Nuria llegó, a la cita, puntual, era la tercera sesión. Su madre y sus amigas le habían aconsejado buscar ayuda de un profesional y tras muchas negativas, al fin, había accedido a acudir a la consulta. Lo cierto es que le costaba, aunque muchos tuviesen de ella el concepto de charlatana, boca chancla, la ridícula idea de que parecía contarlo todo, lo cierto era que era incapaz de soltar lo que realmente le hacía daño, aquellas verdades que durante años había encerrado y tratado de obviar, la cara B de una infancia que de alguna forma había vomitado en su madurez.
La sala distaba mucho de esas que aparecen en las películas, allí no había diván, ni una gran cristalera, ni un libro en el sitio preciso ni una hermosa palmera en la esquina. La sala se componía de una mesa llena de papeles, un portafotos y una botella de agua, ella se sentaba en una silla verde, algo incomoda y esperaba paciente mirando al reloj que se situaba a su izquierda.
La psicóloga entró, la saludó y sonrió, ella hizo lo mismo.
— Y bien ¿Cómo estás hoy? ¿Trabajaste en lo que te indiqué?
—Sí, bueno, ya le dije, yo ahora estoy bien, soy feliz, me siento bien, claro que me faltan cosas pero no dependen del todo de mí.
—Nuria, tienes que soltarlo, sé que hay algo que no te atreves a decir, sé que hace poco que tuviste el valor de contarlo pero tienes que hablar de ello, tienes que hablar de ello de verdad, no me basta con el que ya lo superaste, estás aquí, por lo tanto, te sigue haciendo daño, te sigues haciendo daño.
Nuria bajó la cabeza, la ansiedad volvía, esa puta falta de aire, ese crujir de dientes en la noche, esos desvelos de madrugada, esa angustia que pocos entendían, que nadie veía. Era cierto que, tras 32 años callada, aquel día estalló y lo contó todo, cierto era también que de alguna forma había escupido a la cara de su… Sí lo había hecho y de esa forma, de alguna forma consiguió resarcirse, decir yo no he olvidado, pero…
Nuria fue una niña feliz, siempre trató de recordar su infancia como la mejor época de su vida, creció rodeada de cariño, familia, amigos, hubo cosas, el divorcio de sus padres, aquel episodio de lo que ahora se conoce como bullying, la rebeldía que desarrolló después, su años locos de instituto, su divorcio, su enfermedad… Pero ella siempre se creyó por encima de todo eso, siempre quiso estar por encima y salir de todo sola, ella siempre amó la soledad. A sus 40 años había vivido lo que pensó que debía vivir en cada momento, con sus borracheras, sus desamores, parejas, líos de una noche, viajes, independencia… Todo lo que se pudo permitir, según las circunstancias. Sí, había cosas que echaba en falta, cosas que le hubiese gustado o le gustaría hacer, pero sin ser imposibles no dejaban de ser complicadas. Estaba agradecida con su vida, lo estaba y en aquel rincón en el que habitaba había logrado encontrar la paz. Nuria, sin embargo, no era capaz de reconocer, ver o admitir que algo fallaba, que muchos de sus miedos, esa desconfianza, esa timidez, ese no querer verse entre extraños, ese creer en el amor pero huir hacia otro lado, esa búsqueda continua de soledad venía derivada de todo aquello que llevaba tantos años tratando de digerir. Fue su trabajo lo primero que removió en ella lo que tanto había tratado de callar, era el continuo cuestionar de las victimas que se respiraba en la sociedad el que la invitaba a cerrar el pico, era esa baja autoestima, ese tratar de pasar desapercibida ante ellos, ese rechazo que sentía hacía ella misma, esa culpa ¿acaso no fue culpa suya? Ella era una niña, lo era, pero… Ya se sabe, la culpa es de quien es… Así lo había creído siempre, la gente siempre pensaba mal de ellas, las mujeres… Aún, en esos momentos, seguía habiendo un hedor machista en el mundo, ella no quería ser juzgada, tampoco quería la lástima ni el consuelo. Nuria quería vivir en paz, solo eso y había aprendido a alejarse lo suficiente como para no volver a sufrir daño, aunque eso significase renunciar a tantas cosas y de alguna forma la condenase a no volver a tener pareja. Nuria anhelaba volver a enamorarse, confiar, abrirse, creer, pero de alguna forma todo aquello había dejado en ella un poso que no reconocía. Durante 32 años se había mantenido en silencio, durante todo ese tiempo vivió en la cara A de su infancia, fueron años en lo que la bestia permaneció dormida, hasta que todo un día hizo click y encontró el detonante que lo hizo estallar, trabajo, noticas y la muerte de una de las personas más importante de su vida… Ahora estaba allí en esa sala, dispuesta a sanar y seguir caminando libre de ese lastre, del que no podía seguir culpándose, ella solo tenía ocho años, tan solo eso… Tenía que sanar por ella, solo por ella y abandonar todo rencor y culpa, dejar de autodestruirse, machacarse y boicotearse… Confiar y soñar en que todo aquello un día dejará de doler y que con suerte llegaría esa persona que la entendiese, que escarbarse y viese que bajo esa coraza, esa supuesta chulería o exceso de confianza solo había una mujer que una vez fue una niña herida pero que sanó y sueña con surcar mares y cielos, pillar carretera y manta, apoltronarse en el sofá un finde de lluvia… Alguien feliz y con ganas de un futuro, sola y acompañada… Y no solo habla de amor. Nuria en esos años aprendió a ser feliz sola, no necesitaba de gente pero debía de abandonar a la soledad como refugio, tenía que verla como una amiga no como vía de escape, ella no le tenía miedo a la soledad le tenía miedo a la compañía…
—Está bien, creo que ha llegado el momento de ordenar del todo esta cabeza.



