5 de abril de 2016

La fuerza de la costumbre...



El hombre es un animal de costumbres y Elisa se había acostumbrado a no sentir, a no besar, a no tocar, a que no la tocaran. Su sábanas sólo conocían el roce de su piel, los rincones de su casa sólo desprendían su olor. Elisa tiempo atrás decidió darle una tregua a su corazón y esta tregua se hizo rutina. Su costumbre era la soledad y a nadie le gusta que le cambien sus quehaceres diarios. Estaba hecha al desayuno para uno, a la música sin preocupaciones, a leer si quería o a permitirse un desliz televisivo de esos que no se confiesan. Sus manías eras suyas, su mal humor al despertar. Elisa miraba atrás y era incapaz de recordar otra cosa que no fuese ella y su mundo. Tiempo atrás otra sombra se proyectó en esa casa, pero estaba tan lejana que, a pesar de su buena memoria, era incapaz de hacerla encajar en aquellas paredes.
No tenía del todo claro si su piel sería capaz de volver a soportar una caricia que no viniese de sus manos, si el calor de otro cuerpo pudiese abrigarla en la cama. En el escurridor de la cocina siempre había un plato, una taza, un vaso; un cepillo de dientes en el baño, sus cremas, sus tarros de gel, su champú. Era sólo ella, sólo Elisa. Su espacio se había reducido, por metros que tuviese, ella no tenía claro que allí cupiese alguien más. Tropezar con otro ser en el pasillo, poner la mesa para dos, hacer turno de ducha…
Elisa estaba acostumbrada a abrir la puerta y que la recibiese el silencio, a caminar a oscuras hasta su cuarto, a echarse sobre la colcha y cerrar los ojos. Había días que se levantaba antes que el sol, otros que se dormía más allá del medio día. Se pasaba las horas en pijama y el pelo enmarañado o bien se paseaba desnuda en compañía de un cigarro. Bailaba, reía o lloraba, sola, cantaba a viva voz o susurraba bajito. Era libre. Había días en que no salía de casa y otros que se marchaba temprano y volvía con la luna. No tenía que llamar, ni avisar ni dar explicaciones, sus planes se hacían en el momento, en la circunstancia, en la apetencia. Sólo ella era responsable de su vida. Pasar la escoba o no pasarla, fregar los cacharros o no fregarlos, hacer la colada o no hacerla. Esa era su costumbre, sus buenas costumbres y no tenía del todo claro el querer cambiarlas. Y muchos le decían que era por miedo y en algunas ocasiones les daba la razón. Pero, es que ya nada le sonaba a nuevo y llamaba su atención, antes de que la besaran premiaba en anhelo, antes de todo ganaba la curiosidad, pero es que de eso ya venía de vuelta. Que ahora no recordase no quitaba que no sucediese.  Cierto era que por momentos cerraba los ojos e imaginaba que quizá fuese bonito volver a abrazar, despertarse y sentir otro aliento en la almohada, compartir manta en el sofá y peli de fondo, pero quizá ahí si entraba el miedo. Elisa había olvidado muchas cosas, pero jamás logró olvidar otras, porque las cicatrices permanecían ahí y ya no dolían, no, pero por eso tampoco quería reabrir la herida. Era más fácil continuar con sus costumbres y sus rutinas, con una cama medio deshecha…
Era más fácil ser fruta entera que ensayo de media naranja, mucho le había costado conseguirlo como para dejar que viniesen de nuevo a exprimirla.


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