Misma ciudad, misma hora… Una de esas tardes de septiembre, en la que los días van perdiendo fuerza y las noches avanzan rápidas. El viento de levante empieza a desprender las hojas de los árboles, anunciando la proximidad de un nuevo otoño, cargado de ocres y amarillos, de olor a castañas… Sopla el viento del este, con fuerza, ese viento que a muchos hace perder la razón y que da sobrenombres a pueblos de costa que se mecen en él… El verano apura los minutos, las horas, los recuerdos de amores pasados…
Sopla el viento y levanta, a su antojo, una falda estampada de flores, su dueña se aferra a ella con fuerza y mira hacia los lados en su deseo de no haber sido vista. Una ráfaga arranca de las manos de un niño un globo color rojo, este lo observa alejarse, en el cielo, con los ojos tristes y el labio encogido; María cierra los ojos y se deja acariciar por él, después se acurruca en el pecho de su madre. La camiseta favorita de David está a punto de desprenderse del tendedero, su chica llega a tiempo de salvarla. Gabriela se encuentra lejos de todo, cerca del mar, ve la arena correr detrás de las olas y espera la llegada de Sofía, ya son cuatros los años que juntas bailan a su son. Viento de levante, viento rebelde, que a unos los lleva al huir al fin del mundo y a otros, quizá, a tomar trenes que jamás pensaron que llegarían a coger. Un remolino de hierba recién cortada sirve de pasatiempo a un gato, cansado de vivir panza arriba. Sopla el viento de levante mientras Luisa agarra las cortinas, estas quieren escapar tras las rejas… Sopla a favor de todos aquellos que sueñan, en contra de los que permanecen quietos… Sopla y lleva en él un susurro, imperceptible para los demás, que se filtra en los oídos de su receptor, que de súbito siente crecer en él las ganas de buscarla, de correr a su casa y llamar a su puerta, de decirle que él también soñó con ella… El viento sigue su curso y un cúmulo de nubes precipita el atardecer. Miguel mira por la ventana, del despacho, quedan cinco minutos para salir a la calle y fingir que vuela. Una pluma se balancea nerviosa y cae al suelo, alguien se agacha y la recoge, tomándolo como una buena señal. Pompas de jabón huyen, en la alameda, de un grupo de críos que pretenden hacerlas estallar. Los acordes de una guitarra se enredan en él y escapan presurosos a reunirse con ese tímido canto que Vega entona desde su solitario sofá. Caprichoso el viento se cuela entre los rizos de Clara, en ese momento Pedro la inmortaliza en una instantánea, que acabará enmarcada en el salón de su apartamento. Sopla el viento cargado de anhelos, Natalia abre una cerveza, sale al patio… una noche anduvieron juntos con el viento de testigo… Y se deja llevar, lejos, muy lejos, donde se borran los recuerdos, donde no habitan.
Sopla el viento, a esa hora, tan igual y tan distinta a aquella otra. Nada iba a peor, era eso, dejar que soplase a favor, quizá quede ese último esfuerzo, ese estar en el lugar adecuado, no volver a dejar escapar la oportunidad… Está cerca el momento…
Soplaba el viento, aunque tú no lo sepas, silbando una melodía… “Cuando tú andas cerca queda en suspenso la gravedad”.
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