14 de enero de 2019

El sitio de mi recreo




Tenía las caderas algo anchas en comparación con el resto del cuerpo, pero su figura era armónica, aquello, sin duda, la dotaba de una sensualidad añadida. Caminaba despacio por la casa, siempre con algún mechón rebelde, desprendido de su moño, cubriendo el tatuaje que meses atrás se había hecho en la nuca. A mí me gustaba contemplarla mientras se arreglaba para salir, cada movimiento, cada acción, siempre acorde. Era su ritual, nunca se saltaba ningún paso.  Clara siempre lucía perfecta, como sacada de la portada del Vogue. Era ligera y delicada como una pluma, alegre, fuerte y decidida. Una mujer de bandera, mi mujer.

Teníamos un pequeño apartamento en el centro de la ciudad, apenas cuarenta metros eran testigos de aquel amor que nos regalábamos a cada rato, sin fisuras, sin reproches… Clara se había encargado de decorar cada rincón, yo apenas había dado mi opinión en nada, salvo en el tipo de encimera que pusimos en la cocina. Aquella fue nuestra gran disputa, no había manera de hacerla entrar en razón y yo tampoco estaba dispuesta a ceder. Al fin y al cabo era a mí a la que le tocaba cocinar, ella siempre sonreía divertida y proclamaba a los cuatro vientos la relación hostil que existía entre ella y la vitrocerámica. Aún así ganó ella, siempre lo hacía.

Clara y yo nos conocimos en el trabajo. Aún recuerdo aquel septiembre, cuando la vi entrar en la sala de profesores, cargada de papeles y algo perdida. Fue eso que llaman amor a primera vista. Al ver la reacción del profesor de educación física supe que no había sido la única víctima de aquel embrujo. Pero me adelanté a los pasos de Jose y corrí hacía ella; apenas pude pronunciar palabra, ella me sonrío y yo quedé idiotizada de por vida. Aquellos primeros días de curso, aún sin la presencia de los alumnos,  me las ingenié para acercarme a ella de forma sutil. Me ofrecí  a enseñarle la ciudad, presentarle a gente, conocer los mejores bares, las buenas tapas y nuestro maravilloso vino.  Yo, como antigua interina, tenía experiencia en eso de llegar de nuevas a un instituto plagado de titulares asentados y endiosados. Para Clara era su primer destino a curso completo, llevaba dos años dando tumbos por distintos centros de la comunidad y, bueno, resultó que estaba más espabilada de lo que yo pensaba. Así que mi táctica de salvadora de vidas no obtuvo los frutos esperados. Pero no me rendí, de alguna forma tenía que llegar hasta ella. Tres días antes de dar el pistoletazo de salida a las clases, me la encontré en una librería cercana a mi antigua casa. Ella estaba al fondo, ojeando una antología de Bukowski, a mí los vellos se me pusieron de punta, aquella chica me gustaba, ¡Joder! Y tanto que me gustaba. Me atusé los rizos y me fui directa hacía ella. Mi intención era obvia, quería terminar la tarde recitándole versos en la cama. Una vez más me di un hostiazo de órdago.

Clara me lo puso difícil, mucho. Soporté todo el primer trimestre a su lado, al menos no compartíamos departamento, tampoco me hubiese gustado ser su jefa. Algunas mañanas, durante los descansos, me la encontraba estudiando por los rincones, ese año volvía a presentarse a las oposiciones y estaba convencida de que sacaría plaza. Huelga decir que también me ofrecí a ayudarla en ese tema, pero una vez más fue en vano. —Enrique me ayudará con la programación, gracias de todas formas—me dijo. Recuerdo que miré al susodicho y… Pero claro, Enrique era el jefe del departamento de Historia, la asignatura que ella impartía. Todo el mundo comentaba el buen rollo que había entre ellos, por los pasillos corría imparable el rumor de que estaban liados. A mí me comían los celos. Aquel tío era aburrido, se veía a leguas, Clara era como un colibrí y él un puñetero erizo, siempre en su mundo, hablando de grupos infumables, de sus viajes, de arte, de política… Bueno, reconozcamos que el colega era muy interesante, de los que cualquier mujer acabaría pillada, menos yo, por dos claros motivos; no me atraían los hombres y además era mi rival.

No fue hasta marzo, ya sumergidos en el segundo, e interminable, trimestre,  que el destino se puso de mi parte. Como tutoras de 4º de la ESO fuimos las elegidas para acompañar a los alumnos durante el viaje de fin de curso. Juntas nos tocaría lidiar con aquella panda de hormonas en efervescencia, y por una vez no hablo de las mías. ¡Chúpate esa, Espinete! Pensé al ver la cara de desilusión de mi archienemigo. Con la excusa de elaborar un programa interesante de actividades donde se mezclase lo cultural y el ocio, la contratación de las visitas, hoteles y demás, logré que Clara y yo pasásemos más horas juntas. Ahí empecé a conquistar terreno y a enseñar mi lado más seductor. Aquella excursión a tierras del norte supuso un antes y un después en nuestra historia. Yo no soy del todo creyente, pero la magia de Covadonga me obró el milagro.

Y ahí estábamos, Clara y yo, tres años después de todo aquello, ella en el Alventus y yo como directora del Puerta del Sur. Era mejor así, cada una en un centro, lo decidimos de mutuo acuerdo cuando aquel verano ella aprobó, con una de las notas más altas, el examen de oposición. Esa mañana estaba más guapa que nunca y yo la miraba desde la cama, embelesada, mientras se maquillaba,  ya he comentado que me encanta hacerlo. Se pintó la raya del ojo, después un poco de sombra para ahumar, un poco de colorete, rímel transparente, brillo de labios y lista. Yo aquel día me peiné diferente, había cambiado de perfume. Clara no reparó en nada de eso, le daba igual, ella no tenía esa manía mía de estudiar rutinas, yo sí me había percatado de que de su cajón de ropa interior faltaba la más sexy. Aquel día le dije que tenía claustro, ella sabía que dichas reuniones se alargaban hasta el infinito en muchos casos, y ella tres tutorías con padres,  así que ambas teníamos una buena coartada. Vi a Clara alejarse con su bicicleta calle abajo, yo arranqué el coche y puse rumbo al instituto.

A las siete en punto estaba en mi destino, era consciente de que todo aquello no estaba bien. Había conducido durante cuarenta minutos para llegar hasta allí, pero no podía arriesgarme a ser descubierta, no sabía cómo explicar aquel, a mis ojos, inocente engaño. Me desvestí y me dejé hacer, aquellas manos me llevaban lejos, muy lejos… Después me di una ducha rápida para borrar huellas y me puse el bañador, que estratégicamente había escondido días atrás en el maletero. Lo normal era primero pasar por los baños y después el masaje, pero la recepcionista del spa me había informado de que no quedaban horas disponibles. Así que invertí el orden, el resultado era el mismo al fin y al cabo. Nadé feliz por la piscina templada, para pasar por la fría y relajarme del todo en la caliente. Una parte de mí se sentía culpable, pero era eso, una escapada carente de malicia, de vez en cuando me gustaba hacer cosas así a espaldas de Clara.

Me encontraba sumida en un semi sueño cuando oí unas voces que me resultaron familiares, apenas eran un murmullo, pero distinguía claramente aquel tono, ese acento, era él sin duda. Ya comenté que poseía encantos suficientes para camelarse a cualquiera, su voz era uno de ellos. A él siempre le encantó contar que a su flamante esposa la había conquistado así, a través de susurros y canciones cantadas al oído. Clara me confesó que ella también sucumbió de la misma forma, pero que, finamente, tras varios encuentros, cortó con él, ella no estaba hecha para ser la otra; y mucho menos la otra de la otra y de otra más.  Abrí los ojos, me deslicé con sigilo y allí, al fondo de la otra sala lo vi todo, ahí estaban Espinete, perdón, Enrique, el flamante jefe de departamento de Historia, con Paula, la tímida, y recién llegada, profesora de matemáticas.

¡Maldito cabrón! Es que siempre tenía que llegar antes que yo.



Objetivo 14: Escribe sobre una infidelidad
Objetos: Una pluma y una bicicleta 

Este relato participa en el #Origireto2019 creado por @Musajue pincha aquí y por @Stiby2 pincha aquí 

1 de enero de 2019

Confesiones de año nuevo...





Releyendo escritos de antaño me topé con esta lista que hice en el 2012, por aquel entonces puse 33 cosas de mí, que era la edad que tenía. Hoy, a poco menos de seis meses de los 41, a mitad de mis 40, esos que tanto temía y que tanto me han enseñado, he ampliado la lista… Queda así y así empiezo este nuevo año... 

El 2019 será... Cómo tenga que ser… 

1. No me gusta mi nombre, creo que no encaja del todo conmigo.

2. Adoro el sabor del regaliz, el chocolate y la cerveza.

3. No soporto a la gente que miente, se esconde o no es sincera.

4. A veces peco de ser demasiado sincera.

5. Hay momentos puntuales en los que las hormonas me ganan la partida.

6. Me gusta escribir, leer y escuchar música.

7. Si estás tres cosas puedo hacerlas junto al mar o en la montaña mejor que mejor.

8. Soy un poco bastante quisquillosa.

9. Es mejor no verme cabreada.

10. No me considero rencorosa, si perdono, perdono, sino prefiero no hacerlo.

11. Mi color favorito es el malva…lilas, morados, berenjenas, violetas…

12. Me gusta vestir de negro (oscuro).

13. Mi prenda favorita es una camisa blanca.

14. Necesito tener cerca una estrella de David (de ahí mi tatuaje).

15. Adoro a mis gatos, son mi compañía perfecta.

16. Mis grupos bandera son, Bon Jovi, Héroes del Silencio y Extremoduro.

17. Soy feliz contemplando atardeceres.

18. Estoy enamorada de los paisajes toscanos.

19. Me gusta mirar por las ventanas.

20. Tengo muy mala leche cuando me levanto, sobre todo si he sido despertada.

21. Me jode no tener dinero para poder viajar, es otra de mis debilidades. (Ahora he descubierto el placer de hacerlo sola).

22. Quiero aprender a tocar la guitarra.

23. Prefiero caer mal a la gente que me cae mal a mí (y cada vez es más).

24. No aguanto que me digan lo que tengo que hacer con mi vida.

25. Soy una friki de El Señor del los anillos.

26. Mis series favoritas son Sexo en Nueva York , Cuéntame y CCAVM.

27. Siempre lloro con la película La vida es bella.

28. Cuando voy por la calle estoy en mi mundo… No veo a nadie.

29. Me gusta la soledad.

30. Me da miedo el silencio.

31. Tengo pánico a las cucarachas, ratas y avispas.

32. Me gusta mirar la luna y las estrellas.

33. Me gusta la palabra FE.

34. Sí, tengo vicio con Ismael Serrano.

35. Mi película favorita es Grandes Esperanzas (A.Cuarón).

36. Soy rara, pero transparente.

37. En el fondo, creo en el AMOR (aunque no lo haya encontrado).

38. Los mejores regalos que recibí de niña fueron, una cámara de fotos, un reloj y libros.

39. Soy cada vez más cínica, irónica y sarcástica…

40. Me siento muy cerca del Yo que quiero ser.


18 de diciembre de 2018

Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa...




Y es que acaso no lo ves, no debiste ir por ese camino sola, con esa ropa, con esas pintas… Ahora de qué te quejas, si la culpa es tuya, en serio no te das cuenta. No me seas ilusa, que llevabas puesta esa falda corta y las cachas al aire, no vengas a quejarte porque no llevas razón. La culpa es tuya y solo tuya, de nadie más, de veras esperabas que él se controlase, si se lo pusiste a huevo hija… Y mira que te lo he dicho veces, que mejor dar un rodeo y tardar media hora más que acortar camino por ese sendero.  Pero no es algo evidente, alma de cántaro, que quien evita el riesgo evita el peligro, que debes controlar cada paso que das y por cada sitio que caminas, a quién se le ocurre ir sola, a ti, solo a ti, mira que te lo tengo dicho…
Si es que no os dais cuenta, pero vais provocando: que si el maquillaje, que si medias de rejilla, que si ombligo al aire, que si melena suelta y taconazo, ahora querrás que ellos controlen su lengua y sus instintos, claro, de esa guisa a ver cómo, es que es obvio que no hay manera. Vas pidiendo a gritos que te suelten cuatro borderías, que se te arrimen y te susurren al oído que estás para follarte. ¿No lo ves? ¿De verdad qué no? Pues bonita, tienes un verdadero problema, te lo digo en serio. Mientras no te comportes no pidas respeto, no me seas hipócrita. Anda que no os mola que el jefe, el compañero de trabajo o el albañil de turno os diga lo buenas y apetecibles que estáis, anda que no, como a gallinas os pone…
A mí es que me hacéis mucha gracia, en serio os lo digo. A ver, dime qué mujer que camina sola a las once de la noche, con un pantalón ajustado y un top, no va pidiendo a gritos que le den caña… O esas que salen a correr con sus leggins y su camisetita bien pegada al cuerpo no esperan desesperadas un buen revolcón. Ahora tendréis la poca vergüenza de decir que son ellos, unos machos de pies a cabeza, los culpables de vuestras provocaciones, si es que… La cara como el cemento armado… Y ya cuando ponéis como excusa que sois lesbianas, venga ya, eso no os lo creéis ni vosotras, una buena polla es lo que necesitáis, frígidas de mierda, que no tenéis ni puta idea de lo que es un polvo, un señor polvo.
Anda y dejaos ya de feminismos, de consignas baratas, de decir que, #NiUnaMenos, si ellos saben de sobra que en el fondo lo estáis deseando, que ni a base de hostias os enteráis, que la culpa es vuestra, desde los tiempos de Eva. No hay más que veros, muchas os hacéis las valientes, con la llaves en la mano, como si eso os fuese a servir de algo, a excusar de nada, al final las cosas son como tienen que ser; y oye, que si se le va la mano, te lo has buscado por hacerte la digna, calladita y con las piernas abiertas estás más guapas y todos salimos ganando, si sabes que en el fondo en lo que deseas, para qué te haces la dura, mira por donde te ha salido el tiro al final, ahora encima le vas a buscar la ruina a ese muchacho, menos mal que la justicia está de su parte y sabrá discernir que, visto lo visto, no era más que un abuso, porque una violación, venga ya, si ibas de cervezas hasta la cejas y te sentaste con él en ese banco alejado de todo y de todos… Si es que, como se decía antes, eres una cualquiera, es lo que hay y todo lo que pase a ti (a las de tu calaña) siempre será por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa…





7 de noviembre de 2018

En silencio...




Recuerdas aquella mañana, era uno de enero, te despertaste con un dolor agudo en la pierna y le echaste la culpa a los tacones de la noche anterior, nada te hacía pensar que aquel era el principio de un dolor que acabaría formando parte de tu vida. Apenas tenías treinta años, te acababas de casar y estabas en esa ardua tarea de querer ser madre.  Recuerdas como el día dos madrugaste porque te tocaba montar rebajas en el trabajo, como el dolor era mayor, pero apenas te parabas a pensar en ello. Recuerdas aquella cabalgata en que te costaba estar de pie, se pasará, pensabas. Recuerdas aquel viernes en que casi ibas a rastras por la tienda y como tu jefa de departamento te decía que te fueses a casa. Recuerdas como a la mañana siguiente fuiste incapaz de incorporarte en la cama. Recuerdas el primer diagnóstico, el que no te pudiesen recetar pastillas hasta saber si estabas o no embarazada. Como aguantabas los días entre sofá y cama, como te las pasabas leyendo, nunca has leído tanto como cuando te viste (te has visto) postrada. Recuerdas los meses a base de pastillas, como te hincharon y como notabas que el pelo se te caía a manojos. Recuerdas el día en que te dijeron que la única solución era un quirófano, el miedo a las pruebas, a los goteros, a todo. Recuerdas el viaje a Sevilla, la clínica donde te operaste, aquella noche el Betis bajó a segunda y se lio. Recuerdas el momento en que te viste en la camilla, camino de la sala, cuando te dijeron aquello de empieza a contar. Recuerdas cuando despertaste, como tu obsesión era ver si estabas o no sondada, aquel comentario aún medio dormida que hizo estallar en carcajadas al equipo médico, enfermeras y algún que otro a medio despertar, como tú.  Recuerdas cuando te pusiste de pie otra vez y creías que el dolor había desaparecido. Recuerdas los días de calor, el día que tu tía pudo lavarte la cabeza, el día que te quitaron las grapas y se te bajó la tensión. Recuerdas la ilusión por volver a incorporarte a trabajar, aquel viaje a Londres, el volver a intentar ser madre… Y obvio recuerdas aquel día en que el dolor volvió de nuevo. Tuvieron que recogerte del trabajo, como tu gata se acurrucó a tu espalda y comenzó a acariciar aquella cicatriz…  Y volvieron los médicos, las pastillas, las pruebas y finalmente acabaste con una incapacidad de oficio y unas secuelas que te harían entender el dolor como algo innato en ti.
Recuerdas como empezaste a asimilar que no ibas a ser madre, que a tu pareja era lo único que parecía importarle, como aquella cicatriz no solo quebró tu espalda,  también tu vida. Como tuviste que aprender a lidiar con días cargados de monotonía y soledad no pedida. Como de inútil te comenzaste a sentir, como cambió tu humor, tu risa y tu mirada. Como un día decidiste que aquello no era lo que tú querías, ni soñabas, que aunque fuese más difícil era mejor continuar sola.
Recuerdas esos años en la montaña rusa, perdida, sintiéndote nada, una carga, convencida de que no volverías a trabajar y mucho menos a encontrar pareja. Recuerdas el miedo en aquellos meses de primavera/verano de 2014, donde de nuevo te viste impedida y volviste a leer más que nunca. Recuerdas como poco a poco fuiste saliendo de todo aquello, como aprendiste a ignorar el dolor, a sentirte fuerte otra vez, como volviste a sonreír y a sacar ese humor negro que siempre tuviste. Recuerdas todo aquello como tu transformación, dejaste de ser oruga… Y después todo empezó a ser diferente, todo aquello había ayudado a que llegaras a ser como siempre quisiste ser, a que perdieses miedos, a que amases esa soledad que esta vez tú buscabas. Recuerdas cuando al fin alguien te dio la oportunidad y volviste a trabajar y a sentirte útil y capaz. Y recuerdas de nuevo el pánico que sentiste hace dos años cuando de nuevo el dolor se coló en tu vida a golpe y porrazo y esta vez te dejó aún más postrada, ni leer podías ni dormir ni andar, incluso tuviste que irte a casa de tu madre… Y fue duro ver que tras aquello una nueva secuela pareció instalarse en tu vida, pero confiabas en que no fuese así, querías creer que pasaría, pero no pasó…

Y hace dos días, cuando, al fin, tras dos años, has logrado que te vea un especialista, respiras al saber que no, que por ahora no vas a volver a operarte, pero que, como bien sospechabas, ese pie seguirá así para siempre… Y entonces piensas en que apenas tienes 40 años y que… Y te caes y te hundes y te agobias pensando en el futuro y en que ahora empiezas a asimilar que no vas a volver a tener pareja, como ya asumiste que no ibas a ser madre y de nuevo pierdes la sonrisa, pero finges que no es así y utilizas de nuevo tu humor negro, porque al mal tiempo buena cara… Porque si algo recuerdas es que debes seguir siendo fuerte, porque ya lo fuiste y porque quieres seguir siéndolo. Y sí, sabes que sería bonito tener a alguien que te abrace en el sofá, pero sabes que en el fondo no te hace falta, ya vives con un dolor, para qué jugársela, para que volver a sentir una soledad sin tenerla. Recuerdas que para él fuiste una carga y recuerdas como te sentías, no quieres volver a sentirte así… Y te duele, porque sabes que tienes mucho que dar, pero esa es tu vida y tu no historia… No vas a buscar y lo sabes, vas a olvidarte y a seguir con tu vida, porque recuerdas que en diez años has conseguido muchas cosas y aún te quedan más por lograr y esa no historia, que sientes vivir, quizás en otros diez años sea solo un recuerdo y una nueva enseñanza.