21 de febrero de 2018

Amigo mío...

-Sabía que no tardarías en venir. Es más, mucho habías tardado-Dijo Iratxe al abrir la puerta.

Anda, pasa, siéntate, no hace falta que digas nada. Sé perfectamente que te ha hecho volver, no me coge por sorpresa. Bueno, un poco sí, para qué te voy a mentir, ya sabes que no me gusta hacerlo. Era cuestión de días que de nuevo tú y yo nos enfrentáramos. Te noto cambiado, no creas, algo distinto, como si fueses otro, pero en el fondo continúas despertando en mí recuerdos pasados. Me sigues resultando familiar, formas parte de mi vida y lo sabes, eres consciente de que por más que trato de evitarte siempre vuelves y cada vez es peor, cada vez me lo pones más difícil. Lo intento, juro que intento dejarte en el pasado, superarte, hacer que no existes, pero… Es demasiado tiempo el que hemos compartido, siempre has sido protagonista de mis días, bueno, miento, no siempre. Recuerdo mi infancia, ahí era libre, sí, puede que ya te presintiese, pero eras algo pasajero, algo que a veces aparecía y se esfumaba con un reto. No, en aquellos días si que eras como un extraño, una normalidad que no hundía sino que ahuyentaba de aquello que quizá podía herirme. Pero crecí y tú te empeñaste en seguir conmigo, aquella valentía que despertabas en mí acabó por ser cobardía. Sí, puede que también me enseñaras a protegerme, pero también a desconfiar, a crear barreras, a mirar la vida desde el otro lado. No ayudan, los años no ayudan en todo esto. Cada día, al despertar, trato de inventar sueños nuevos, ilusiones, metas, pero… Después los golpes de realidad vuelven con su zarpazo y… Te vuelves a adueñar del momento. Si es que no aprendo, sí sé que la culpa es mía, pero es que desde pequeña he tenido demasiada imaginación, me niego a aceptar que las cosas son así, no quiero admitir que los mundos color violeta no existen, que las cosas son lo que son y que no van a cambiar. Yo quiero vivir una utopía y tú me das la cruz de la cara que quiero conseguir.  Te haces cada vez más grande, quizá por eso luzcas ahora diferente. Me das cada vez más miedo… Sí, ríete de la redundancia. Pero no creas, voy a seguir luchando contra ti, no quiero que termines por ganar del todo la partida, ya te vencí en otras batallas, ya me venciste en mil más, pero no, no te dejaré ganar esta maldita guerra que nos mantiene cara a cara. Eres sólo una maleta más del equipaje, sí, la que está más llena, para que discutírtelo…Si llevas razón. Aún así quiero seguir creyendo que un día dejarás de llamar a mi puerta y que, si lo haces, yo no abriré y te invitaré a sentarte. No volveré a permitir que te instales y ocupes mi mente. Aunque los demás no ayuden, por mucho que se empeñen en darte la razón, yo no lo haré. Sé que lo haré.

Hoy no, hoy voy a escucharte, hoy voy a invitarte a café y a contarte porque estás aquí de nuevo, distinto pero igual…  En el fondo no dejo de ser un ser contradictorio y es que, quizá, también tengo miedo de perderte. Sí, ríete de la redundancia.



6 de febrero de 2018

Tú y yo



Me he acostumbrado a ti, a tu compañía, a tu consuelo. No soy nada si no me acurruco a tu lado, si no me acompañas en las noches… La falta de ti se me hace cuesta arriba y no siempre estás, y cuando no es así te echo tanto, pero tanto de menos. Adictiva sensación, adictivas ganas de ti…  Siempre supe que contigo no tendría miedo, que a tu lado me sentiría fuerte, protegida, acunada en tu regazo, siendo yo misma… Contigo puedo hablar de todo, sólo contigo me siento libre y sale esa parte de mí que pocos conocen, que en el fondo nadie conoce. Haces de mí lo que quieres, me manejas a tu antojo, varo a tu lado y me siento libre, tan, tan libre que pierdo el sentido del tiempo. A tu lado los relojes dejan atrás ese tic tac miserable, cargado de arrugas y canas que tratan de marcar su paso. Es gracias a ti que he aprendido a ser mayor, a fabricar corazas, a no desear nada más que las fronteras que me marcas, son tus límites en los que quiero vivir y lo sabes, sabes que sin ti yo no podría.
Me has creado la necesidad de tenerte, de no querer compartir, de estar contigo el máximo tiempo posible y lo sabes. Y sé que en esas noches en que regreso con alguna cerveza, de más, corriendo por mis venas, tendré que rendirte cuentas, sé que me pedirás explicaciones y en silencio murmurarás que me quede un rato más despierta, que esté a tu lado y te tome de la mano. Me abrazarás fuerte y yo pensaré que debí volver antes, que debí de recordarme eso de que después de las dos de la madrugada nada bueno pasa.
Pero sé que comprendes que no siempre puedo dormitar en tu regazo, que a veces necesito respirar más allá de ese calor que me das. Sabes que te quiero, lo sabes, sabes que siempre has sido mi prioridad, que jamás te fallaré, que por encima de todo siempre estarás tú. Pasamos las horas oyendo canciones, a veces en bucle, hasta aburrirnos y de un manotazo despejamos dudas, tristezas, sinsabores que la vida nos vende a diario… A tú lado todo es fácil, me haces ver el mundo desde mil perspectivas distintas y al final siempre logras llevarme a tu terreno y hacerme entender que lo mejor es continuar en este extraño viaje junto a ti.

¿Quién podría sustituirte? Tú bien sabes, como lo sé yo, que nadie nunca entendería está relación que tenemos, esta extraña camaradería… Y por más que he tratado de hallar a alguien que me comprendiese como lo haces tú, siempre he fallado en el intento. Al final siempre vuelvo a ti, siempre, lo sabes, lo sé… Ya lo dijo el poeta, Yo sólo soy yo cuando estoy solo… Eres tú, soy yo. Es eso, tú y yo. Mi soledad y yo. 

1 de febrero de 2018

TRÍPTICO ...





ÉRAMOS TAN JÓVENES


La deuda
     Se conocieron al más puro estilo de la época, en la copistería de la plaza contigua a la universidad. A ella le faltaban cinco pesetas para pagar y él, tras rebuscar en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, se las ofreció educadamente. Ella, tímida de más, le dedicó una caída de ojos y un susurrado,  gracias. El azul de sus ojos la había hecho recordar el mar, quería evitar hundirse, jamás había sido una buena nadadora. Él cogió los apuntes que reposaban sobre el mostrador y se los tendió junto con una sonrisa. Ella los agarró presurosa, empezaba a notar el agua encharcar sus pulmones. -Me llamo Alex, estudió Hispánicas, nunca te vi por el campus,  a partir de hoy te buscaré, tienes una deuda conmigo- le dijo con un guiño, cuando ella se disponía a salir del local, ella asintió y hundió su cara en la palestina que abrigaba su cuello. Al salir a la calle Blanca tragó aire, se caló la boina de lana hasta las cejas y caminó deprisa con la vista clavada en sus botas.

El reencuentro
     Aquella clase parecía no tener fin. Blanca resoplaba por lo bajo mientras miraba el reloj, una y otra vez, apenas habían transcurrido dos minutos. Sonó el timbre y huyó, cruzó el pasillo a la carrera, se paró en la puerta y se ajustó los guantes, hacía frío, mucho frío, no veía el momento de llegar a casa y acurrucarse con la manta en el sofá. Apretó, con fuerza, la carpeta contra su pecho, se refugió en ella. Al atravesar por la zona de la facultad de Hispánicas miro al cielo, sus ojos, seguía enganchada a aquellos ojos. Sacudió la cabeza. A ella nunca le gustaron los ojos claros, le daban algo semejante al miedo, se sentía amenazada por ellos. Una estupidez más de esas que solían caracterizarla. –La morosa-oyó que decían a sus espaldas. Se dio la vuelta y allí estaba él, con ese iris infernal escrutándola y una sonrisa de medio lado.

El pago
      -Perdona el desorden-dijo mientras giraba la llave en la cerradura. Alex había recibido de buena gana su invitación a café a modo de pago. – ¿Vives sola?-preguntó él, mientras se quitaba la chaqueta.-Sí, bueno, es temporal-respondió nerviosa-. Mi compañera de piso dejó la carrera y… Mintió, decirle que en realidad ella era una persona solitaria y algo antisocial, incapaz de verse conviviendo con otro ser que no fuese su gata; que en ese momento hacia una entrada triunfal en el salón con claros síntomas de haber estado durmiendo durante toda la mañana, quizás lo espantase antes de tiempo. –Me gusta tu casa, se parece a ti- comentó mientras se detenía en curiosear las fotos de la pared. Ella, envarada junto a la puerta, no supo que contestar. El hecho de que él estuviera allí, descubriendo su mundo, su guarida, era algo que no sabía cómo controlar, se arrepentía de ese desconocido ataque de valentía que había surgido en ella al invitarlo a ir. – ¿Cómo quieres el café?-preguntó al tiempo que cogía la cafetera. –Solo, con una pizca de azúcar. Blanca respiró aliviada, no solía tener leche en casa.

La coincidencia
     -¿Atrapada en azul? Le susurró Alex al oído. En su mano el último CD que Blanca se había comprado y que, hasta hacía uno momento, reposaba junto a sus apuntes sobre la mesa de la biblioteca. A punto estuvo de responder que sí, que llevaba meses atrapada en el azul de sus ojos, pero se limitó a asentir con la cabeza. –Toca mañana en el Silikona ¿Te apetece que vayamos? Él se había sentado a su lado y la miraba esperando una respuesta. La intimidaba, sus ojos la intimidaban, seguía sin poder evitarlo, pero aún así sentía la imperiosa necesidad de bucear en ellos. Y Alex, bueno, Alex llevaba meses jugando con ella al gato y al ratón. Ella se empeñaba en escapar, él en atraparla. Pero Blanca era la de las dudas infinitas… Tantas dudas…Por las noches, se abrazaba a Cora, su gata, buscaba paz, calma, buscaba olvidar, despejar su mente y aquel animalito se revolvía en sus brazos, le dedicaba una mirada y una leve caricia. Blanca tenía el corazón desgastado, desconfiado, en estado vegetativo. Alex se había empecinado en hacerla salir de su hibernación, de su retiro, de su monástica vida. Blanca estaba a unos meses de cumplir los veinte, pero sentía que tenía veinte más. Alex bromeaba con ella, mil veces le decía aquello de que a saber dónde estarían cuando cumpliesen los cuarenta, que tocaba vivir el hoy… Ella agachaba la cabeza y huía a casa. –¿Y entonces qué, te apuntas o no? –Volvió a preguntar.

El vértigo
      Blanca se miraba en el espejo, necesitaba un tinte de forma urgente, un baño de crema antiarrugas, y era capaz de apreciarlo a pesar de no llevar puestas sus lentes progresivas. Estaba a escasos meses de cumplir los cuarenta. Resopló, en poco más de media hora entraba a trabajar, echaba de menos dormir la siesta cada tarde, se pasaba las semanas soñando con el viernes, con las cervezas de las dos en el bar de siempre y la posterior tarde de sueño y relax en casa. Mientras terminaba de vestirse,  oía de fondo la lista aleatoria de música que le ofrecía el youtube, en el tiempo que había durado la ducha, el secado y demás, había sonado Vanesa Martín, Quique González, un interminable anuncio de ruido, conocido también como reggaetón, y ahora era Ismael Serrano el que se adueñaba de la casa. Cerró los ojos…
           
         Alex y ella quedaron un par de horas antes del concierto, tomaron un par de cañas y un bocata de calamares. Blanca sabía que aquella cita era distinta, nada que ver con los cafés en el bar de la facultad. Alex la hacía reír, se entendían, ambos con ese humor que a muchos se les haría imposible… Mientras Ismael, guitarra en mano, cantaba aquello de Amo tanto la vida, Alex le robó un beso y agarrando su cintura le dijo: Te sienta el pelo recogido tan bien… En ese momento comenzó el vértigo…Poco después él anunció que había encontrado un piso modesto, céntrico, barato… Aquello se convirtió en un buen principio de incertidumbre, lleno de sucedes y destellos de felicidad… Alex la conocía, la vestía de domingos, le decía aquello de que no estaría sola, de que si le dolían los lunes él la levantaría… Ella encontraba consuelo en ese hueco en el que anidaba… Todo comenzaba y terminaba en él. Absolutos eran sólo ellos dos. Pero a pesar de todo, el vértigo no se marchaba, ella, en el fondo, seguía teniendo miedo de aquellos ojos azules, de ese mar en el que no sabía defenderse. Y aquella tarde, en que planeaban una huida, ella no acudió a la cita en el kilometro cero. Hay amores imposibles, a los que les quedan tantas cosas por hacer. Ella siempre sería la chica más triste de la ciudad. Quizás él, alguna vez, la recordase y la confundiese con otra en un vagón del metro de Madrid.
                
         Blanca cogió el bolso y las llaves del coche, salió de casa con un regusto de nostalgia pasada, de un podría ser, con la sensación de llevar un muerto encerrado en su interior. -¿Dónde estaremos los dos cuando cumplamos cuarenta? Esa canción, eran tan jóvenes… Pero ahora, al hacer balance, ya no veía a aquella muchacha que tenía relámpagos en sus ojos. Cada mañana se engañaba cantando aquella canción de amor propio, tratando de obviar una tierna y dulce historia de amor, veinte años atrás olvido que su presencia traía lo que a los cerezos la primavera. Su excusa más cobarde fue culpar al destino.
          Blanca no fue a trabajar, no supo cómo, pero allí estaba, en ese mismo barrio en el que vivieron veinte años atrás, sacó su móvil, miró al cielo, fingió marcar su número y en voz baja, en un susurro, comenzó a cantar ese dardo envenenado que Ismael le había regalado en su veinte aniversario… Y ven, deja que el viento nos lleve, que nuestras citas esperen… Allí estaba ella, a punto de cumplir los cuarenta, dónde estaría él… Qué andaría haciendo… No supieron encontrar el camino de regreso y es que, ya lo dijo Silvio: los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar ni el mejor orador conjugar.
      Comenzó a nevar, ella tiritaba mientras fumaba un cigarrillo… -Éramos tan jóvenes, agua y aceite, pero jamás olvidaré el primer día en que te vi. Arrojó la colilla al suelo, se dio media vuelta. Esa misma tarde empacó sus cosas y huyó rumbo al sur para empezar de nuevo. 



AUNQUE TÚ NO LO SEPAS


La deuda
        Ella no lo sabía, pero él llevaba mucho tiempo observándola a través de la cristalera de la oficina. Por eso, aquella tarde de jueves, cuando la vio frente al parquímetro, rebuscando en los bolsillos, nerviosa, echando vistazos rápidos al reloj, no se lo pensó –Juégatela un poco valiente-se dijo a sí mismo. Raudo y veloz salió del edificio, cruzó la calle,  y sin que ella supiese de dónde había salido, allí estaba él, ofreciéndole una moneda. –Creo que buscas una de estas-le dijo. Blanca sonrió-Me salvas la vida, pensé que llevaba dinero encima y… -No es nada mujer, es que te vi apurada y… De cerca le pareció aún más guapa. Oye, no te haré el desavío, tendrás más suelto, ¿no?- Preguntó ella algo azorada al ver sus ojos mirándola fijamente, a pesar de sus años seguía siendo tímida. –No no, que va, si yo es que trabajo ahí, justo enfrente. Te vi...Y bueno… Aquí estoy. Ella volvió a sonreír, miró, de nuevo, el reloj y... – Joder-exclamó por lo bajo-.Bueno, muchas gracias, pero es que… Ya llego tarde al trabajo, sabes-.Dijo encogiendo los hombros, a modo de disculpa. Pablo la vio alejarse una vez más, como llevaba haciendo los últimos dos meses. Desde su silla, cada tarde, esperaba ese momento de verla aparecer. Al filo de las cinco menos cuarto, ella giraba la esquina, con un andar distraído, un cigarro en la mano y los auriculares puestos. Sin duda se había convertido en el mejor minuto y medio de su vida. Y ese día, precisamente ese, al fin, el destino había jugado a su favor; el destino y el hecho de que ella no encontrase aparcamiento en los bloques de siempre, aunque no lo supiese.

El reencuentro
       Blanca llevaba cinco meses en aquel rincón del sur, no sabía que la había hecho decidirse precisamente por ese lugar, que a ratos parecía la ciudad del viento. Sólo había estado allí una vez, de pequeña, cuando pasaba los veranos en una playa a escasos quince kilómetros. La vida a veces te lleva por caminos raros… Y eso la hacía recordar aquel episodio ocurrido apenas dos meses atrás, esa tarde en que creyó revivir el pasado y una moneda la sacó de un apuro. Sacudió la cabeza, seguía siendo una idiota… Cuando al lunes siguiente, al pasar por la oficina, miró y él no estaba, toda aquella fantasía que se había montado en su cabeza se desvaneció. En el fondo seguía siendo una soñadora nata y su corazón una montaña rusa, en busca de uno con las botas sucias. Pero esa vez creyó que algo jugaba a su favor, y es que los ojos de él eran del color de la noche y a esa nunca le tuvo miedo. Pablo, bajó del avión, aspiró el olor de su tierra, y el calor pegajoso corrió a adherirse a su piel. En ese par de meses que estuvo fuera, preparándose para su deseado ascenso, el mundo y los días parecieron girar en un sentido absurdo, pero tenía una corazonada, nada podría con él. Al volver a su destino, todo sería definitivo. Por las noches se dedicaba a pasear por el rompeolas, recordándola, mientras miraba la torre, como un tonto, se imaginaba caminando con ella por la playa de Riazor.
      Blanca llegó al despacho pasadas las dos; impuntual por naturaleza, que se definía. Había encontrado trabajo en un pequeño bufete de abogados, que nada tenía que ver con su profesión, pero que le proporcionaba un sueldo. Sus compañeros esperaban, habían quedado para tomar unas cervezas, celebrar con un día de retraso su cumpleaños y dar el pistoletazo de salida a las vacaciones de verano. Pablo observó aquella plaza con los ojos cargados de nostalgia, había echado de menos aquel bar, la Grimbergen de los jueves, la luna filtrándose por las ramas del viejo árbol. Al fin estaba de vuelta. Y entonces ocurrió, allí estaba, vestida de azul, con un pañuelo adornando su pelo, rodeada de gente, que poco parecían tener que ver con ella. Blanca se sintió observada, miró nerviosa a los lados y… -Juégatela un poco valiente-se dijo a sí misma, cuando lo vio petrificado en mitad de la nada. Se disculpó con sus compañeros y caminó directa a él. Lo miró a los ojos, parecían llenos de estrellas, a la luz del medio día. –Hola, se ve que nuestras vidas andan cruzadas.

El pago o ajuste de cuentas
         Blanca rehusó la idea de deshacer el equipaje, las semanas que se había pasado dando tumbos por la Toscana le había servido para quitarse el stress, las dudas, los miedos. Era la primera vez que viajaba sola, pensó que no había mejor regalo para sus recién estrenados cuarenta. Ahora, de vuelta en casa, tuvo la certeza de que sin duda había sido una de las mejores decisiones que había tomado en la vida. Como también lo fue llamar a Pablo, desde aquella pequeña buhardilla que alquiló en Lucca. Esa noche la luna estaba de fiesta y ellos hablaron durante horas, de todo y de nada, fue una perfecta y, a la vez, extraña, primera cita. Para la segunda apenas faltaban unas horas.
Blanca curioseó su recién estrenada casa como si lo hiciese por primera vez. Había tenido la suerte de encontrar algo que se ajustase a su presupuesto y que además, con poco dinero, había quedado como hecha a medida. Aún quedaban por adornar algunos rincones, pero volvía a verse reflejada entre cuatro paredes. Se dio un baño de espuma, se untó crema con mimo, se despeinó lo justo, de fondo oía a un decidido Quique dispuesto a salir a ganar, como ella lo haría esa noche. Aquella noche de confesiones toscanas, ella le había ofrecido, a su vuelta, una cena en la azotea, a modo de pago.
           El timbré sonó a eso de las nueve y media. Un nervioso Pablo esperaba en la puerta mirando hacia a un lado y otro de la calle. Seguía sin saber que había visto en él. En sus manos una caja agujereada, no es lo que habían hablado, pero no había podido resistirse, ella no podría rechazarlo. Blanca atravesó el patio y distinguió su figura tras el cristal. El corazón le dio un vuelco y eso la asustó pero sus ojos eran negros, no había nada que lo alejase de él… Por mucho que ella estuviese empeñada en no ser de nadie…

La coincidencia
                -No, en serio, estabas en aquel concierto de Sevilla. –Que sí, créeme, lo que pasa es que me quedé al fondo, me agobian las multitudes. –Sonó de puta madre.- Uff yo flipé muchísimo, además cantó muchas de Salitre, que bueno, ese disco es importante para mí… Los ojos de ella se nublaron. Él la tomo de la mano. Ella supo que podía confiar en él. –Bueno, una noche, hace como un millón de años, yo me dejé caer, pero hasta el fondo, muy al fondo. Era mediados de agosto, yo estaba con unos amigos en una casa rural y… Bueno, digamos que bebí de más, me aleje de todos y… Si me hubieses visto, parecía estar loca, y lo estaba un poco, de verás, Quique sonaba de fondo y me arrulló con su nana. –Todos nos hemos vuelto locos alguna vez, no creas. Ella sonrío, él la besó. 

El equilibrio
        Todas sus esperanzas cabían en una canción, la suya, la de ellos. Pablo miraba a través del cristal, como antaño hiciese a través de aquel ventanal de la oficina. Esperaba verla llegar, cruzar la esquina. La cama se había quedado vacía, fría… Cerró los ojos…
           
           Aunque tú no lo sepas, aún te recuerdo en aquella primera noche, vestida con aquel traje rosa, color que decías odiar, pero que te sentaba tan bien. Pablo recuerda aquella botella de Chianti rodando por el suelo, la cerveza que se derramó de sus labios, las risas, aquella estrella que cayó… Sus ojos brillaron al abrir aquella caja de maullidos y descubrir a esa gatita blanca, que se defendía panza arriba y que terminó por llamarse Charo. Y es que  en sus oídos aún podía sentir las lágrimas de ella al hablar de Cora, que la había dejado cuatro años antes. Aquella noche, en que la impotencia se adueñó de su cuerpo, al no poder tenerla cerca y abrazarla, supo que acabaría enamorado de aquella mujer. Lo había agarrado fuerte. Recordaba como le gustaba observarla desde la cama, mientras ella, en sujetador y vaqueros, trataba de alisarse el flequillo, frente al espejo del baño. Las noches en que ella parecía ausente mientras fumaba en la ventana. Aún podía verla sentada frente al ordenador, con su cerveza al lado, él se acercaba por la espalda y ella tapaba la pantalla para evitar que leyese. Los mapas que dibujaba su cuerpo. Aquella mañana de principios de Abril en que, en uno de sus ataques de maravillosa locura, la vio bailar bajo la lluvia. Ella siempre se empeñó en decir que nunca la conocería, que era un ser raro, solitario, y sin embargo… El la conoció, lo hizo, le echo paciencia, mucha, pero mereció la pena. Durante años fue logrando que ella se fuese quitando esas capas que, durante otros muchos, se había puesto encima. Ella seguía empecinada en ir de chica dura, de perdonavidas. Él la dejaba hacer, sabía que, en el fondo, su mayor miedo era salir herida.  Por eso sonreía cuando Blanca, con la ceja levantada y mirándolo por encima de las gafas, le repetía aquello de Me mata si me necesitas… Su Lady Drama… Recorrieron juntos las calles de Madrid, ese que ella abandonó años atrás. Sobornaron a los conserjes de noche de cada hotel solitario. Se convirtieron en dos kamikaces enamorados, que viajaban rumbo a un futuro incierto, mientras las piernas de Blanca, bañadas en salitre, reposaban en el salpicadero. Una noche ella se largó… Él la buscó por la ciudad, no sabía que era peor, si el olvido o frenar las ganas de volver a verla. Al cabo de siete días ella regresó con la luna debajo del brazo, con sus desperfectos… -Necesito un minuto contigo, tenía que decírtelo- musitó con la mirada clavada en el suelo. Pablo le regalo un finde sin dormir. Juntos inventaron trucos fáciles para los días duros… Se fueron fraguando hasta que todo encajó.

          Y la recordaba con su pelo cano, sus arrugas y aquel camisón rosa que él le regaló en su setenta cumpleaños. La casa huele a ti, mi pequeño rock´n´roll- susurró Pablo, con su canción hecha cenizas reposando en una caja de música. 



A LA NIÑA QUE FUI


La deuda
          Blanca jugaba con sus amigas en el jardín de la urbanización de al lado. Esperaban ansiosas a que sus padres bajasen y pudiesen, al fin, atravesar la carretera que las separaba de la playa. Andaban en una intensa disputa sobre que cometa volaría más alta, cuando un chico, menudo, rubio y de ojos verdes, se acercó hasta ellas. Todas callaron y lo miraron con extrañeza, todas menos Blanca, que enseguida se acerco a él, sonriente, con aquellos ojos relampagueantes, le tendió la mano y lo invitó a jugar con ellas. – Pero Blanca, ¿qué haces?-Bufó Sofía, que era la líder. -¿Qué pasa, está solo?- Alegó ella. Pedro permanecía callado, inmóvil. –Que es un niño, no jugamos con niños, ¿recuerdas? Blanca arrugó la nariz, frunció el ceño, resopló y dijo –Pues no, no lo recuerdo. Así que nada, si no queréis jugar con él lo haré yo. A sus recién cumplidos siete años Blanca ya era de armas tomar, no soportaba las injusticias, era una niña inquieta, rebelde y a veces un poco solitaria e incluso tímida.  Muchas tardes fingía estar cansada para poder quedarse en el apartamento, ponía su casete de Parchís y miraba el mar desde la ventana. Fue en aquellos veranos en la costa que empezó a emborronar cuartillas, con aquella letra torpe e imprecisa.
         Blanca agarró a Pedro de la mano y tiró de él, el niño no opuso resistencia. –Vamos, que estás son unas tontas. Sus amigas jalearon de fondo -Te las vas a cargar, que lo sepas-dijo una amenazante Claudia. Ella ignoró sus palabras y guió a aquel chico hasta el portal de su bloque. – ¿Cómo te llamas? Yo soy Blanca, veraneo aquí, en el cuarto b. ¿Por qué no hablas? ¿Eres mudo o algo así? No, Pedro no era mudo, pero si inmensamente tímido, se había acercado a ellas por imposición de su madre, esperando eso, que ellas lo rechazasen y así tener una escusa para volver a casa a jugar con su micronova. Pero no pensó en la posibilidad de que existiesen Blancas. –Te he salvado de esas arpías, ahora me debes una. –Añadió Blanca. Él asintió –Me llamo Pedro y veraneo allí-dijo señalando los bloques rosas. A partir de ese día se hicieron inseparables, se pasaban las mañanas cogiendo bichos, para después mirarlos a través de la lente del microscopio de Pedro, las tardes corriendo por la orilla de la playa y por las noches Blanca le leía alguno de los cuentos que escribía. Él escuchaba callado, casi siempre era ella la que hablaba, Blanca lo hacía por los codos, pero le gustaba, nunca pensó que tener una amiga fuese divertido, los niños no entendían su poco interés por el futbol y con aquella niña se sentía cómodo. Al igual que ella que, en el fondo, pasaba de las tonterías de la cursis niñas de la urbanización.  Eran los mejores camaradas de juegos, con un santo y seña que sólo ellos conocían. Corría el verano del 85.

El reencuentro
         Pasaron así cuatro veranos. Durante el curso escolar ambos estaban en sus ciudades, cerca pero lejos, para un par de niños de esa edad. Se veían en algún puente o en las vacaciones de semana santa. Pero nada más. Cuando llegaba ese uno de julio, nada más pisar la costa, ambos corrían el uno en busca del otro. –Estás más alto –Y tú más flaca –He aprobado todo –A mi me quedó lengua –Sabes que eso es lo mío, te ayudaré entonces. Ambos sonreían, con esa complicidad que había crecido en ellos cada año. En el verano del 90 falleció la abuela de Pedro y lo pasaron en el pueblo, en el del 91 el padre de Blanca fue ascendido en el trabajo y  les tocó marchar al norte. En el verano del 92 Blanca se negaba a ir a la playa, se sentía como un patito feo, no quería que Pedro la viese así, ese año además entraba al instituto y estaba asustada con la idea. Ella veía ese cuerpo a medio hacer, ni niña ni mujer, todas sus amigas habían desarrollado menos ella, que seguía siendo un proyecto de nada. El sólo hecho de imaginarse en bañador la horrorizaba. Así que se las ingenió para pasarlo en Madrid, con sus tíos, haría de canguro para su primera prima. Pedro pasó los dos siguientes estudiando, su entrada en bachillerato se le hizo cuesta arriba, dejó atrás aquella timidez, ahora prefería las salidas con los colegas y los litros en la plaza.
          No fue hasta el verano del 95, diez años después de conocerse, que ambos, al fin, se volvieron a encontrar. Allí estaban los dos, cada uno por su lado.  Blanca estaba con su grupito de amigas apoyada en la barandilla del paseo. Mientras unas hacían volar un cigarro de mano en mano, otras preparaban el Martini con limón. Blanca al fin se sentía mujer, ese curso había estado de rollo con un chico de su clase, se habían besado en el parque, llegado a primera base en aquella barrilada de insti y casi a segunda una tarde que ella se quedó sola en casa. Pero Jorge ya era historia, ese verano ella quería vivir. –Tía, ese rubio buenorro no deja de mirarte- le dijo Sofía, seguido de un codazo. -¿Cuál? Blanca miró a todos lados, mientras daba un sorbo de su vaso.- El de allí, el de la guitarra, que está con el hortera ese de la gorra. Blanca lo localizó y reconoció sus ojos al instante. –A ese lo conozco. –No jodas, preséntalo tía-exclamó Claudia. –Ahora queréis conocerlo-dijo burlona. Dejó a sus amigas con la palabra en la boca, el vaso sobre un banco y caminó decidida hacía Pedro. A veces la vida improvisa, te desordena y te desborda las tintas…

El pago
          Los amigos de Pedro se apartaron a un lado, Blanca oyó como alguno soltaba algún comentario por lo bajo. Él se levantó, dejó la guitarra apoyada en el suelo y fue hasta ella. Blanca tomó aire, buscó en sus ojos, durante años habían guardado en cajones algo que merecía un incendio. –Estás más alto.-Y tu más… -Este año entro en COU, menuda me espera. –Yo tripito segundo, mis viejos están que trinan. –Ya, el latín, la literatura, eras muy de ciencias. –Y tú muy de letras. Allí iba a pasar algo y ambos lo sabían. –Hace fresco hoy-dijo ella frotándose los brazos. –Anda ven, te salvaré de esas arpías, que aún te debo una. Pedro, agarró su guitarra y con la otra mano la tomó de la cintura. Blanca volvió a oír comentarios por lo bajo. Hablarían de ellos.
      Caminaron por el paseo hasta la playa de levante, una vez allí se adentraron en la arena y caminaron un poco más. Pedro apoyó la guitarra en el suelo,  se sentó y la invitó a acompañarlo, se quitó la camiseta, se la puso a ella sobre los hombros, cubriendo aquel chaleco negro, con apenas tres botones, que ella lucía sin nada debajo. Blanca aspiró el olor a colonia que esta desprendía, no lo olvidaría jamás. El la miró a los ojos, buscando quizás una encerrona loca, pero algo no debió hacer bien porque ella dio un respingo y se apartó. –Toca para mí- Soltó ella mirándolo con la cabeza ladeada y una sonrisa en los ojos. Ahora era aún más espontanea,  nunca parecía estar quieta, seguramente hablaría incluso más, pensó Pedro. Nada quedaba de aquellos niños que habían sido, ahora eran dos jóvenes libres y a la deriva. –No te irás a reír de mí, mira que aún estoy bastante pez.- Yo, nunca, además tú aguantabas mis cuentos malos sin bostezar. – ¿Sigues escribiendo? –Sí, bueno, pero ya no dejo que nadie lo lea. –A mi tampoco. –A ti menos que a nadie, me moriría de la vergüenza. –Claro, chicos y eso, ¿no? Ella apartó la mirada. Él la agarró de la barbilla y la obligó a mirarlo de nuevo. –Siempre me gustaron tus ojos, tienen el color de la coca cola. Ella se echo a reír –Patenta esa frase, por lo que pueda pasar-le dijo.

La coincidencia
          -Te odio, en serio, te odio, mi padre no me dejó ir al Calderón. –Buff pues en Barna sonaron de puta madre. El Richie ese es un máquina, ese tío hace lo que le da la gana con la guitarra. –Joder, si es que son mi grupo favorito. –Lo sé, sí aún me acuerdo de cuando cogías el palo de la fregona, que era casi igual de grande que tú y te desgañitabas cantando el Livin on a prayer. -¿Por qué no me avisaste? –Yo que sé, en serio, te busqué por allí, pero… No te preocupes, prometo llevarte algún día a verlos. –De verdad, me lo dices en serio. – Que sí, que seguro que el año que viene vuelven por aquí a presentar el These Days. –Ojo que me lo apunto. –Que sí tonta, es más, a partir de hoy, Always será nuestra canción. Entonces, sin mediar palabra, ella se dejó besar.

La locura 
Blanca encontró aquel pequeño apartamento cerca de la facultad gracias a sus tíos. Ellos se habían ofrecido a acogerla en casa, pero ella prefería la soledad. Además, con su prima de cuatro años, colgada todo el día de su pierna, poco podría estudiar. La selectividad se le hizo cuesta arriba, el último curso en el instituto se lo había pasado en las nubes, colgada del teléfono, buscando excusas e inventando mentiras para poder ver a Pedro. Era tan suya que ni ella misma se lo aguantaba. Al final aprobó por los pelos y casi no le da la nota para entrar en Periodismo y eso que sólo le pedían un cinco. Pero al menos pudo disfrutar de aquella promesa que él le hizo meses atrás y a primeros de junio, pisó el Molinón de su mano. Fue el regalo a su casi mayoría de edad. Ese verano se lo pasó trabajando en un bar de la costa, querría ahorrar lo suficiente para no tener que compartir piso, entre la beca y su hucha pasaría el curso sin necesidad de pedir dinero a sus padres. Blanca fue sacando sus cosas, apenas cabían en cinco cajas, al coger aquel libro de Isabel Allende una foto se deslizó hasta el suelo. Cerró los ojos… 

Aquella noche, en la playa, Pedro no tocó para ella, pero de alguna forma hicieron música. Tembló al sentir sus manos acariciando su cuerpo, era cuestión de piel. Ella bajó la bandera, sobraba tela en ese cuerpo y sus ropas quedaron desordenadas, esparcidas por la arena. Blanca no encontró justificación al llegar a casa pasadas las cuatro de la mañana, su padre la esperaba inquisitorio sentando en el sillón de la sala de estar. Aquello le costó dos semanas de castigo, a su edad. Blanca montó en cólera, pero de nada sirvieron los gritos, los llantos y el repetir hasta la saciedad que ya era mayorcita. Pedro pasaba cada tarde por debajo de su ventana, ella se asomaba presurosa y jugaban a hablar por señas. Una mañana, su madre le dio una nota que había encontrado en el buzón, era de Pedro. Le encantó su letra. –Anda ve- le dijo su progenitora, yo te cubro con papá. Diez años después volvía a ser el mejor verano de sus vidas. Ella hacía una aventura de cada rutina, él era el desorden y las dudas. Ella no terminaba de confiar y le decía eso de déjame quererte a mí. Pedro le decía que no debían matar el tiempo, que se quedase tranquila.  Juntos parecían flotar en polvo de mariposas. No querían que nadie los molestase, tenían que poner todo aquello en pie. Eran libres, como el viento. Pero a pesar de todo él nunca la conoció, aunque ella le dejó su corazón ahí, para que hiciese de él lo que quisiera… Nunca imaginó escribir su final.
Blanca salió antes del bar esa noche. El mal tiempo había hecho que muchos decidiesen quedarse en casa, el levante arreciaba y la arena escocía en los ojos. Fue hasta el paseo, en busca de Pedro, pero no lo encontró. A lo lejos distinguió dos figuras que parecían bailar un tango, la luna estaba increíble esa noche, lástima que viento impidiese disfrutar del espectáculo con tranquilidad. Se encendió, con esfuerzo, un cigarro, no sabía si ir a buscarlo a la bolera. Blanca- oyó sus espaldas. Era Salva, el supuesto hortera de la gorra, que había resultado ser un buen colega. –Ey, ¿has visto a Pedro? He salido antes y… No le gustó nada  la mueca que contraía la cara de Salva. –Esto, pensé que los habías visto, vine a ver como estabas, yo… Blanca te juro que ninguno sabíamos nada, ella se presentó esta mañana. Blanca volvió a mirar a aquella pareja que permanecía abrazada.- Olvídate de él. No te merece. Blanca deseó no tener voz, deseó no querer llamarlo. Gritarle. Golpearlo. Su nombre se le escapó como espuma de cerveza. No lo pudo retener.
Desde aquella noche, ella se encerró en su mundo, dejó de escribir, limitó sus días a trabajo y casa. Algunas tardes, camino al bar, ella, estúpida, lo buscaba entre la gente. La última tarde de aquel verano él fue a buscarla. Ella fingió entereza. Mientras por su cabeza pasaban mil preguntas, le cantaría a la otra su canción… Él trato de disculparse. Se equivocó al quererla a ella, no estaba solo, Jara era su novia de siempre - Te has perdido quién soy- se limitó a decirle. Pero por dentro deseó que la llevase otra vez río abajo… Quería volver a jugar con sus muñecas, ser de nuevo la niña que fue. Le devolvió sus cristales, quería caminar descalza.

Blanca hizo añicos aquella foto, odiaría las mudanzas, lo supo en ese instante. Ahora debía acostumbrase a esa nueva etapa, en la que había decidido dormir sola, siempre sola. Haría trampas a la cama, se echaría agua a la cara cada vez que oyese su nombre. Se haría inmune al amor… A partir de aquel día ella se pediría vida. Nada la hizo pensar que un día volvería a desear frenar enero. 

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15 de enero de 2018

Hacia otro lado

   

    Se observaba en el espejo, desnuda, sin filtros, evitando pensar en aquella cicatriz que adornaba su espalda. Quería culparla de todo, de las lágrimas, de los gritos, del desgaste, de las pocas ganas de verse, de las mariposas sin polvo en las alas que habitaban es su estómago. Mirar hacia otro lado, fingir que él había dejado de contemplarla como a una mujer, que ya no resultaba atractivo recorrer cada vertebra de su columna, deteniéndose en cada punto, como quien reza un rosario. Desviar la mirada, sonreír, obviar el hecho de que llevaba meses sin sentir su calor. Ese era su plan, no querer abrir los ojos, permanecer en su zona de confort.
     Ese espejo le revelaba la verdad, era culpa de ella, solo suya, ella es la que se había convertido en un cuerpo con desperfectos, que culpa tenía él. Miguel no había elegido estar con una mujer así, no fue lo que firmo aquel día en el ayuntamiento.
     Ella también podía buscar refugio a su soledad más allá de sus fronteras. Ella sería infiel por echar de menos, él por echar de más.  En el fondo era mejor dejarlo en tablas, una jugada maestra quizás los llevase a un jaque mate ¿y entonces qué? Podrían continuar así, cada uno con sus infidelidades. Además, quién iba a querer estar con ella, si ni él, que estaba obligado por contrato, lo hacía. Era mejor aceptar que en esta partida estaba destinada a perder, que su posición de reina había quedado relegada a la de vulgar peón. Ella sería la perfecta esposa, esa que está sentadita en el sofá, con la casa recogida y dispuesta a vestirse de domingo para ir a casa de la suegra. La que aparenta ser feliz y encuentra las mejores ofertas del súper. Al fin y al cabo, era ella la que había decidido pasar por un quirófano y adornar su espalda con veinticinco grapas, era ella la que no podía dormir por las noches y caminaba con una leve cojera. Ahora tenía que elegir mirar hacia la izquierda y no saber que hacía su mano derecha, era lo correcto. Poner punto y final, romper ese matrimonio, escupirle su infidelidad a la cara, sería un acto infantil. Ella no podía pensar en ella misma, porque, además, quién iba a quererla así, tarada.

     Deslizó su mano y la hundió entre sus piernas… Ella, ella se querría así.