20 de junio de 2021

La cara B de una infancia...

 



Nuria llegó, a la cita, puntual, era la tercera sesión. Su madre y sus amigas le habían aconsejado buscar ayuda de un profesional y tras muchas negativas, al fin, había accedido a acudir a la consulta. Lo cierto es que le costaba, aunque muchos tuviesen de ella el concepto de charlatana, boca chancla, la ridícula idea de que parecía contarlo todo, lo cierto era que era incapaz de soltar lo que realmente le hacía daño, aquellas verdades que durante años había encerrado y tratado de obviar, la cara B de una infancia que de alguna forma había vomitado en su madurez.

La sala distaba mucho de esas que aparecen en las películas, allí no había diván, ni una gran cristalera, ni un libro en el sitio preciso ni una hermosa palmera en la esquina. La sala se componía de una mesa llena de papeles,  un portafotos y una botella de agua, ella se sentaba en una silla verde, algo incomoda y esperaba paciente mirando al reloj que se situaba a su izquierda.

La psicóloga entró, la saludó y sonrió, ella hizo lo mismo.

 

 — Y bien ¿Cómo estás hoy? ¿Trabajaste en lo que te indiqué?

—Sí, bueno, ya le dije, yo ahora estoy bien, soy feliz, me siento bien, claro que me faltan cosas pero no dependen del todo de mí.

—Nuria, tienes que soltarlo, sé que hay algo que no te atreves a decir, sé que hace poco que tuviste el valor de contarlo pero tienes que hablar de ello, tienes que hablar de ello de verdad, no me basta con el que ya lo superaste, estás aquí, por lo tanto, te sigue haciendo daño, te sigues haciendo daño.

Nuria bajó la cabeza, la ansiedad volvía, esa puta falta de aire, ese crujir de dientes en la noche, esos desvelos de madrugada, esa angustia que pocos entendían, que nadie veía. Era cierto que, tras 32 años callada, aquel día estalló y lo contó todo, cierto era también que de alguna forma había escupido a la cara de su… Sí lo había hecho y de esa forma, de alguna forma consiguió resarcirse, decir yo no he olvidado, pero…

Nuria fue una niña feliz, siempre trató de recordar su infancia como la mejor época de su vida, creció rodeada de cariño, familia, amigos, hubo cosas, el divorcio de sus padres, aquel episodio de lo que ahora se conoce como bullying, la rebeldía que desarrolló después, su años locos de instituto, su divorcio, su enfermedad… Pero ella siempre se creyó por encima de todo eso, siempre quiso estar por encima y salir de todo sola, ella siempre amó la soledad. A sus 40 años había vivido lo que pensó que debía vivir en cada momento, con sus borracheras, sus desamores, parejas, líos de una noche, viajes, independencia… Todo lo que se pudo permitir, según las circunstancias. Sí, había cosas que echaba en falta, cosas que le hubiese gustado o le gustaría hacer, pero sin ser imposibles no dejaban de ser complicadas. Estaba agradecida con su vida, lo estaba y en aquel rincón en el que habitaba había logrado encontrar la paz. Nuria, sin embargo, no era capaz de reconocer, ver o admitir que algo fallaba, que muchos de sus miedos, esa desconfianza, esa timidez, ese no querer verse entre extraños, ese creer en el amor pero huir hacia otro lado, esa búsqueda continua de soledad venía derivada de todo aquello que llevaba tantos años tratando de digerir. Fue su trabajo lo primero que removió en ella lo que tanto había tratado de callar, era el continuo cuestionar de las victimas que se respiraba en la sociedad el que la invitaba a cerrar el pico, era esa baja autoestima, ese tratar de pasar desapercibida ante ellos, ese rechazo que sentía hacía ella misma, esa culpa ¿acaso no fue culpa suya? Ella era una niña, lo era, pero… Ya se sabe, la culpa es de quien es… Así lo había creído siempre, la gente siempre pensaba mal de ellas, las mujeres… Aún, en esos momentos, seguía habiendo un hedor machista en el mundo, ella no quería ser juzgada, tampoco quería la lástima ni el consuelo.  Nuria quería vivir en paz, solo eso y había aprendido a alejarse lo suficiente como para no volver a sufrir daño, aunque eso significase renunciar a tantas cosas y de alguna forma la condenase a no volver a tener pareja. Nuria anhelaba volver a enamorarse, confiar, abrirse, creer, pero de alguna forma todo aquello había dejado en ella un poso que no reconocía. Durante 32 años se había mantenido en silencio, durante todo ese tiempo vivió en la cara A de su infancia, fueron años en lo que la bestia permaneció dormida, hasta que todo un día hizo click y encontró el detonante que lo hizo estallar, trabajo, noticas y la muerte de una de las personas más importante de su vida… Ahora estaba allí en esa sala, dispuesta a sanar y seguir caminando libre de ese lastre, del que no podía seguir culpándose, ella solo tenía ocho años, tan solo eso… Tenía que sanar por ella, solo por ella y abandonar todo rencor y culpa, dejar de autodestruirse, machacarse y boicotearse… Confiar y soñar en que todo aquello un día dejará de doler y que con suerte llegaría esa persona que la entendiese, que escarbarse y viese que bajo esa coraza, esa supuesta chulería o exceso de confianza solo había una mujer que una vez fue una niña herida pero que sanó y sueña con surcar mares y cielos, pillar carretera y manta, apoltronarse en el sofá un finde de lluvia… Alguien feliz y con ganas de un futuro, sola y acompañada… Y no solo habla de amor. Nuria en esos años aprendió a ser feliz sola, no necesitaba de gente pero debía de abandonar a la soledad como refugio, tenía que verla como una amiga no como vía de escape, ella no le tenía miedo a la soledad le tenía miedo a la compañía…

—Está bien, creo que ha llegado el momento de ordenar del todo esta cabeza.


25 de abril de 2021

El último día...


 

El último día que amanecimos juntos anunciaban tormenta. Aquel domingo cierto fue que despertó cubierto de grises, pero a eso de las diez de la mañana el sol le ganó el pulso y echó por tierra todas las previsiones. 

Tú te levantaste antes que yo, como siempre y yo me había vuelto a despertar sobresaltada en la noche, tú apaciguaste mi grito en tu pecho, meciste mi ansiedad y me devolviste a los bazos de Morfeo. Ya te habías tomado el primer café y echado de comer a la gata, cuando yo irrumpí en el salón aún con los ojos medio pegados y el pelo revuelto.  Me conocías lo suficiente, de más, y sin hablarme te limitaste a besar mi frente y a llenar una taza para mí, otra para ti y a preparar un par de tostadas. Desayunamos juntos y en silencio, en el patio, yo en mi cabeza le iba dando forma a la poda que necesitaba el jazmín, tú revisabas Twitter. De fondo se oía al vecino preparar una de sus clases, a su perro ladrar, quizá pidiendo comida y de la nada una bandada de cigüeñas cruzó el cielo, en mi mente inventé la idea de que aquello era una señal de buena suerte y te miré. Tú seguías con la cabeza metida en el móvil, esperando el momento en que mis neuronas se despejasen y me atreviese a hablar. Di el último bocado al pan y te anuncié que me iba a poner el tinte, tú me dijiste que después, aprovechando el cambio de tiempo, podríamos ir de ruta. Te morías de ganas por estrenar la cámara de fotos que te había regalado por tú cumpleaños. Yo acepté encantada, me apetecía ver el mar.

El último día que pasamos juntos mis pies se bañaban en salitre, mientras tú, cámara en mano, buscabas luces, planos y perspectivas, yo me empeñaba en escapar del objetivo, tú me lanzabas fotos a traición. Yo me tiré en la arena, tú seguiste fotografiando el ir y venir de las olas, yo me sumergí en las páginas de un libro. Cuando el hambre y la sed volvieron decidimos ir caminando por la orilla, nos cruzamos con una familia. El niño torpemente, ayudado por su padre, trataba de hacer volar una cometa, tú volviste a pulsar el disparador, inmortalizando el momento en que esta alzó el vuelo. La suerte de estar en la hora precisa y el momento exacto.

El último día que paseamos junto al mar yo me quemé los hombros y tú me volviste a recordar esa mala costumbre de no contar con el blanco de mi piel y los primeros rayos de sol que se posan sobre ella. Llegamos al chiringuito, de lejos se veía el faro, ese que tú sabías que a mí me obsesionaba desde niña, te había contado muchas veces los veranos que pasé en un camping cercano. Y que aquel día, nuevamente, tú lo habías fotografiado para mí. Era una imagen del mismo tomada dos años atrás, en otra mañana de abril, la que presidia él salón de casa; pero esa era obra mía. Nos tomamos un par de cervezas y compartimos un tartar de atún, arreglamos el mundo, hablamos de nuestro próximo viaje. Llevábamos tanto planeando esa escapada, pospuesta tiempo atrás por la pandemia. Al final de alguna forma aquello jugó a nuestro favor, habíamos encontrado vuelos más baratos y un mejor alojamiento junto al Castillo de Edimburgo, pasaríamos unos días allí, los suficientes para que las piedras se tatuaran en las suelas de nuestros zapatos. Habíamos diseñado una ruta, en coche, que pasaría por toda Escocia, montaña y playas, yo fantaseaba con la posibilidad de ver Ávalon, tú con el Lago Ness, después unos días en Glasgow y vuelta a casa. Ahora apenas faltaban tres meses para que al fin alzáramos juntos el vuelo y me parecía mentira.  Un par de cervezas más, una dorada y una lubina, un nuevo arreglo al mundo, otra charla vana, una escucha furtiva a la conversación de la mesa de al lado y dos cafés después, decidimos regresar. Te dije que me debías una puesta de sol, tú hiciste el gesto de anotarla en tu mano. A mí de la nada me asaltó el deseo de fumar, llevaba diez meses sin hacerlo, los mismos que sin mascarilla. No quise decirte nada. 

En ese último camino de regreso nos inundó la pereza de cada domingo por la tarde, íbamos en silencio, tú de vez en cuando acariciabas mi mano, que yo apoyaba a conciencia en la palanca de cambio, otras eran tus dedos los que se escapaban sobre mi pierna, yo te miraba y sonreía, anunciando la llegada a casa. Esa última vez que nos enredamos entre sábanas oímos de pronto el cielo estallar y el olor de la tierra mojada de las plantas del patio. Al final acertaron, esa lluvia cayó en la hora precisa y el momento exacto. Nos dimos una ducha, tú le diste un último repaso al juicio, en este caso declarado ya culpable de que ese lunes tuvieses que madrugar y hacerte recorrer doscientos kilómetros. Te miraba allí, concentrado y pensaba en cuanto envidiaba esa capacidad de no dejarte llevar por los nervios, sabía de lo complicado del caso, incluso te había ayudado en alguna transcripción. Yo, sin embargo, siempre parecía dejarme ganar por la ansiedad y el estrés, eras tú el que lograba equilibrarme. La gata llegó reclamando atención y yo aproveché para llevármela a la cocina y darle su premio del día, después me puse a preparar la cena.

La última película que vimos juntos, acurrucados con la manta del sofá, era una de esas que yo había visto cien veces y te había hecho ver a ti unas ochenta, habíamos acabado por adorarla los dos y en cada nueva visión siempre encontrábamos algún detalle o entendíamos alguna escena de forma diferente a la vez anterior. Nos acostamos a eso de las doce, apenas te daba tiempo a dormir cinco horas, tu cabeza se posó sobre la almohada y al instante yo noté tu respiración calmada, sumida en el sueño. Yo me quedé mirando al techo, luchando contra el insomnio, no recuerdo a qué hora mis párpados agotados cayeron vencidos.

El último beso que me diste fue a oscuras, mientras yo dormía.

 

 

Mañana hará un año de aquella última vez, es otro domingo de abril, no he vuelto a esta playa, a este lugar desde entonces. Esta mañana, al despertar, en mi despertar, me decidí a descargar aquella tarjeta en el ordenador… Mi pelo, color violín, compitiendo con el azul del mar… Olas estrellándose contra las rocas… La torpes manos de un niño y una cometa…  He caminado por la orilla, mojado mis pies en salitre, sentado en aquella terraza y pedido una cerveza. Al ir al coger el libro me he dado cuenta de que lo he perdido, se me caería en el carril que va al faro, cuando saqué la botella de agua… Pienso en quién lo encontrará, en que quizá de ahí surja una historia de cómo fue a parar un libro allí, en una hora precisa y un momento exacto...  En que qué tipo de persona desalmada deja tirado algo en mitad de la nada y es capaz de no mirar atrás… Marcando así otra hora precisa y otro momento exacto que no se eligió.

Me encendí un cigarro, me puse las Ray-Ban , iba a esperar el atardecer… Y me asaltaron las ganas de llorar.




30 de marzo de 2021

Mi Mariquilla...



¿Sabes qué pasa abuela? Que de alguna forma algo de mí también se fue contigo, que desde aquel 29 de octubre siento que esa niña que luché por mantener viva en mi interior se hizo grande sin querer y ya nada puede ser igual. Es que venía arrastrando mucho, abuela, mucho, pero este lugar en el que ahora habito, y que deseé que conocieras, hizo más leve la travesía… Pero lo cierto es que esa pandemia, de la que juntas “bromeamos” la última vez que te vi en la cama, en la tuya, ya me había hecho mella… Tú siempre quisiste para mí un amor, un buen novio, pero no llegó, abuela, tampoco sé si llegará y, para ser sincera, casi que me da igual… Sí, abuela, todo ese tiempo quizá hubiese sido más fácil con un compañero a mi lado, alguien que como a mí, y a tantos, nos hubiese costado afrontar las noches, el ser capaz de leer un libro o salir a la calle, sin sentir que estas te devoraban… Sí, abuela, es cierto que eché de menos uno rostro en la mañana, un apoyo, un poder abrazar, pero sabes qué pasa, que aun así nada hubiese cambiado, lo que esta pandemia me robó, de lo que el confinamiento me privó, no hubiera sido distinto, porque me quitó de estar contigo, porque te me fuiste el año en que menos te vi, en el que menos disfruté de ti… Y era complicado explicarte que si no iba más a tu casa no era por miedo a que tú me pegases algo, era el de que fuese yo la que te pegase algo a ti… Me vine a este piso con la alegría de tenerte más cerca y… Las circunstancias me hicieron estar tan lejos…

 Para muchos puede sonar egoísta, abuela, lo sé, yo era una privilegiada, lo sé... Pero… En septiembre se marchó mi amiga y… Ya sabes que es algo que también me cuesta asumir y digerir. Viví con el que fuese mi marido la pérdida de su padre, la marcha de seres queridos de mis amigos, pero… Que quieres que te diga, tu marcha es distinta, aunque sepa que fue ley de vida, pero… Abuela, es que… Dejé de ser niña, no sé cómo explicarlo, ni yo me entiendo, el vacío es tan inmenso…

 Te fallé, es lo que siento, no puedo evitarlo… Siento que no fui la nieta que querías que fuera y el problema es que aun así creo que fui como tenía que ser, yo no podía ser distinta… No, yo no te di bisnietos, ni era esa mujer de mi casa, es que yo de alguna forma me críe y crecí entre lo que soy, en lo que tú me inculcabas y en lo que me educó mi madre, ahí radicaba el problema, elegí seguir mis propios pasos y… A ti siento que te fallé… Aun así sé que te sentías orgullosa de mí, que en el fondo te divertía esa nieta rebelde y deslenguada que te soltaba “barbaridades” y a la que tú le soltabas las tuyas… Soy una mezcla de todo eso que mamé, pero en mi generación… Pero no dejo de sentir que te fallé, porque me hubiese gustado darte ese bisnieto, tener esa pareja… No dependía solo de mí, abuela, o sí, pero era eso, yo no estaba dispuesta a ciertas cosas… Y quiero creer que preferías verme feliz y sola que…

 Cinco meses, abuela, no me acostumbro, yo que decía que nos acostumbramos a todo y… No sé cuándo llegará el día en que no verte y no oír tú voz sea eso, costumbre o yo que sé, pero lo veo lejano, imposible… Te echo de menos cada día, cada domingo... Cada vez que agarro tu cadena e intento entender que ahora soy yo la que la lleva y no tú…

 

Esto lo escribí para ti hace años, pero es que siempre me pareció cutre y nunca te lo leí, es que me pusiste el listón muy alto Mariquilla… Que idiota soy, abuela, si siempre estuve y estaré en tus brazos…

 

Mi Mariquilla… Me hace mucha gracia oírte decir eso de que eres manchega cuando tienes un acento tan jerezano... Es que tú eres una jerezana de la Mancha…

Sin mucho esfuerzo, al cerrar los ojos, me veo de pie en el baño, mientras me preparas para ir al colegio y me cantas eso de “En el ojo del culo y olé, tengo un piojo, cada vez que me tiro un peo y olé, le salto un ojo”. Esa eres tú, MI ABUELA. La que me hace reír, la que dice palabrotas y me pasa dinero a hurtadillas. No eras una abuela al uso, no lo eres, ni lo vas a ser nunca. Recuerdo que me decías que cuando fueras viejita yo te cuidaría, y yo te decía que sí, que lo haría. Pero te miraba y me costaba pensar en que ese momento llegase y es que tú, María, mi abuela, eras una mujer de armas tomar, con carácter, de las que nos gritabas si nos retrasábamos a la hora de comer, alegando que el arroz se iba a poner para pegar carteles. La que los domingos empezabas a cortar la barra de helado, entre carcajadas, a sabiendas de que el que parte y comparte se lleva la mejor parte, yo también sonreía, porque de sobra sabía que la otra mejor parte sería para mí. Fui la que te hizo abuela, demasiado joven, eso sí, y también durante muchos años fui la única niña, y eso pues era algo que, sin quererlo, me hizo ser especial, no es que tuvieses favoritos, pero… Tú lo sabes y yo lo sé.

Recuerdo las broncas de mis padres, el hacerme prometer que no te iba a pedir nada, pero después, como bien dice mi madre, ambas nos saltábamos las normas. Me bastaba con un, abuela he visto, para que una moneda se deslizase en mi bolsillo, me bastaba decir yo quiero ir, para estar allí. Me malcriabas, que se dice, Pero a la vez, te salía la vena abuela y me decías eso de te voy a lavar la boca con lejía o eres mocita ten cuidado. En ti siempre vi una cómplice de “fechorías”, un refugio, una mujer a la que querer y admirar. Sí, siempre han dicho que tenías debilidad por mí, pero yo por ti también.

Me gustaba oírte cantar eso de “Pisa morena, pisa con garbo”, me gustaba ver contigo las películas de tú época, mientras tú utilizabas el Semana como “papelera” para las cascaras de pipas. Me gustaba irme contigo a la tienda, verte despachar a las clientas y saber que mirabas para otro lado cuando mis manos se deslizaban hacia las chucherías. Me gustaba jugar contigo al Cinquillo, al Ramy, a la Brisca, ver la cara de pícara que ponías cuando sabías de sobra que una vez más ibas a ganar la partida. Me gustaba oír tus historias de cuando vivías en la calle Lecheras, como esa de que al Juanillo del Cristo lo metían en el Tabanco para cantarle. Cada año, cuando veo a ese gitano navegar por las calles de Jerez le pido que no se olvide de ti y que te acune en su Valle. Recuerdo cuando los miércoles íbamos tú, mi madre y yo a San Judas, la risa que te entraba cuando te piropeaban por la calle, y es que tú siempre has llamado la atención. Recuerdo aquellos viernes cuando me iba contigo a la peluquería de Emilia, eres una presumida de cuidado, siempre con tu espejo y tu barra de labios, con tu permanente perfecta y tu espalda recta. En eso, ni mi madre ni mis tías ni yo, hemos salido a ti, eres una señorona, de pies a cabeza. Muchas veces te digo que echo de menos cuando hacías natillas en Semana Santa, también echo de menos esas tortillas que me hacías cuando volvía del instituto

No, nunca has sido una abuela típica, a ratos quizá. Yo siempre te he visto como una mujer fuerte, decidida, con coraje, con carácter. Y a veces te cabreas cuando te digo que el abuelo tiene más mérito que tú al estar contigo, porque con ese genio que gastas… Pero te lo digo desde el cariño y desde la admiración. Lo sé, sé que conmigo has sido distinta en muchas cosas, por eso yo también siento que para mí lo eres, después de mi madre eres la persona más importante de mi vida, es así, así lo siento.

Me río cuando me dices que por las noches rezas para que me salga un buen novio, sé que te hubiese gustado que así fuese, pero… Quizás tú y el abuelo me habéis hecho poner el listón muy alto y de ahí que no lo encuentre. Me hubiese gustado darte un bisnieto mío, pero lamento decirte que no será así, pero oye, que mis bichitos son adorables y a mí me hacen feliz y a mí con eso me basta y espero que a ti también…

No, no eres una abuela como las demás, pero es que yo tampoco querría una abuela así, es más divertido poderte soltar las cosas que te suelto, “escandalizarte” de vez en cuando, reírme y decirte que dejes de tomar coñac por las mañanas, verte poner esa sonrisa de medio lado… Eres mi cómplice de “fechorías” y me encanta picarte, buscarte las cosquillas, ver que te encelas si le escribo al abuelo y no a ti.

Pero es que ya te conozco Mariquilla y también me conozco a mí. Y para escribir de ti me harían falta siete vidas, porque es eso, para mí, eres una pieza fundamental de mi vida y te quiero con locura. Aún hoy, con tus ochenta y cinco años a cuestas, que sé que te pesan, yo te sigo viendo como a esa señorona que me decía que tendría que cuidarla cuando fuese viejita y yo le decía que sí, aunque me costaba imaginarlo porque era yo la que por aquel entonces dependía de ti. Pero ya ves, han pasado treinta y muchos años y ahora, ya no soy esa niña que se reía contigo antes de ir al colegio, a la que preparabas una lata con cola cao porque no le gustaba la leche sola que le daban en clase. Ya no soy esa adolescente que se quedaba charlando en la puerta de casa mientras el arroz se enfriaba, ni la mocita que debía cuidarse. Hoy soy una mujer, que trata de ser como tú en algunas cosas, ahora soy yo la que te riñe a veces, la que trata de cuidarte cuando lo necesitas… Ahora, empiezo a entender aquello que me decías y que yo prometí hacer sin saber lo que significaba. Y lo único que espero es no fallarte, como tú no me fallaste a mí, saber devolverte todo el cariño que me has dado, esa complicidad, esas fechorías… Sencillamente, cumplir mi promesa. 





 

25 de febrero de 2021

Memories...

(Sevilla 23 de febrero de 1995)




Así, a modo de advertencia…. Me hallo en una lucha encarnizada con las hormonas, no es cuestión de hacerme mucho caso…

 

En fin, en vista de que el virus este que está circulando por aquí me tiene atrofiado el coco y no soy capaz de juntar letras desde hace yo qué sé cuánto, hoy rescato algo que escribí hace casi nueve años y que menciona algo que sucedió hace veintiséis años hoy. Y es que aquel 95 sigue siendo un año especial para mí, de esos que marca un antes y un después, mis 16 años (casi 17) que se me tatuaron en el alma… Y es que éramos tan jóvenes, es que dolía casi todo… Y ahora que ya sobrepaso los cuarenta, ahora que me doy cuenta de que era joven cuando quería ser madura y que soy madura queriendo ser joven, pues… Escribí sobre aquel año hace nueve, vuelvo a recordarlo hoy y no sé, quizá dentro de veinte años me sorprenda diciendo: Ostras es 24 de febrero o 20 de abril o 9 de mayo… Dicen que el primer amor nunca se olvida, se deja de querer, pero no, no se olvida y tampoco se borra de la memoria (supongo) todo lo que lo rodeó… Pues eso, que aquel curso no solo le desquició la cabeza a mis padres, también me la desquició a mí, de muy distinto modo, eso sí…

Del 95…

 Hoy es un día en que a muchos se nos viene una canción a la cabeza nada más mirar el calendario, 20 de Abril, una de las mas cantadas de Celtas Cortos. 

Una carta que se escribe después de muchos años, carta que seguramente no se llegue a mandar, puede que sea algo así como algo que anotas a modo de recuerdo… A veces buceamos en nuestra memoria y recordamos momentos del ayer, nos preguntamos que fue de esas personas que salieron de nuestras vidas sin un motivo aparente, simplemente dejaron de estar… A veces el destino o las nuevas tecnologías te vuelven a reunir con ellas, de otras no vuelves a saber, o te las cruzas de vez en cuando por la calle e intercambias un simple hola o un gesto con la cabeza.

 Yo, hoy, me paré a recordar un 20 de Abril, el del 95, quizás porque sea del que mejores recuerdos guardo en mí.

 Mi época en el instituto seguramente fue como la de mayoría, “la mejor”, en pleno apogeo de una adolescencia en la que crees que te comes el mundo…Es el periodo de las primeras cosas…La primera borrachera, el primer morreo, la primera base, los primeros cigarros, las primeras broncas gordas por la hora de llegada, el primer amor, la primera decepción…La primera colonia que no es Chispas xD… Miro atrás y fue sin duda genial, pero sin duda tampoco volvería a ella; puede que si por un instante, un momento, pero nada más.

 Yo no fui la típica alumna de buenas notas, no, yo en el insti entre siendo una pava que pensaba que no encajaba allí y, como siempre me dice mi madre, de no acostumbrarme, pasé a acostúmbrame demasiado… Pronto me dejé arrastrar por el lado oscuro de las escapadas, el no estudiar y el pensar en musarañas todo el santo día…Adoraba ir a clase, pero para liarla y estar con mis amigas…Hice tres veces segundo de BUP, el primero asumo que no hice nada, bueno si, comer Triskis en la plazoleta de al lado…Después las Mates y la Física y Química me jodieron la existencia; soy de letras, los notables de Latín y Literatura se enfrentaban a los muy deficientes de la parte de Ciencias.

 El curso 94/95 fue sin duda mi año, aquella clase de 2ºE la recordaré toda mi vida. Cuando, alguna vez, hablo con compañeros de entonces todos tienen algún recuerdo y es que fuimos un curso piña, donde iba uno, íbamos el resto detrás y por más que trataron de silenciarnos, no hubo profesor que no acabará desquiciado ante nosotros. Recuerdo medidas desesperadas del tutor cambiándonos de sitio y de compañero, daba igual, allí todos hablábamos y conspirábamos con todos, obvio que había ese típico grupo de las “empollonas excluidas”, que obviamente tuvieron hasta su sevillana dedicada en la Feria. Aun me rio recordando a todo el grupo, de los no empollones, por el Real, cantando a golpe de tambor…

 Recuerdo el día de las notas de primer trimestre: la lluvia de nieve en botes de spray, las cervezas en la Tasca San Pablo… El día en que la clase ganó la medalla de oro en baloncesto, durante la semana cultural; la fiesta del 24 de Febrero en Jerez Central, la excursión a Sevilla, el día en la feria, las quedadas tras los exámenes finales y en especial aquel 20 de Abril, en que fuimos de excursión a las ruinas romanas de Bolonia, con  posterior estancia en la playa…Toda una clase de “adultos” frente a unas botellas de tinto con limón… Risas, chistes, canciones y todos jugando al conejo de la suerte, dios las cosas que se vieron allí… Aún recuerdo lo que sentí cuando tras ese “que te guste más” estaba la figura de mi nº13, aún se me pone cara de idiota al recordar que la elegida fui yo… Me acuerdo como si fuese ayer de uno de mis compis, con más tintos de la cuenta, cantando por la chirigota de Los Lacios, a toda nuestra clase jaleando, en lo alto de la duna, “Que le pida salir” y a mí buscando la manera de enterrarme en arena…

 Aquel día fue demasiado especial… Ese curso fue especial… Recuerdo conversaciones, días completos, momentos como aquel en que, de la nada, una canción de Nirvana fue interpretada para mí, a poco más de las 8 y media de la mañana; Yo era el nº12, el intérprete el que le seguía… Miro atrás y pienso en aquella clase de desdoble de Inglés en que vimos Aladdin (en inglés) y el profesor acabó dejándonos por imposible a los dos: Tú siéntete ahí... Y allá que iba el otro con la silla detrás a sentarse a su lado y así hasta que se dio por vencido…

 Hoy por hoy no es que me sienta orgullosa de haber malgastado mi tiempo como lo hice en aquel momento, simplemente es que no veía que lo estuviese haciendo, yo quería vivir e ir contracorriente y eso hice… No presumo de tripitir curso, ni de los disgustos que le di a mi madre, fui una digamos “Rebelde sin causa” y cuando quise sentar cabeza mi tren ya se había marchado. Puede que de no haber pasado tanto de todo hoy sería una Licenciada en Filología Hispánica o en Historia del Arte, pero yo decidí libremente ir por otros caminos. No me arrepiento de lo que hice, pero si de lo que no hice.

 No, no volvería a ser adolescente, ni en broma, quizás, como mucho, en sueños, pero nada más, a pesar de guardar recuerdos increíbles, no, no quiero volver a tener 16, ni 17, ni mucho menos 15. Prefiero eso, mirar de vez en cuando las agendas, los diarios, las cartas y las fotos de aquellos años, sonreír al ver ese Natalia x X en algún libro de texto, esa marca en la obra de teatro de Lope de Vega, en la que me tocó ser Casilda y pronunciar aquello de “No tengo señor mas que a Pedro” ante el cachondeo generalizado de toda la clase y mí posterior tierra trágame. No, no quiero volver, me basta con eso, con los recuerdos que siguen amontonados en el cajón de mi memoria y que en días como hoy los saco a pasear.

No voy a poner una canción de aquellos años, sino una de ahora… Muchos nos creímos los reyes del mundo.

Me quedo con lo bueno y aprendí de lo malo.