A veces no salen las palabras, o es
que no queremos que lo hagan. Preferimos mantenerlas ahí, ocultas, de manera
que nadie pueda oírlas, leerlas, tocarlas… A veces preferimos callar,
silenciar, obviar, cuando en el fondo sabemos que eso no servirá de nada y que
todo aquello está, es una realidad, más nos pese.
Y detrás de esas palabras suele estar
escondido el miedo, ese cabrón con pintas que juega a manipular tu vida, que la
mayor parte del tiempo la gobierna… Es el que te sumerge en tu burbuja, crea tu
zona de confort y te acuna en ella para que no trates de huir. Eres feliz con
tus miedos y en ellos crees vivir tranquilo, lejos de heridas, lejos de
corazones resquebrajados, de equipajes ajenos… Buceas y te hundes, poco a poco,
cada vez más profundo y una vez llegas al fondo y tratas de mirar hacia arriba
es cuando te das cuenta de que es demasiado tarde. En el momento en que eres
consciente de que miras la vida desde el otro lado, detrás del cristal, como
quien ve caer la lluvia… Y te mientes y te dices que la soledad es la más bella
de las compañías, pero como decía el poeta aún lo es más si tienes a quien
contársela…
Atesoramos palabras que nos negamos a
pronunciar, creyendo que no hacerlo nos salvará… a sabiendas de que no es así…
los miedos nunca salvan, nunca… Pero miras atrás y vez como el paso del tiempo
te ha ido desgastando, como te ha partido por la mitad mil veces y que de tanto
desmontarte para volver después reinventarte, tus fuerzas y tus esperanzas se
han visto mermadas…
A veces, la mayoría de las veces,
siempre, lo que queremos es que un día, al menos un día, parezca perfecto… Pero
a veces, la mayoría de las veces, siempre, te refugias en el miedo.
“Siento
que algo echo en falta…”

