19 de agosto de 2019

A la orilla del río...




Tumbadas en aquellas hamacas ambas miraban las estrellas en busca de destellos fugaces de felicidad, de alguna manera ellas pensaban que por una vez todo parecía irse poniendo en su lugar y que después de ocho años al fin les tocaba ver deseos cumplidos, lo peor de sus vidas había pasado y era el momento de encontrar respuesta, consuelo y recompensa por aquel pasado que finalmente empezaba a quedar atrás. Con su vista clavada en el cielo formulaban deseos y pedían respuestas, un resplandor las hacía estallar en carcajadas, y si realmente era cierto que de una vez las cosas les iban a salir como querían, como merecían, porque las dos tenían claro que sí, que de todo se aprende, que de no haber pasado por todo aquello no serían las mujeres que eran, pero era eso, estaban cansadas de aprender a base de palos, sus espaladas estaban los suficientemente machacadas ya… Ocho años y medio compartiendo viaje en distinto vagón pero en un mismo tren, seis pared con pared, como decían, ambas saboreando sinsabores, recomponiendo el corazón, pero juntas, con esas vidas paralelas… Y bromeaban con eso de que sí, de que por fin parecía que todo iba encajando, que al fin veían luz al final del túnel. Y sí era verdad de que ese año al fin iba a ser su año… Les costaba creerlo, pero querían hacerlo, porque por una vez después de tanto tiempo el cielo les gritaba que sí, aunque fuese en esperanzas en forma de estrella fugaz.  Y por eso, porque ya le tocaba desvelarse con risas y no con llantos, aunque nunca hubiesen perdido el sentido del humor… Ellas habían compartido muchas noches de desahogo, de miradas perdidas, de preguntas sin respuesta… Y entre risas se consolaban diciendo aquello de que el día que todo fuese bien no se lo iban a creer… Y recordaban momentos, días, sucesos, años… Cada una en sus zapatos sí, pero…

Aquellas horas, algo más de cuarenta y ocho, dos días… Habían sido el principio del comienzo, para una porque al fin se había atrevido a hacer una escapada sola, para la otra porque, de rebote, después de tanto al fin iba poder empezar de cero en otro punto de la ciudad. Sí, nada más llegar a aquel pequeño paraíso, tan lejos y tan cerca de sus rutinas, había llegado la noticia y aún andaba asimilando eso que ya parecía ser un hecho. Mirando las estrellas era fácil soñar…  Y por una vez esos sueños parecían hacerse realidad.

El último día habían planeado ir más allá, una semana antes una de ellas se había quedado con las ganas de meterse en aquel río en el que de niña tanto disfrutó, al que tanto cariño le tenía, todo lo que le devolviese a su infancia era especial y aquellas frías y cristalinas aguas lo eran.  Y  en su orilla, decretaron que de una vez todo lo anterior quedaba allí, que ahora tocaba mirar al frente y dejar ir, que todo lo fluiría como discurrían aquellas aguas y que estas arrastraban finalmente los miedos… Aquel baño llegaba cuando tenía que llegar y con quien tenía que llegar, ellas lo sabían, ellas se entendían…

Y sí, tocaba volver al punto de partida, pero eso, volvían renovadas… Para una que aquella mochila se rompiese, justo al dejar aquel rinconcito que habían hecho suyo, fue de alguna manera otra señal, era de lo poco, quizá lo único, que conservaba de él y era eso, había llegado el momento de dejar atrás, ya no solo pesados equipajes, también livianas mochilas… Y aunque ella no lo supiese alguien más estaba haciendo aquel viaje, alguien con quién se encontraría poco después, alguien que ella después llevaría a su punto de partida… Alguien con el que deseaba recorrer mil y un caminos, de ida de vuelta, aunque él no lo supiese… Pero ese alguien le contó que tenía otros lugares a los que ir y otras cosas con las que encontrarse… Y de alguna forma volvió a no entender las jugadas del destino… 

Tendría que volver a la orilla del río…




Y esta va por ellas...




13 de agosto de 2019

Asignaturas pendientes...



Estaba claro, no, ya no era la misma, había cambiado, más de lo que ella misma creía, más de lo que llegó a suponer. No, jamás se hubiese imaginado actuando así, sin pensar, dejándose llevar y arriesgando… En el fondo ella sabía que era algo que tenía que pasar, pero llevaba años posponiéndolo. Ella intuía que aquello quedaría en lo que había quedado, una deuda saldada, de alguna forma adquirida durante años, algo que de alguna forma siempre estuvo ahí, latente, pero que nunca se llegaba a materializar, a hacerse real… Ahora lo era, ya había pasado y el resultado era lo de menos, lo importante era eso, que se había liberado de aquella asignatura pendiente, ahora ya estaba del todo libre de equipaje. Y quizás fuese una forma fría de verlo, más cuando de por medio estaba una amistad de años, pero… La Vega de hacia unos años no hubiese sido capaz de actuar como lo había hecho, ni abandonándose a oscuras entre unas sabanas blancas ni largándose a desayunar sola porque era lo que le apetecía. No, obvio que no, pero la Vega que ahora era sí, esa si había sido capaz de aceptar una proposición sin pensar y sin culpas, porque ella era libre y como tal ejerció esa libertad, la de besar y la de marcharse sin hacer ruido.

No podía negar que se había sorprendido a sí misma, para bien, obvio, pero sí, se había sorprendido, porque por primera vez había sido capaz de reivindicar su derecho a elegir… No le importó el que pudiesen pensar de ella, no, al fin había actuado con la libertad de una mujer que no se avergüenza de ser como es… Y ya iba siendo hora… No, por una vez no iba a esconderse, ni se iba a privar de lo que quería hacer, porque al fin y al cabo allí no había compromisos y ella tampoco estaba dispuesta a asumirlos, y sí, le había tocado fingir, pero lo había hecho en su propio beneficio, aunque sabía que era de las que no sabía fingir y que a buen entendedor… Pero le daba igual, eso la sorprendía, pero es que le daba igual, y le resultaba extraño, porque era una nueva faceta de ella, algo que siempre ansió y que por fin conseguía. Y sí de algo estaba molesta era de la actitud de él, sí, a ver, ella no le reprochaba lo sucedido antes, le reprochaba el después, el no saber afrontar, esa frialdad, ese pasotismo, ese escudarse y esconderse tras un partido de (puto) fútbol, ella ya había vivido eso, no, no estaba dispuesta a pasar por otra igual, no a sus años, no a los de él… Con cierta edad hay cosas que se pueden entender, a otras no, a otras se supone que somos lo suficientemente adultos como para hablar, y si no se habla pues se da a entender… Lo que no vale son otras cosas, por eso mismo, porque ya somos mayorcitos. Pero eso, lo que había pasado, ese estúpido velo era demasiado denso… Ella no iba a forzar nada, pero tampoco iba a actuar de una forma que le dejase un mal sabor de boca… Y todo hay que decirlo, aquel desayuno a solas y ese paseo matutino le habían hecho sentir más viva que nunca, más ella que nunca.

Estaba cansada de aparentar, de fingir, de no ser ella, de tratar de agradar, llevaba mucho evitando ser así. En esos días se desprendió del todo de aquello, nunca más, nunca… Ella era como era, lo que era, para bien o para mal, y sabía estar sola, disfrutaba de esa soledad y cada vez menos miedos hacían nido en ella… Se había atrevido con aquella carretera de sierra, qué más podía pedir tras catorce años de carné… Y en parte lo hizo por él, pero sin saberlo la beneficiada había sido ella, ahora ya tenía nuevas formas de huir, sitios nuevos en los que perderse…

Para ella aquellos días serían una nueva enseñanza, lo esencial seguía en pie, al menos para ella, él seguiría siendo ese amigo de años y ya… Para ella esa deuda estaba saldada, en ese aspecto se había pasado página y no volvería a hacerse mención… Amistad, punto y final… Y todo estaba bien…  Lo verdaderamente importante ella lo tenía claro, demasiado claro, para bien o mal, era eso, su parte estaba clara…


Curiosamente días después otra parte, otra que parecía normal, volvió a hacer "acto de presencia" y era eso, ella su parte la tenía clara, demasiado clara… Su soledad y ella, no había más… Y una estúpida esperanza, sí, muy estúpida, de que todo aquello era necesario para llegar a su verdadero tren… A ese vagón al que realmente pertenecía….


(canción moñas hortera, que... Pues eso...Benevolencia)




4 de agosto de 2019

Salitre...





Había pasado un año desde que por fin diese el paso, no había dejado que llegase el aniversario sin lanzarse a volver a hacerlo, esta vez solo daba para irse a unos cuantos kilómetros de su ciudad, pero eso bastaba. El mar, las puestas de sol, las risas, los desayunos con vistas, las cervezas con olor a sal, merecía la pena, claro que la merecía y cumplían sus funciones, hacerla olvidar y desconectar, renovarse o morir… Y es que como decía la canción: En la orilla del mar es más fácil soñar…
Lo había conocido allí, en Conil de la Frontera, una noche, de esas que no esperas mucho, la última que pasaría allí. La tercera, la vencida…  La cola del servicio tuvo la culpa, el descaro de su amiga, la extraña timidez de ella… Y él parecía normal, así lo creyó Antía.

—Tía, que mucho tatuaje del principito y lo que quieras pero… Que si las canciones, que si aquella peli que me dejó cogida, era eso, parecía normal, es más, si me apuras pensé que era aún más moñas que yo.

—Ya, si es que, yo también lo creí, lo mío no es hacer de Celestina, cada vez lo tengo más claro. No doy una.

—Que tú no das una, la que no da una soy yo, que llevo dos en un año, por no hablar del de siempre, en serio, con lo tranquila que yo vivía cuando iba a mi bola. Estoy aburrida, es que cada vez tengo más claro que no merece la pena.

—A mí me lo vas a contar, que mira mi última historia.

—Sí, ahí la trotaconventos fui yo y vaya que también me lucí.

—Ya, pero si el problema es ese, que de primeras parecen normales, es con el paso de los días que te das cuenta de que están fritos de la cabeza.

—Y no eso, encima con complejo de microondas, que mucho calentar pero… Es que mi cara al ver la foto, con destello de estrellas incluido, osea, pero chaval qué me estás contando,  que tenemos edad suficiente como para follar sin compromiso, no para hacer el imbécil por whatsapp. Y encima me pide una foto mía… En serio…

—Se la quería machacar a tu costa.

—Encima, y va y me lo da a entender… Perdona, mira haz lo que te de la gana, pero a mí no me lo cuentes, no, si no me vas a implicar del todo, a ver cómo te explico que yo soy de una tierra en la que se dice que si no se toca no se ve… Y que estamos solo a 60 kilómetros, chaval.

—Ya, es que, qué te digo, si vamos de una en otra, el más pintao te la da y cuánta más cara de tonto, peor… Se te quitan las ganas, yo ahora mismo mi vida, mi curro y a la mierda todo.

—Ya, si es que… Pero es triste, mucho, ver a lo que han relegado las historias, yo sigo pensando que me quedé anclada en otra época… Y a ver, que llevo el tiempo suficiente sola como para saber que mejor así que mal acompañada, pero, no sé, alguna parte estúpida de mí quería seguir confiando en que algún día encontraría a un ser semejante.

—Yo he tirado la toalla, la verdad, como que paso… Él que no se acojona frente a un compromiso, es todo lo contrario y cuando te das cuenta hasta pretende prohibirte que hagas topless en la playa… Y encima el problema eres tú, mucho decir que quieren mujeres con carácter y al final, todos buscan una mala versión de la sumisa Eva. En el fondo yo creo que se acojonan ante tías como nosotras.

—Pues mira, yo es que no pienso cambiar y menos a estas alturas de mi vida, que me basto y me sobro, que por bonito que fuese tener un cuerpo al que abrazar, una ya sabe lamer sus propias heridas… Cosas como estas lo único que hacen es que me den ganas de volver a cerrar las puertas, volver a aquello de A fuego…  Y en el fondo, sé que, inconscientemente, lo he hecho…

—Pues sí, a disfrutar a nuestra manera y mira, que como dices, que mejor sola, que total, el mercado está fatal y para ir dando bandazos y alimentando decepciones pues… Amazon ofrece una gran variedad de amigos a los que no hay que dar explicaciones y solo te producen alegrías, y también hay muchas ofertas de pilas…

—Me lo dices o me lo cuentas, la mejor de mis inversiones en los últimos tiempos… Pero, aún así, me duele haber llegado este punto, pero he dejado de sentir, en serio, yo ya no tengo ilusiones, y da miedo y es extraño, como dice la canción… No hay más miedo del que se siente cuando ya no sientes nada… Y como dice otra canción, No hay un corazón que valga la pena… Y sinceramente creo que ya ni el mío…


Antia se creyó de nuevo aquello de que igual había encontrado a un raro, que aquellas dos semanas de conversaciones eran el preludio de algo, creyó que se estaban molestando en conocerla, pero… No, todo resultó como con el del portazo…  Una falacia, otra más… Y obvio, cada vez dolía menos, en este caso porque él además era casi un desconocido y no un supuesto amigo de años… Pero, de alguna forma era eso, otro arañazo… Nunca fue demasiado confiada, o quizá sí, pero ya no, ahora eso de confiar era para ella casi un imposible, por mucho que necesitase hacerlo, pero…  Ese cactus cada vez tenía menos flores y más espinas…





1 de agosto de 2019

Esperando su tren...





Penélope seguía allí, con su mochila de piel negra, sentada en aquel solitario banco del andén. Observaba las vías, el ir y venir de los trenes, aún no se había decidido por ninguno, o sí, aquel que la llevase hasta Ulises, pero no llegaba, igual no existía...Y en silencio fumaba un cigarro, miraba al cielo y suspiraba. ¿Dónde estás? A ratos deseaba abandonar aquel lugar, agarrar su maleta, cargada de pasado y volver a regodearse en él. Sabía que era una mala decisión, tenía que enseñarse a no seguir mirando hacia atrás, no de la forma en que lo hacía, no dejando que el miedo a sus fracasos empañases sus triunfos.

La habían jodido, sí, de alguna forma lo habían hecho, pero tenía que creer que todo aquello no era más que una enseñanza y no una alerta. Ella no creía en eso de que todos fuesen iguales, aunque sus últimas experiencias así quisieran hacérselo ver, cierto es que estaba cansada de todos aquellos que se marcharon con una promesa de vuelta cosida a sus labios y no volvieron, pero el tiempo había demostrado que era mejor así. Todo aquello pasó y la había llevado a ser la mujer que era, durante años necesito una soledad no compartida, reencontrase consigo misma, conocerse, volver a retomar todo aquello que la hacía feliz y que por agradar a otros abandonó. Estaba cansada de que la quisieran a medias, incompleta, ella era como era y punto. Con sus defectos y virtudes, con sus manías, con sus despistes y su mal humor en las mañanas. Y ella siempre quiso así, ella de alguna forma siempre respetó al otro, salvo cuando se veía ahogada en ellos, cuando le cortaban las alas y sus ganas de volar se acrecentaban. Al final de cada relación, al analizar, siempre veía que ella había dejado atrás su esencia, le había tocado moldearse y que estúpidamente lo había hecho y era algo de lo que de alguna manera se culpaba. Eran tres las relaciones con algo de peso que llevaba a sus espaldas, seguía idealizando aquella cuarta, la del primer amor, ahí no dejaba de ser una niña descubriendo el amor. Hacía tiempo que se deshizo de las fotos que la devolvían a todo aquello, mirarlas era no reconocerse y ella no soportaba eso. Aún seguía desconcertándose cuando al mirarse en el espejo el reflejo no era el esperado.

Aquellos años de soledad eran comparables a una montaña rusa, arriba, abajo, en un busco-me constante, ahora sentía que debía abandonar aquella frenética atracción, el trayecto había terminado, la sirena sonó y sin saber cómo se había visto sentada en aquella estación, lejos ya de aquel extraño parque de atracciones. A cada lado una maleta, una eso, cargada de pasado, otra hecha de presente, de su yo, de ese que había logrado encontrar, pulir y reivindicar. Y permanecía aferrada a las dos, cargada de miedo, soltar era difícil, mucho. No olvidaría, eso nunca, olvidar ya se sabe, es volver a repetir historias, tenía muy claro que eso no iba a ocurrir, pero aún así, estaba paralizada en la acción de dar un paso más, de terminar de mostrarse frente a alguien y de que la quisieran así, tal como era, un poco hada chalada, pero de buen corazón. Existiría ese Ulises que la comprendiese, que estuviera dispuesto a huir hasta Ítaca, a naufragar en Ávalon…  ¿Estaba dispuesta ella? Miedo, esa era la única y maldita respuesta, inseguridad. No, ella no era una cobarde, es un poco valiente a toro pasado quizás.

Estaba allí, en aquella estación, viendo las horas pasar en el reloj, a sabiendas de que ese vértigo innato en ella le impedía lanzarse a ese tren, que llegaba con retraso… Vértigo, le daba vértigo, necesitaba que una mano la agarrase, era eso, que alguien entrelazara sus dedos a los suyos y le dijese salta, atrévete, ya veremos que encontramos. A muchos les extrañaba eso de ella, que a pesar de su vértigo siempre se subiese a las atracciones más altas, pero esas siempre la sujetaban, se aferraba a aquellas correas y cerraba los ojos, para después abrirlos y disfrutar de la experiencia… Una mano, un empujón, un tú puedes, un podemos… Que ese Ulises entendiese que ese miedo a las alturas era algo de lo que no había logrado desprenderse, pero que estaba dispuesta a correr el riesgo de precipitarse al vacío… Un vacío que por una vez no devorase a su Penélope.


Sacó de su bolso las agujas de punto y comenzó a tejer… Aún quedaban horas hasta el atardecer.