficiente como para no volver a sufrir daño, aunque eso significase renunciar a tantas cosas y de alguna forma la condenase a no volver a tener pareja. Nuria anhelaba volver a enamorarse, confiar, abrirse, creer, pero de alguna forma todo aquello había dejado en ella un poso que no reconocía. Durante 32 años se había mantenido en silencio, durante todo ese tiempo vivió en la cara A de su infancia, fueron años en lo que la bestia permaneció dormida, hasta que todo un día hizo click y encontró el detonante que lo hizo estallar, trabajo, noticas y la muerte de una de las personas más importante de su vida… Ahora estaba allí en esa sala, dispuesta a sanar y seguir caminando libre de ese lastre, del que no podía seguir culpándose, ella solo tenía ocho años, tan solo eso… Tenía que sanar por ella, solo por ella y abandonar todo rencor y culpa, dejar de autodestruirse, machacarse y boicotearse… Confiar y soñar en que todo aquello un día dejará de doler y que con suerte llegaría esa persona que la entendiese, que escarbarse y viese que bajo esa coraza, esa supuesta chulería o exceso de confianza solo había una mujer que una vez fue una niña herida pero que sanó y sueña con surcar mares y cielos, pillar carretera y manta, apoltronarse en el sofá un finde de lluvia… Alguien feliz y con ganas de un futuro, sola y acompañada… Y no solo habla de amor. Nuria en esos años aprendió a ser feliz sola, no necesitaba de gente pero debía de abandonar a la soledad como refugio, tenía que verla como una amiga no como vía de escape, ella no le tenía miedo a la soledad le tenía miedo a la compañía…

—Está bien, creo que ha llegado el momento de ordenar del todo esta cabeza.


25 de abril de 2021

El último día...


 

El último día que amanecimos juntos anunciaban tormenta. Aquel domingo cierto fue que despertó cubierto de grises, pero a eso de las diez de la mañana el sol le ganó el pulso y echó por tierra todas las previsiones. 

Tú te levantaste antes que yo, como siempre y yo me había vuelto a despertar sobresaltada en la noche, tú apaciguaste mi grito en tu pecho, meciste mi ansiedad y me devolviste a los bazos de Morfeo. Ya te habías tomado el primer café y echado de comer a la gata, cuando yo irrumpí en el salón aún con los ojos medio pegados y el pelo revuelto.  Me conocías lo suficiente, de más, y sin hablarme te limitaste a besar mi frente y a llenar una taza para mí, otra para ti y a preparar un par de tostadas. Desayunamos juntos y en silencio, en el patio, yo en mi cabeza le iba dando forma a la poda que necesitaba el jazmín, tú revisabas Twitter. De fondo se oía al vecino preparar una de sus clases, a su perro ladrar, quizá pidiendo comida y de la nada una bandada de cigüeñas cruzó el cielo, en mi mente inventé la idea de que aquello era una señal de buena suerte y te miré. Tú seguías con la cabeza metida en el móvil, esperando el momento en que mis neuronas se despejasen y me atreviese a hablar. Di el último bocado al pan y te anuncié que me iba a poner el tinte, tú me dijiste que después, aprovechando el cambio de tiempo, podríamos ir de ruta. Te morías de ganas por estrenar la cámara de fotos que te había regalado por tú cumpleaños. Yo acepté encantada, me apetecía ver el mar.

El último día que pasamos juntos mis pies se bañaban en salitre, mientras tú, cámara en mano, buscabas luces, planos y perspectivas, yo me empeñaba en escapar del objetivo, tú me lanzabas fotos a traición. Yo me tiré en la arena, tú seguiste fotografiando el ir y venir de las olas, yo me sumergí en las páginas de un libro. Cuando el hambre y la sed volvieron decidimos ir caminando por la orilla, nos cruzamos con una familia. El niño torpemente, ayudado por su padre, trataba de hacer volar una cometa, tú volviste a pulsar el disparador, inmortalizando el momento en que esta alzó el vuelo. La suerte de estar en la hora precisa y el momento exacto.

El último día que paseamos junto al mar yo me quemé los hombros y tú me volviste a recordar esa mala costumbre de no contar con el blanco de mi piel y los primeros rayos de sol que se posan sobre ella. Llegamos al chiringuito, de lejos se veía el faro, ese que tú sabías que a mí me obsesionaba desde niña, te había contado muchas veces los veranos que pasé en un camping cercano. Y que aquel día, nuevamente, tú lo habías fotografiado para mí. Era una imagen del mismo tomada dos años atrás, en otra mañana de abril, la que presidia él salón de casa; pero esa era obra mía. Nos tomamos un par de cervezas y compartimos un tartar de atún, arreglamos el mundo, hablamos de nuestro próximo viaje. Llevábamos tanto planeando esa escapada, pospuesta tiempo atrás por la pandemia. Al final de alguna forma aquello jugó a nuestro favor, habíamos encontrado vuelos más baratos y un mejor alojamiento junto al Castillo de Edimburgo, pasaríamos unos días allí, los suficientes para que las piedras se tatuaran en las suelas de nuestros zapatos. Habíamos diseñado una ruta, en coche, que pasaría por toda Escocia, montaña y playas, yo fantaseaba con la posibilidad de ver Ávalon, tú con el Lago Ness, después unos días en Glasgow y vuelta a casa. Ahora apenas faltaban tres meses para que al fin alzáramos juntos el vuelo y me parecía mentira.  Un par de cervezas más, una dorada y una lubina, un nuevo arreglo al mundo, otra charla vana, una escucha furtiva a la conversación de la mesa de al lado y dos cafés después, decidimos regresar. Te dije que me debías una puesta de sol, tú hiciste el gesto de anotarla en tu mano. A mí de la nada me asaltó el deseo de fumar, llevaba diez meses sin hacerlo, los mismos que sin mascarilla. No quise decirte nada. 

En ese último camino de regreso nos inundó la pereza de cada domingo por la tarde, íbamos en silencio, tú de vez en cuando acariciabas mi mano, que yo apoyaba a conciencia en la palanca de cambio, otras eran tus dedos los que se escapaban sobre mi pierna, yo te miraba y sonreía, anunciando la llegada a casa. Esa última vez que nos enredamos entre sábanas oímos de pronto el cielo estallar y el olor de la tierra mojada de las plantas del patio. Al final acertaron, esa lluvia cayó en la hora precisa y el momento exacto. Nos dimos una ducha, tú le diste un último repaso al juicio, en este caso declarado ya culpable de que ese lunes tuvieses que madrugar y hacerte recorrer doscientos kilómetros. Te miraba allí, concentrado y pensaba en cuanto envidiaba esa capacidad de no dejarte llevar por los nervios, sabía de lo complicado del caso, incluso te había ayudado en alguna transcripción. Yo, sin embargo, siempre parecía dejarme ganar por la ansiedad y el estrés, eras tú el que lograba equilibrarme. La gata llegó reclamando atención y yo aproveché para llevármela a la cocina y darle su premio del día, después me puse a preparar la cena.

La última película que vimos juntos, acurrucados con la manta del sofá, era una de esas que yo había visto cien veces y te había hecho ver a ti unas ochenta, habíamos acabado por adorarla los dos y en cada nueva visión siempre encontrábamos algún detalle o entendíamos alguna escena de forma diferente a la vez anterior. Nos acostamos a eso de las doce, apenas te daba tiempo a dormir cinco horas, tu cabeza se posó sobre la almohada y al instante yo noté tu respiración calmada, sumida en el sueño. Yo me quedé mirando al techo, luchando contra el insomnio, no recuerdo a qué hora mis párpados agotados cayeron vencidos.

El último beso que me diste fue a oscuras, mientras yo dormía.

 

 

Mañana hará un año de aquella última vez, es otro domingo de abril, no he vuelto a esta playa, a este lugar desde entonces. Esta mañana, al despertar, en mi despertar, me decidí a descargar aquella tarjeta en el ordenador… Mi pelo, color violín, compitiendo con el azul del mar… Olas estrellándose contra las rocas… La torpes manos de un niño y una cometa…  He caminado por la orilla, mojado mis pies en salitre, sentado en aquella terraza y pedido una cerveza. Al ir al coger el libro me he dado cuenta de que lo he perdido, se me caería en el carril que va al faro, cuando saqué la botella de agua… Pienso en quién lo encontrará, en que quizá de ahí surja una historia de cómo fue a parar un libro allí, en una hora precisa y un momento exacto...  En que qué tipo de persona desalmada deja tirado algo en mitad de la nada y es capaz de no mirar atrás… Marcando así otra hora precisa y otro momento exacto que no se eligió.

Me encendí un cigarro, me puse las Ray-Ban , iba a esperar el atardecer… Y me asaltaron las ganas de llorar.